lunes, 6 de abril de 2009

ECONOMISTAS
O ASTRÒLOGOS
Daniel Azpiazu y
Martìn Schorr

En ¿Economistas o astrólogos? La Economìa de los 90, (Buenos Aìres, 2004, 124 pp.) Alfredo Zaiat realiza un pormenorizado racconto de los principales legados del huracán neoconservador que arrasó nuestro país en el transcurso de los años noventa. En ese marco, analiza con notable claridad y precisión el papel desempeñado por un número reducido -aunque muy influyente- de "economistas astrólogos" en la formulación, la justificación y, en no pocas ocasiones, la implementación de muy diversas políticas públicas que, amparadas en el -siempre utilizado por el neoliberalismo (sobre todo, en su extrema versión vernácula), aunque nunca corroborado en el mundo real- supuesto del "libre juego de la oferta y la demanda", resultaron ampliamente funcionales al proceso de acumulación y reproducción ampliada del capital de ciertas fracciones del poder económico local.
En las consideraciones introductorias, el autor destaca algunos de los rasgos distintivos del "economista astrólogo": "Una de las características de estos tiempos ha sido la omnipresencia de la figura del economista, que se ha presentado como imprescindible para indicar qué hacer con la economía; con ese halo de ubicuidad ha contribuido en forma notable a las transformaciones sociales, políticas y económicas de los ´90.
Se trata de ese economista de pensamiento neoliberal que, con un respaldo pretendidamente científico, estableció qué es lo que se puede y lo que no se puede hacer en materia de política económica. Sostiene un discurso que expone como técnico pero resulta fundamentalmente político e ideológico. Con esa lógica de receta única define como inviable cualquier planteo de un programa económico alternativo... el neoliberalismo es a la economía neoclásica como la astrología es a la astronomía. En ambos casos se necesita mucha fe ciega para pasar de lo uno a lo otro".
Además de la introducción, el libro contiene nueve capítulos en los que, a partir de la utilización de una interesante -y, a juicio de quienes escriben estas líneas, muy adecuada- perspectiva histórica, se presentan con detalle las características e implicancias más relevantes del "modelo de los noventa" ideado por los "economistas astrólogos", aplicado y sostenido por gobiernos de distintos partidos políticos y avalado -por acción u omisión- por buena parte de la sociedad argentina. Como destaca Zaiat en varias ocasiones, este "modelo" se inscribe en un proceso de largo plazo iniciado a partir de la última dictadura militar (1976-1983), y en su implementación asumieron un rol decisivo -por sus efectos disciplinadores en términos sociales- las crisis hiperinflacionarias de 1989 y 1990.
En ese marco, el autor analiza y desarrolla la naturaleza del régimen de Convertibilidad y su correlato en términos de:aumento exponencial de la deuda externa y de la fuga de capitales locales al exterior y, derivado de ello, agudización de la "brecha externa" y de la dependencia del país;creciente injerencia de los organismos multilaterales de crédito en la definición de las políticas internas (ello, paradójicamente, a pesar de ser cada vez más cuestionados -por "derecha" y por "izquierda"- en el escenario internacional); desindustrialización y desarticulación del aparato productivo ligadas con un fenomenal incremento de la concentración económica y de la centralización del capital y un deterioro significativo en la situación de las PyMEs (proceso en el que la liberalización comercial diseñada por, entre otros, los "economistas astrólogos" jugó un papel determinante); fortalecimiento del sector financiero privado y del privilegiado segmento de las empresas privatizadas (y de sus propietarios nacionales y extranjeros); redefinición de la estrategia de acumulación y expansión de la "burguesía nacional", es decir, de los grandes grupos económicos locales que participaron activamente de las privatizaciones y, a mediados de los noventa, se desprendieron de buena parte de esas participaciones realizando cuantiosas ganancias patrimoniales que colocaron en el exterior o utilizaron para ganar y/o afianzar posiciones en sectores exportadores;destrucción de las finanzas públicas resultante de la instrumentación de distintas medidas tendientes a transferir recursos al gran capital (la privatización del sistema previsional es la más significativa) y de la consolidación de una estructura tributaria sumamente regresiva; ycomo resultado de todo lo anterior, una crisis laboral sin precedentes y una muy inequitativa distribución del ingreso.
De este modo, Zaiat demuestra algo ausente en los análisis de muchos economistas y de la totalidad de los "economistas astrólogos": que la debacle económico-social de fines de la década pasada y principios de la actual impactó en forma heterogénea sobre las diferentes clases y fracciones de clase o, en otros términos, cómo la crisis favoreció a unos pocos actores en detrimento de gran parte de la sociedad argentina. Ahora bien, como destaca el autor, muchos de los rasgos distintivos del "modelo convertible" se siguen manifestando en el marco del nuevo "modelo" iniciado a comienzos de 2002, en particular, aquellos relacionados con cuestiones distributivas y del mercado de trabajo.
Al respecto, Zaiat señala: "Por primera vez desde el comienzo de este modelo de exclusión los sectores de menores ingresos han enfrentado un cóctel explosivo: recesión, desempleo e inflación al mismo tiempo. En los ´70, el factor que depreciaba su poder adquisitivo fue la inflación. En los ´80, la inflación con recesión los castigó. En los ´90, padecieron los efectos del desempleo y la recesión. En la última crisis esos tres elementos combinados provocaron un intenso disciplinamiento salarial, con el cual las empresas disminuyeron abruptamente sus costos laborales en términos reales. Si bien la tasa récord del desempleo es un potente factor disuasivo, la fragilidad social puede quebrar esa tregua del miedo. Muchos piensan que la Argentina sigue en crisis. Y eso es verdad para la mitad de la población que vive en la pobreza y para otra parte importante que trata de no caerse al mapa de la marginalidad. Pero para unos pocos hace bastante que la crisis quedó atrás, bonanza que tratan de disimular aunque los rostros que se reflejan en el espejo de sus balances los delatan. A medida que se van conociendo los ejercicios económicos de compañías que cotizan en la Bolsa de Comercio se revela la recuperación sostenida de ventas, márgenes y utilidades. Otro de los factores que se descubre en esa cara oculta de la superación de la crisis muestra que no ha cambiado la perversa dinámica arraigada en los ´90: las mieles del crecimiento no se derraman hacia el resto de la sociedad, sino que quedan para beneficio de unos pocos. Analizando los balances de las empresas de 2003 se concluye que han ganado mucho dinero en el desarrollo de sus negocios. Siderúrgicas (Siderar, Acindar), petroleras (Repsol, Petrobras), privatizadas (Telefónica, Telecom, Edenor, Central Puerto), vinculadas con el mercado interno (Cerámicas San Lorenzo, Loma Negra, Grimoldi) y, obviamente, las relacionadas con el campo. Como se diría en una charla de amigos en el café de la esquina: `la están juntando con palas´".
Más adelante agrega: "Aunque no lo vayan a reconocer nunca, porque como también saben los amigos del café de la esquina `el que no llora no mama´, muchas compañías están en el mejor de los mundos: aquellas que exportan reciben dólares con costos en pesos devaluados; las que se favorecen por la sustitución de importaciones aumentaron su producción que venden a precios dólar y casi sin competencia externa; y algunas vinculadas con el mercado interno están empezando a repuntar gracias al desahorro de dólares de las clases media-alta y alta, que acumularon billetes verdes en exceso cuando parecía que todo se derrumbaba... En ese escenario, ¿por qué los trabajadores no reclaman con mayor intensidad aumentos de sus depreciados salarios? Entre varios motivos, dos sobresalen: primero, por lo que ya en el siglo XIX se señalaba como razón operante en la baja del salario, la presencia de un ejército de desocupados. Tropa que en la Argentina es multitudinaria.
Segundo, montado en ese batallón de desclasados, la permanencia, más allá del discurso, de normas de flexibilización y precarización laboral que debilitan al trabajador. En ese contexto, la intervención del Estado en la conformación del ingreso del trabajador se vuelve imprescindible. La suma fija no remunerativa aplicada durante el gobierno de Duhalde tuvo su motivación en la necesidad de compensar un poco los efectos devastadores de la devaluación sobre el salario. En cambio, el adicional dispuesto durante el gobierno de Kirchner tiene su justificación ya no en la crisis sino en la morosidad de las empresas para compartir al menos en forma moderada el fuerte aumento de productividad y de utilidades. Esos escasos pesos que el Estado `obligó´ a distribuir, que fueron un beneficio para unos pocos dentro de un mercado laboral fragmentado, pusieron en evidencia las agudas distorsiones que aquí encuentra el capitalismo con el que se llena la boca la comunidad empresaria".
Se trata, sin duda, de observaciones sumamente relevantes en la crucial etapa argentina actual, caracterizada por la vigencia de una suerte de nuevo pensamiento único que plantea que la vigencia de un "tipo de cambio real competitivo" es condición necesaria y suficiente para que el país ingrese en un sendero de crecimiento y de generación de puestos de trabajo que revierta el cuadro de inequidad distributiva heredado del "modelo de los noventa" (la lógica del "piloto automático" que caracterizó la "década menemista" parece seguir vigente). En este sentido, Zaiat se ubica en el -aún reducido- grupo de cientistas sociales que, desafiando al nuevo mainstream, se preocupan por identificar a los actores sociales concretos que están detrás del "boom económico" generado por el "modelo de dólar alto" y que procuran elucidar sus principales restricciones con la finalidad de avanzar de una vez por todas en la resolución de dos de los problemas más acuciantes: la hiperdesocupación y la miseria.
En suma, por diferentes factores puede afirmarse que se trata de un libro muy importante, de lectura indispensable. Primero, porque deja en evidencia el invalorable aporte de los "intelectuales astrólogos" a la causa del gran capital. Segundo, porque arroja luz sobre el pasado reciente de ciertos cuadros orgánicos de los sectores dominantes locales que lograron, en muchos casos exitosamente, adaptarse a -y reposicionarse estratégicamente en- los nuevos tiempos que transita la Argentina (varios se han pasado a las filas de la "heterodoxia", luego de haber sido defensores acérrimos del recetario neoliberal que, inspirado en las "recomendaciones" y "sugerencias" de los organismos multilaterales, fue aplicado en el país durante la década pasada y, más ampliamente, desde la última dictadura en adelante). Tercero, porque los resultados del análisis de procesos sumamente complejos (por las múltiples variables que los sobredeterminan) son presentados al lector de un modo sumamente didáctico (fenómeno que lamentablemente caracteriza a muy pocos integrantes del campo académico nacional, sobre todo en el ámbito de las ciencias sociales en el que muchas veces -por no decir, casi siempre- se escribe para los "expertos"). Cuarto, y derivado de lo anterior, porque plantea un desafío de lo más relevante en términos políticos, a saber: romper con la lógica del pensamiento único y, en ese marco, con la dictadura de los "economistas astrólogos" que, como bien destaca Zaiat, son "profesionales del lobby, que habitan en fundaciones, centros de estudio, consultoras de la city y universidades privadas, [y] tienen como vocación realizar pronósticos errados".
"En la actualidad, en materia económica, se necesita menos consensos y más experimentación. Lo que funciona en un determinado contexto a menudo no funciona bien en otro... Las adaptaciones requieren de un rol activo por parte de la sociedad civil y del Estado. El enfoque indispensable será: principios económicos prácticos y evidencia empírica, con espacios para la imaginación institucional y la política participativa en el diseño de una estrategia propia. Por esa vía de reconstrucción y resignificación del lugar de la economía en la sociedad, la década de los ´90, segunda versión de la Década Infame, empezará a quedar atrás. Se recuperará así la capacidad de la economía política para brindar respuestas a una realidad compleja. Y los engaños y mentiras de los economistas del pensamiento único dejarán de confundir acerca de la virtud que posee la economía de interpretar y de modificar procesos sociales y políticos. Para ello se requiere abandonar los supuestos que se pretenden científicos del neoliberalismo, para incorporar en el análisis las cuestiones sociales, políticas y culturales de un país. De esa forma los economistas tendrán la oportunidad de reivindicar su profesión, que en esos años ha sido bastardeada por la presencia de mercaderes travestidos en consultores de la city, economistas de fundaciones a sueldo de grandes empresas o investigadores financiados por el Banco Mundial. El desafío es, entonces, barrer con las mentiras y engaños dispersados por los economistas astrólogos".
5-9-2006
¿DONDE ESTÀ LA AUTOCRÌTICA
DE LOS NEOLIBERALES?


Por treinta años los economistas neoliberales han gozado de grandes cajas de resonancia mediáticas que les han facilitado la promoción de su ideología basada en una idealización de la “mano invisible” de los mercados que, según ellos, debía regir el orden económico sin ningún tipo de frenos, cortapisas o regulaciones.
La enorme crisis financiera y económica que el desarrollo de tal ideología ha creado explica que algunos de estos economistas hayan comenzado a aceptar su error. El más conocido hasta ahora ha sido el que fue gobernador durante 18 años del Banco Central de EE.UU. (el Federal Reserva Board), el Sr. Alan Greenspan, que había sido canonizado por la sabiduría convencional neoliberal como la mente económica más brillante procedente de Wall Street, el centro financiero de aquel país, el cual se había referido a él como El Maestro.
En su testimonio frente al Congreso de EE.UU., el Presidente del Comité que está investigando las causas de la crisis financiera, el Congresista Henry Waxman, le preguntó al Sr. Alan Greenspan si a la luz de lo ocurrido su fe en los mercados había quedado afectada, a lo cual el Sr. Greenspan respondió afirmativamente, admitiendo que tenía que haber regulado el capital financiero más de lo que lo hizo.
A la vista de esta admisión, Waxman, del Partido Demócrata, insistió “En otras palabras, Vd. se ha dado cuenta de que su lectura del mundo, su ideología, era errónea, y no se correspondía a la realidad”. A lo cual, el Sr. Greenspan asintió, aunque negó tener plena responsabilidad por lo que el mismo definió como “un tsunami que pasa sólo una vez cada cien años… mi error fue creerme que los bancos de regularían ellos mismos, y que los mercados funcionarían en aquella situación…” Más adelante añadió que fue un error creer que los mercados se regularían a sí mismos, concluyendo que “todo el edificio intelectual que se apoyaba en tal supuesto ha colapsado”.
Estimulado por esta autocrítica del Sr. Greenspan, he estado leyendo la prensa, escuchando la radio y viendo la televisión (incluyendo la pública) para ver si aparecía tal autocrítica entre los muchos economistas neoliberales que existen en nuestro país y que gozan de una enorme visibilidad mediática. Pues bien, ni uno. Economistas que con el apoyo de grandes cajas de resonancia, han estado promoviendo tal ideología durante todos estos años y que continúan con su labor apostólica en los mismos medios (incluso públicos) en los que han gozado y continúan gozando de gran protagonismo. Ni un acento de autocrítica.
Uno de los más visibles escribía en su columna semanal en La Vanguardia que el Sr. Sitglitz estaba diciendo tonterías cuando afirmaba que la crisis financiera era para el neoliberalismo lo que la caída del muro de Berlín había significado para el comunismo. Y para avalar su descalificación, señalaba que la crisis actual era distinta a la Gran Depresión de los años treinta, argumento irrelevante para contestar a Sitglitz, pues éste no había hecho tal comparación (aun cuando hay elementos comunes, como la gran polarización de las rentas que caracterizó ambos periodos). Es más, en una entrevista que se le hizo en el principal canal televisivo público de Cataluña, tal economista, que entusiasma al establishment liberal del país, indicó que no hay que darle importancia a los vaivenes de la banca, porque los mercados financieros son “psicópatas”.
Frente a esta declaración sorprendente en un economista liberal que ha idealizado los mercados, parecería lógico que se le hubiera preguntado: “Y si son psicópatas, ¿por qué usted los ha estado sosteniendo por tantos años, negándose a su regulación?”. Por lo visto esta pregunta lógica, era demasiado crítica para el gusto del periodista que le hizo la entrevista. En realidad, tal respuesta encantó tanto que la han estado citando durante varios días en el programa donde se le entrevistó. Mientras, ninguno de los economistas críticos que predijeron la crisis actual ha sido invitado a dar su versión de los hechos en tales medios.
Algo semejante ocurre en el resto de Europa. He estado leyendo los editoriales de The Economist y del Financial Times, las mayores plataformas del pensamiento liberal del mundo anglosajón para ver si había alguna autocrítica. Pues nada, ni un asomo de ello. Y si en lugar del mundo anglosajón, miramos al sur de Europa, vemos que en el mundo latino existe una situación parecida. Ni un apunte de autocrítica en los periódicos de literatura económica o en las páginas de economía de los grandes rotativos que salvo contadísimas excepciones excluyen entre sus colaboradores a economistas españoles que dan una visión mucho más crítica del modus operandi de los mercados, de la que aparece en la ortodoxia oficial, que como toda ortodoxia se reproduce a base de fe y no de evidencia científica.
En realidad, era fácil ver durante estos años que las políticas liberales eran mucho menos exitosas que las políticas keynesianas que habían dominado el pensamiento y las prácticas económicas en el periodo 1945-1980. Indicador tras indicador mostraba que el periodo 1980-2005 era mucho menos exitoso que el periodo anterior (1945-1980). Esta evidencia queda recogida en mi libro Neoliberalism, globalization and inequalities. Consequences for Health and quality of life. 2007, Baywood. Pero estas políticas liberales no sólo fueron menos exitosas que las keynesianas sino que fueron las que condujeron el mundo a la recesión que estamos viviendo.
Como indicaba en otro artículo en este diario (de lo que no se habla en la crisis financiera, ver en mi blog:www.vnavarro.org), una de las mayores causas de tal crisis ha sido la enorme polarización de las rentas a nivel mundial, así como dentro de cada país como resultado del desarrollo de aquellas políticas liberales, que explica que exista por una parte, el enorme endeudamiento de las clases populares, resultado de la disminución de los salarios como porcentaje de la renta nacional y por otra parte el enorme incremento de los beneficios del capital financiero y del capital inmobiliario resultado de actividades especulativas que han llevado al desastre. Tal explicación, sin embargo, raramente ha aparecido en los medios de información y persuasión responsables de guardar la ortodoxia liberal.
Sistema Digital
19-11-08
LOS ECONOMISTAS Y EL PODER
EN EL BANCO MUNDIAL

Humberto Campodónico

En los grandes organismos multilaterales como el Banco Mundial y el FMI se han producido conflictos entre distintos enfoques económicos. El autor analiza la salida de Joseph Stiglitz, economista jefe del Banco Mundial (noviembre de 1999) y Ravi Kanbur, jefe de Redacción del Informe sobre el Desarrollo Mundial (junio de 2000), debido a diferencias de opinión con el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Lawrence Summers.

El economista tiene varias facetas. Cuando el economista es un académico, es decir, cuando se dedica a la enseñanza y a la investigación, tiene libertad para expresar sus puntos de vista de manera plena. Puede no suceder lo mismo cuando trabaja para el gobierno o para un organismo multilateral. La razón es simple: la economía no es una ciencia pura y exacta, como la física, la química y las matemáticas. La economía es una ciencia social, en la medida que estudia, en última instancia, las relaciones económicas entre las personas, por lo que sus conclusiones tienen implicancias directas sobre la vida de las mismas.
Por eso mismo no existe una sola escuela económica, sino varias. Cada una de ellas pone el énfasis en elementos distintos y las discusiones entre escuelas ha sido una de las características más importantes de la historia de las ideas económicas. Por ejemplo, el surgimiento de la escuela keynesiana desde fines de la década del 20 cuestionó de raíz el planteamiento de que la economía capitalista está en equilibrio general o tiende hacia él de manera natural. Para Keynes, la economía podía estar en equilibrio sin que hubiera pleno empleo de los factores (capital y trabajo), motivo por el cual se hacía necesaria la intervención del Estado para aumentar la demanda, lo cual tendría un efecto multiplicador que llevaría al pleno empleo de los factores que se estaba buscando.
Esta necesaria discusión entre las distintas escuelas económicas fue opacada por el creciente ascenso del discurso económico neoliberal, que comenzó a mediados de la década del 70 y se impuso como corriente dominante en la década del 80: las políticas económicas de Reagan, Thatcher y Kohl lo ilustran claramente. La desaparición de la Unión Soviética en 1991 acentuó esta hegemonía. El discurso de Fukuyama en “El fin de la historia” puso, supuestamente, el puntillazo final al debate: no hay otro sistema político que la democracia parlamentaria de corte occidental. Y no hay otro sistema económico posible que la economía neoliberal que propugna la vigencia irrestricta de las leyes de la oferta y la demanda en una economía de libre mercado.
Estos planteamientos les venían como anillo al dedo a los intereses de las empresas transnacionales, industriales, comerciales y financieras, que, apoyadas en los procesos de innovación tecnológica reciente, impulsaban con fuerza la globalización, es decir, el libre acceso a todos los mercados del planeta.
Las corrientes económicas en el Banco Mundial
En el Banco Mundial han coexistido, grosso modo, desde principios de la década del 90, dos corrientes de pensamiento económico. Una neoliberal, adherida a los principios del libre mercado y al Consenso de Washington (1). Para ellos, el crecimiento económico traerá por sí solo el desarrollo, el bienestar social y la superación de la pobreza, a través de la mano invisible del mercado. La otra corriente plantea que el crecimiento económico, por sí mismo, no conlleva, necesariamente, a alcanzar las metas señaladas, por lo cual es indispensable que existan políticas exógenas que ataquen de manera directa los problemas de la pobreza y la distribución del ingreso. Esta corriente no objeta las premisas económicas de la primera: lo que dice es que, mientras la mano invisible del mercado se pone a funcionar, hay costos sociales inevitables que son muy duros para la población pobre, motivo por el cual debe haber una política específica para ellos, mientras llega el “chorreo” que, más temprano que tarde, beneficiará no sólo a los de arriba, sino a la sociedad en su conjunto.
La primera corriente siempre fue determinante, en los hechos, frente a la segunda. La estabilización macroeconómica (equilibrio fiscal, baja inflación) y los préstamos para poner en marcha las reformas estructurales de contenido neoliberal del Consenso de Washington han seguido siendo el eje indiscutido de la política del Banco Mundial en la década del 90. En una segunda línea, siempre y cuando no interfieran con lo anterior, vienen los préstamos para infraestructura, el fomento del capital humano (salud, educación) y el incremento del gasto social para las políticas de alivio a la pobreza.
Ello no obstante, desde 1990, el discurso público del Banco Mundial fue que la primera prioridad era el combate a la pobreza. Este vino acompañado de importantes reformas para un acceso más libre a la información del Banco y a la participación de la sociedad civil en algunos préstamos otorgados por el Banco. Por ejemplo, a principios de 1990, se formó el Grupo de Trabajo de ONG con el Banco Mundial, en el cual participaron ONG de todo el mundo. Más adelante, el Banco Mundial planteó que sus documentos de Estrategias de Asistencia para los países (más conocidos por su sigla en inglés, CAS, Country Assistance Strategy), que normalmente se hacían sólo entre funcionarios del Banco Mundial y los gobiernos nacionales, ahora serían consultados con organizaciones de la sociedad civil para recoger sus planteamientos y ser luego publicados para el conocimiento de todo el país.
En 1998, el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, acentuó esa orientación, proclamando que en la Cumbre de las Américas de Santiago había terminado el Consenso de Washington: “En Santiago, después de un día y medio de conversaciones, se estableció claramente que el Consenso de Washington ya había terminado y que se necesitaba un Consenso de Santiago. Es cierto que hay que tener crecimiento económico y que debemos adherirnos a políticas ya probadas en términos de equilibrio y de política fiscal y monetaria. Pero la cuestión central es que tenemos que ir hacia adelante en los temas de equidad y de justicia social. El tema real es el de la inclusión. Es cómo tratar el tema de la pobreza dentro del marco de la sostenibilidad ambiental con programas inclusivos y sostenibles, con participación de la sociedad civil y con resultados que hagan la diferencia. Si alguno de ustedes tiene tiempo de leer el Consenso de Santiago, verá que hay muy pocos temas como los que dominaban nuestras Conferencias hace 10 años. La agenda ha avanzado” (James Wolfensohn, Conferencia Anual sobre Economía del Desarrollo, Washington, 21/4/98).
Entrada y salida de Joseph Stiglitz
Un año antes, en 1997, Wolfensohn había nombrado a Joseph Stiglitz (2) -reconocido economista proveniente del más rancio mundo académico de Estados Unidos- como Economista Jefe y Vicepresidente Senior del Banco Mundial. Los aportes más originales de Stiglitz provienen de una novedosa rama de la economía, llamada “Economía de la Información”. Stiglitz desarrolló una serie de argumentos haciendo hincapié en los límites del modelo neoliberal para alcanzar los objetivos de mitigación de la pobreza, incluyendo nuevos enfoques sobre los procesos y las metas del “desarrollo”. Con Stiglitz, la corriente neoliberal comienza a ver cuestionada su hegemonía ideológica, cobrando impulso aquellos que propugnan que no basta el crecimiento económico para lograr el desarrollo: es el momento en que se comienza a hablar de reformas de segunda generación, de la necesidad de fortalecimiento de la democracia, de la existencia de instituciones eficientes y fuertes, de la necesidad de la descentralización, así como de mayor impulso al capital humano.
Mientras el discurso de Wolfensohn y Stiglitz se limitó al ámbito de los llamados países en desarrollo, el establishment neoliberal ortodoxo (el FMI y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos), los dejó hacer en gran medida, planteando una que otra crítica aislada. Todo comenzó a cambiar con el inicio de la crisis asiática en julio de 1997, que amenazó con extenderse al sistema financiero mundial en su conjunto. El FMI, junto con el gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea, puso en marcha una serie de paquetes de salvataje para las economías asiáticas, así como programas económicos, los mismos que comprometieron recursos por más de 117.000 millones de dólares, correspondiéndole al FMI 37.000 millones y al Banco Mundial 14.000 millones. Las cifras no son poca cosa, como se puede apreciar.
Desde fines de 1997, pero sobretodo en 1998, Stiglitz comenzó a oponerse frontalmente a los programas económicos del FMI con los países asiáticos (ver recuadro), con lo cual la tolerancia del establishment llegó a su límite. Una cosa es hablar de los problemas de los países en desarrollo, que sólo representan el 20 por ciento del PIB mundial. Y otra es intervenir en los problemas del 20 por ciento más rico del planeta, así como del sistema financiero internacional.El enfrentamiento llegó a niveles insoportables para el establishment, sobretodo para Lawrence “Larry” Summers, secretario del Tesoro desde 1996, considerado un “niño terrible” de la economía. Contrariado por las críticas de Stiglitz, Larry (que también fue economista jefe del Banco Mundial de 1991 a 1993) le planteó a Wolfensohn que su siguiente periodo de cinco años en el Banco (2000-2005) se desarrollaría de manera “más armónica” con el gobierno de Estados Unidos (principal socio del Banco con el 19 por ciento del capital) si despedía a Stiglitz. Stiglitz tuvo que renunciar a su puesto de Economista Jefe a fines de 1999.
La salida de Ravi Kanbur
En 1990, el mismo año en que se acuñó el término Consenso de Washington, el Banco Mundial dedicó su Informe sobre el Desarrollo Mundial al tema de la pobreza. Dicho texto marcó los conceptos teóricos y prácticos del Banco sobre el tema para toda la década del 90.
En mayo de 1998, el Banco Mundial encargó la responsabilidad del Informe sobre el Desarrollo Mundial 2000 al economista inglés Ravi Kanbur (3) -graduado en Cambridge y con un doctorado en Oxford-, quien ya era funcionario del Banco desde 1987. En la página web de la Universidad de Cornell, donde está de licencia, su curriculum vitae dice que sus trabajos abarcan el análisis conceptual, empírico y de políticas, estando particularmente interesado en construir un puente entre el análisis riguroso y una elaboración bastante práctica de las políticas económicas.En junio de este año, pocos meses después de la salida de Stiglitz, Kanbur renunció a su responsabilidad como Jefe del Informe sobre el Desarrollo Mundial. Según el Financial Times de Londres, “funcionarios del Banco afirmaron que el énfasis de Kanbur en la redistribución del ingreso lo enemistó con otros economistas del Banco, que argumentan que la promoción del crecimiento económico a través de la liberalización de los mercados constituye el arma más eficiente para el combate a la pobreza” (The Financial Times, 15/6/2000).
Las críticas de los seguidores de Kanbur apuntaron, una vez más, a nuestro conocido Larry Summers: “La salida de Kanbur pone al descubierto un profundo conflicto intelectual en el Banco Mundial. Kanbur renunció en medio de denuncias que el secretario del Tesoro Summers está buscando reescribir el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2000 para hacerlo menos radical” (The Guardian, Londres, 15/6/2000).
Para Lisa Jordan, del Bank Information Center, una ONG con sede en Washington, “Kanbur dejó el puesto porque la cúpula de la institución no lo soportaba debido a sus puntos de vista sobre un necesario balance entre crecimiento y equidad. Hubo una tentativa de hacer que se quede, pero no prosperó. El Departamento del Tesoro y el Reino Unido hicieron agrios comentarios a uno de sus últimos borradores y eso fue lo que lo dejó al borde del precipicio, por dos razones: 1) porque un accionista principal le estaba poniendo presión y 2) porque el presidente Wolfensohn no lo defendió. Más aún, un economista del Banco, David Dollar, publicó un artículo llamado “El crecimiento es bueno para los pobres”, donde incide en que el crecimiento económico es más importante que cualquier otro factor -como la equidad- y Kanbur sintió que estos artículos, que eran un ataque directo a su trabajo en el Informe sobre el Desarrollo Mundial tenían avales importantes”.
De su lado, funcionarios del Banco Mundial desmienten que hayan habido presiones para la salida de Kanbur, enfatizando que el resto del equipo que elabora el Informe sobre el Desarrollo Mundial 2000 se ha quedado en sus cargos y que la conocida economista mexicana-argentina Nora Lustig ha reemplazado a su jefe renunciante.
Pero una cosa es clara: se habla de la derechización del Banco Mundial y del abandono de los conceptos de Stiglitz, todo para favorecer a las empresas transnacionales, que no se sentían cómodas con las críticas a la globalización. “Kevin Watkins, de OXFAM, dijo que la renuncia de Kanbur representa el triunfo de la “tendencia Neanderthal”, lo que amenaza con hacer retroceder 20 años el debate del desarrollo, cuando el fundamentalismo de libre mercado desacreditó fuertemente al Banco Mundial”.
La moraleja de la relación entre los economistas y el poder en los organismos multilaterales podría ser la siguiente: los intelectuales del Banco Mundial tienen una cuota de poder (por lo menos en el plano teórico y en lo que concierne a las políticas relacionadas con los países en desarrollo) hasta que su discurso no interfiere con los intereses centrales del principal accionista, Estados Unidos, así como del capital financiero y de las empresas transnacionales.
Una segunda conclusión sería que, al agudizarse la crisis financiera internacional en medio del proceso de globalización en marcha, los espacios que ocupan las posiciones no ortodoxas en el Banco Mundial se reducen y los economistas neoliberales, que permanecieron agazapados durante buena parte de la década del 90 (volvemos a recalcar que eso fue en el plano teórico, porque en la práctica siempre mantuvieron la preeminencia), retoman con fuerza sus planteamientos teóricos, apoyados por el núcleo duro del establishment: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos y el FMI.Muchas organizaciones de la sociedad civil, incluidas las ONG, que transitaron por los espacios de participación abiertos por el Banco Mundial en la década del 90, están revisando sus planteamientos, pues piensan que estos espacios no están cumpliendo sus objetivos. Esta reflexión se ve alimentada por la movilización internacional creciente de la sociedad civil y de las ONG que rechazan el proceso de globalización liderado por las transnacionales, planteando la necesidad de una globalización democrática. Las expresiones más importantes de este proceso han sido las manifestaciones de Seattle de diciembre de 1999 contra las políticas de la Organización Mundial de Comercio y las manifestaciones en Washington en abril de este año, con ocasión de la reunión de primavera del FMI y del Banco Mundial. En todo caso, de lo que no queda duda es que nos encontramos frente a un nuevo momento.
Notas
(1) “En 1990, en Washington, un conjunto de representantes de gobiernos, de agencias internacionales, así como miembros de “think tanks” y comunidades académicas se reunieron en una conferencia auspiciada por el Instituto Económico Internacional para evaluar el progreso alcanzado en América Latina en la promoción de reformas de política económica después de la crisis de la deuda externa. Como conclusión, John Williamson escribió que “Washington” (entendido como los asistentes a la Conferencia), había alcanzado un importante nivel de consenso alrededor de 10 instrumentos de política”. Estos instrumentos consisten en la apertura, liberalización y desregulación de todos los mercados, así como en el retiro del Estado de toda actividad empresarial, privatizando las empresas públicas.
(2) Stiglitz fue profesor en Stanford, Princeton, Yale y Oxford. También ocupó destacados cargos en la administración pública pues fue Jefe del Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton.(3) Kanbur ha sido profesor en Warwick, Oxford, Cambridge, Essex y Princeton. De 1989 a 1997 estuvo en el staff del Banco Mundial. Recibió el premio Investigación Científica de Calidad de la Asociación Americana de Economía Agrícola.----------------
Este artículo fue publicado por primera vez en QUEHACER, revista de DESCO, en setiembre-octubre de 2000.
La crítica de Stiglitz a las políticas del FMI
Parece que muchos de los factores que ahora se dice que causaron los problemas actuales de las economías asiáticas son los mismos que antes se decía que habían contribuido a su éxito. Los fuertes mercados financieros, que antes pudieron movilizar grandes flujos de ahorros y asignarlos eficientemente, ahora se han convertido en mercados financieros débiles, a los que se culpa por los problemas actuales. Los problemas de información, que antes se dijo que se conducían de una manera eficaz, incluyendo la coordinación entre el gobierno y los empresarios (lo que fue considerado un sello del éxito de estas economías), ahora se aprecia como un problema de mercantilismo político y de falta de transparencia, culpándolos del fracaso actual. La apertura a los mercados internacionales se apreciaba como una de las razones de su éxito; pero ahora se insiste en que deben eliminarse las barreras a los flujos de capital y de comercio, siendo estas exigencias un ingrediente importante en muchos de los programas del FMI.
Se estaba de acuerdo en que la estabilidad macroeconómica, que incluye bajas tasas de inflación, era uno de los ingredientes importantes de la actuación notable de las economías de Asia oriental. Sin embargo, en el programa del FMI para Corea del Sur, se incluyó una provisión que requiere el establecimiento de un banco central independiente cuyo enfoque radica sólo en la estabilidad de precios. La promoción de la competencia, sobre todo a través de las políticas de promoción de las exportaciones, fue considerada uno de los pilares centrales de su actuación estelar; sin embargo, ahora la falta de competencia con los conglomerados comerciales se ve como uno de los fracasos más críticos.(...)
Pareciera que se ignora el hecho que ésta es la primera crisis que se ha producido en 30 años de notable crecimiento. Aunque constituye un retroceso significativo, el tumulto actual no parece que pueda revertir de manera permanente todo lo avanzado en el último cuarto de siglo. Se está tratando el hecho de que ha ocurrido una crisis como una evidencia incuestionable de que la economía de estos países no estaba funcionando adecuadamente. Pero se olvida que ninguna economía, desde que el capitalismo es capitalismo, ha escapado a las fluctuaciones. El análisis histórico muestra, por el contrario, que el sudeste asiático ha tenido menos fluctuaciones que otras partes del mundo, lo que no está indicando, entonces, que exista gran vulnerabilidad en estas economías. En las últimas tres décadas, Indonesia y Tailandia no han tenido un solo año de crecimiento negativo, y Corea y Malasia han tenido sólo uno cada uno. Por el contrario, Estados Unidos y el Reino Unido han tenido seis años cada uno de crecimiento negativo en el mismo periodo. La historia también sugiere que, en el largo plazo, las estrategias de inversión de los gobiernos de Asia oriental tuvieron un razonable éxito.----------------
“Redefiniendo el rol del Estado: ¿Qué debe hacer? ¿Cómo debe hacerlo? ¿Cómo deben tomarse esas decisiones?”. Ponencia presentada en el X Aniversario del Instituto de Investigación del MITI, Tokio, 17 de marzo de 1998.
Revista del Sur
Diciembre de 2000
LA ATARAXIA DEL ECONOMISTA
CONTEMPORÀNEO


José Ramón García Menéndez


La dedicatoria del monumento levantado en la localidad de Annede contiene embrionariamente un programa de investigación interdisciplinar sobre el oscurantismo científico (intolerancia que deriva en fanatismo, ignorancia que deriva en interés, fanatismo interesado que deriva en violencia) : "A Miguel Servet, apóstol de la libre creencia y mártir del libre pensamiento, nacido el 29 de septiembre de 1511 en Villanueva de Aragón, quemado en efigie por la Inquisición católica el 17 de junio de 1551, y quemado vivo en Ginebra por instigación de Calvino el 27 de octubre de 1553."

Desde Giordano Bruno y Miguel Servet, la hoguera resultó ser un escenario común de debate filosófico donde se intentó ahogar la heterodoxia científica con las piras encendidas por oficiantes de la inquisición católica o por alguaciles calvinistas. No obstante, el conservadurismo demostrado en la rígida defensa de paradigmas extenuados no es privativo del medievo. La historia del progreso de la ciencia, con sus luces y sombras, está repleta de ejemplos de científicos -inquietos, curiosos, aventureros, siempre contra la corriente- que contribuyen a las ceremonias de resistencia ante las concepciones ideológicas dominantes hasta que las nuevas ideas, en algunos casos, se convierten en ortodoxia y sus autores en personajes integrados -respetables, acomodados, autoritarios-, siempre imantados por el poder.
No es extraño, por tanto, que muchos traductores apresurados de obras sobre historia de la filosofía de la ciencia no expongan sólo las "tramas" sino, más bien, las "intrigas" de un desarrollo histórico en cuyas páginas nos encontramos, con harta frecuencia, el olvido interesado de aquellos mandatos que podríamos sintetizar en los conocidos aforismos de J.N. Keynes y de J.H. Poincaré: si bien es cierto que el noventa por ciento de las discusiones se resuelven con un diccionario, también lo es el que todo problema científico bien planteado es un problema cincuenta por ciento resuelto.

De forma sorprendente, del segundo aforismo se ha resuelto una conjetura matemática presente a lo largo del siglo XX. Si seguimos el itinerario aritmético de acotación del objeto económico, el restante cinco por ciento -¡solamente la veinteava parte del problema inicialmente planteado!- se transforma en el referente primordial de debate teórico aunque se trata de evitar constantemente y por distintas vías. Pero es preciso avanzar las siguientes reflexiones en torno a la potencialidad del análisis económico actual frente a los principales desafíos socioeconómicos planteados para descubrir no sólo las fisuras del ejercicio prepotente y endogámico del economista como gestor del status quo vigente sino, también, la servidumbre del economista como víctima (y, con frecuencia, cómplice) de un peculiar proceso de colonización del pensamiento económico dominante que convierte al economista académico o profesional en los países en vías de desarrollo no en protagonista del cambio sino en un mero transmisor (y, también con harta frecuencia, en activista) de la ideología económica dominante a través de variadas fórmulas educativas/mediáticas/profesionales, desde instituciones de influencia internacional.

1. El haber otorgado la dignidad de categoría gnoseológica a la actividad reflexiva sobre la estructura de los objetos hacia los que el conocimiento se dirige de un modo inquisitivo es uno de los grandes éxitos de la fenomenología de Husserl. Pero, como escribió Marx en una de las tesis sobre Feuerbach, la cuestión de si el pensamiento humano puede alcanzar la verdad objetiva no es una cuestión teórica sino una cuestión que se debate en el terreno de la práctica, y es en la práctica donde es necesario probar el poder y la plasmación material del pensamiento económico.
2. En este sentido, no podemos eludir la respuesta de S. Gordon cuando se cuestiona si los economistas prestan la debida atención a los filósofos. Not much, contesta Gordon. ¿Por qué?. Según el autor, los economistas como criaturas míticas no atienden a la filosofía, buena o mala, mientras que la filosofía de la ciencia apuesta por la economía, buena y mala ( ).

En este sentido, las páginas en las que se escribe la trayectoria del pensamiento económico desde el mercantilismo del siglo XVI hasta la "taxidermia" neoclásica incidieron en el desencanto de los convencionalismos de la profesión que abandonó tanto el deber en formular interrogantes significativos a tenor de las necesidades de la sociedad como la búsqueda de nuevas respuestas epistemológicas y analíticas en el nombre de una pretendida superioridad científica. En efecto, el conocimiento económico ortodoxo reiteró insistentemente axiomas y corolarios de manual y al margen del espacio y del tiempo histórico, despreciando, con honrosas excepciones, los fundamentos filosóficos que cimentaron la Economía y la propia memoria histórica sobre sí misma. Una ineludible tarea de introversión que, en palabras de R. Tolipan, es la única de sus disciplinas que se enfrenta permanentemente con el problema ontológico de su necesidad ( ). Este prepotente olvido (o rechazo) a reconocer la fortaleza epistemológica y la musculatura teórica básica y aplicada de los hombros de los científicos sociales precedentes sobre los cuales se alzan los economistas actuales para ver más lejos que ellos se debe, según Fabián Estapé a una 'actitud simplista' que reafirma infantilmente lo indiscutible e incomparable del saber recientemente adquirido en relación al acumulado lenta y trabajosamente ( ).
3. A pesar de la autoridad de algunos autores -como T.W. Hutchison- que consideran finiquitados los grandes pleitos metodológicos desde la personificación de la Methodenstreit en el pulso que mantuvieron Schmoller y Menger, lo cierto es que la confrontación entre aprioristas y empiristas, en términos generales, no alcanzó un status satisfactorio en Economía convencional que evitara la estéril continuidad de controversias ancladas en duras dicotomías y en crueles dilemas cuando, en realidad, es una cuestión de jerarquía y gradación metodológica.

Los alarmantes indicadores de la Gran Depresión y lo que supuso para la corriente ortodoxa de la disciplina (marcado desencanto académico ante el derrumbe de los principios heredados del clasicismo; creciente conciencia de incomunicación entre teoría y realidad; desarrollo de las técnicas cuantitativas que fomentó una investigación epidérmica de los fenómenos más relevantes de la sociedad;..) confirman, de un modo u otro, la vigencia de la añeja controversia sobre el método. Un debate caracterizado, desde entonces, por la descalificación y la intolerancia y por una peligrosa tentación que impulsa a los economistas a transformar, como escribe L. Geymonat, los criterios científicos en principios dogmáticos e inmutables, ajenos a una realidad histórica en continua transformación ( ).

El enfrentamiento y el rechazo a la historia obliga a los contendientes a dotar de aparente actualidad a cuestiones rancias y tópicas en la historia del pensamiento económico. Una de ellas es, sin duda, la separación entre apologetas de la Economía como análisis positivo y defensores del Economía como arte normativo, cuando, en realidad, es una pugna que alcanza a los partidarios de la escuela eleática de Parménides (el ser) y de la escuela iónica de Heráclito (lo que se debe lograr). Incluso Hegel, como nos indica Maurice Dobb, identificando "lo que es con lo que debe ser", no alcanza la tregua de síntesis metodológica sino que, más bien, se trata de una propuesta resignada que solamente sirve para justificar el status quo vigente. No sorprende por tanto la ironía de Mario Bunge, que considera la calidad de numerosos argumentos de la Economía convencional en el mismo nivel de una seudociencia como la astrología (compartiendo la opinión de André Gunder Frank) y de un progreso científico tan lento que, si fuera el caso de la Medicina, supondría explicar la génesis y desarrollo de los procesos cancerígenos con citas de Hipócrates como fuente de autoridad científica.
4. En fin, estamos en pleno relato sobre la ataraxia del economista contemporáneo que se cree albacea de los principios heredados y se comporta como un personaje clásico que obliga a sus seguidores a que le aten al mástil del conocimiento convencional para no sucumbir a los cantos heterodoxos de sirenas críticas. Y en esta reflexión Chicago es un andén académico de parada obligada y la obra de Milton Friedman un motivo de detenido análisis crítico. A los neoliberales más extremos se les debe la ambiciosa pretensión de resucitar a Kant y obligarle a firmar manuscritos económicos esbozados por Vaihinger, singular filósofo que defendía la virtud científica de las ficciones, tanto en cuanto fueran útiles para cuadrar un axioma en el balance de la contrastación: si un enunciado es útil en la argumentación, es también científicamente pertinente. No sólo Vaihinger pues por los claustros de Chicago dejaron su impronta positivista y pragmatista los magisterios de Dewey, Tufts o Carnap, una influencia que no fue ajena a Friedman y a sus conocidos ensayos metodológicos. En los mismos, la utilización de la cláusula del "como si..." emerge como el mecanismo más adecuado para el análisis del comportamiento de los agentes económicos.

No obstante, suponer que los agentes (procreando, educándose o matando) actúan "como si" estuviesen en el mercado violenta, por lo menos, la imaginación y atrapa con una sutil red a las posiciones teóricas discordantes en un callejón sin salida. En efecto, cuando Milton Friedman invoca a la imaginación e, incluso, al subconsciente del interlocutor (para recrear hipotéticas situaciones "como si...") para explicar la conducta de los agentes económicos, en realidad Friedman está obligando a su interlocutor, mediante el "envenenamiento de las fuentes", a desacreditar explicaciones inducidas por la experiencia histórica que se presentan como alternativas desde teorías oponentes. En este sentido, la Escuela de Chicago constituye, como foco de influencia ntelectual, un sistema cerrado de pensamiento porque "irracionalmente, se puede imputar una racionalidad subconsciente a toda conducta humana" ( ).
5 Uno de los temas cruciales en la investigación en Economía y, por extensión, en las ciencias sociales se configura cuando observamos que un determinado marco teórico seleccionado por el especialista representa, también, la posición política con que se obra. En este sentido, es indudable que el neoliberalismo es tributario del positivismo vulgar y del ultraempirismo. En la historia de la filosofía de la ciencia, una de las herencias más pesadas es la tendencia generalizada, en ámbitos convencionales de gran influencia internacional, en oscurecer categorías de investigación con la hábil superposición de un borroso filtro empirista. De esta forma, se difuminan los contornos ideológicos del investigador a través de una progresiva sofisticación de las técnicas de medición de los fenómenos socioeconómicos que actúa como una trinchera en la que el economista, formado en la ortodoxia de los manuales, se siente a salvo y respaldado por un rigor y una precisión técnica que le absuelve de explicitar su posición política (moral, ideológica).

Entonces, ¿hasta qué punto no podríamos considerar que la misma corriente filosófica que surgió contra el abuso científico de la escolástica es una orientación destinada a colonizar el pensamiento social actual estableciendo rémoras adicionales a la investigación económica?

Existe un caso conocido, y no por eso menos importante, que ilustra el sentido del anterior interrogante. En la medida en que se fortalece el espíritu positivista y se abandona el trabajo "impresionista" de la época de formación y consolidación de las más recientes disciplinas, se asiste a una paulatina escisión (en su versión economicista) entre dos conceptos, crecimiento y desarrollo, que, en realidad, notifican perspectivas de un mismo fenómeno. La teoría ortodoxa, en cambio, cultivó un silogismo viciado en que, tras la separación de perspectivas, llega a la equívoca noción del 'desarrollo' económico como un aumento gradual de una o varias macromagnitudes que son mensurables y relega otro conjunto de aspectos de calidad cuya evaluación es de difícil contrastación. De aquí a la consideración del crecimiento/desarrollo como una meta correspondiente al mundo de la predestinación sólo hay un paso. Suponer que al objetivo citado están abocados todos los países que imiten el modelo proporcionado por los países desarrollados y hegemónicos del sistema, implica, también, una visión paternalista de las sociedades periféricas que actúan como mecanos articulados al antojo de autoridades que pueden separar las piezas del conjunto, analizarlas por el investigador, ponerlas a punto de 'despegue' por el policy maker y jerarquizarlas mediante criterios que privilegian su mensurabilidad en el funcionamiento económico y social, visto globalmente y en detrimento de la calidad del crecimiento que se adopta como imagen objetivo.

En este sentido, podemos constatar la existencia en un pulso desigual en la colonización del pensamiento económico en los países subdesarrollados que se someten a orientaciones científicas (que implican, claro está, posiciones ideológicas). El énfasis cuantificador del positivismo anacrónico y del empirismo vulgar descarta del análisis una constelación de temas de gran interés cualitativo en función de otros, con frecuencia triviales, susceptibles de medición y que permiten un conocimiento fiable de algunos datos de la realidad que se pueden presentar como éxitos de una gestión político-económica y como aval justificativo para la continuación en la misma senda estratégica.

Pero en definitiva, ¿cuáles son los riesgos y los límites de esta opción?; en otros términos, ¿cuáles son los principales condicionantes del proceso colonizador del pensamiento socioeconómico y, en general, de la investigación en ciencias sociales por parte de esta corriente positivista y ultraempírica en su versión vulgarizada que se difunde desde los centros de influencia intelectual?

Uno de los rasgos comunes de los científicos sociales de los países dependientes que no han podido liberarse de la influencia del hiperfactualismo es el culto acrítico a las técnicas importadas. Ello produce, en primer lugar, una selección de problemas que no atiende a la relevancia teórica o histórica de los mismos, ni tan siquiera a ciertos problemas materiales inmediatos, sino a la mera disponibilidad de instrumentos técnicos adecuados. En segundo lugar, los investigadores se transforman en una nueva élite formada en el seno de sociedades generalmente desvertebradas y con una gran diferenciación social.

En este sentido, se hacen acreedoras de la admiración intelectual y del apoyo político-económico, las posiciones heterodoxas y sus programas de acción que surgen de un medio colonizado que tiende al impersonalismo, a la objetividad científica disfrazada, al rechazo de la pasión y al compromiso, a la sacralización del orden y al olvido de las tensiones como objeto de estudio; un medio colonizado que se despreocupa de los correlatos profundos entre los resultados empíricos y sus significaciones, que condena cualquier posición teórica alternativa en nombre de la irrefutabilidad del dato, y que niega la diferencia, el conflicto y la contradicción.
Notas
(I) S. Gordon: "Should the Economist Pay Attention to Philosophers?", Journal of Economic Literature, nº 4, agosto 1978, esp. p. 278.
(II) "A necesidade da Histórica do Pensamento Econômico", Literatura Econômica, nº 6, noviembre-diciembre 1982, p. 729.
(III) Ensayos sobre Historia del Pensamiento Económico, op. cit., p. 15.
(IV) L. Geymonat: Filosofía y Filosofía de la Ciencia, Ed. Labor, Barcelona, 1965.
(V) W.P. Strassmann: "La economía del desarrollo desde la perspectiva de Chicag", Comercio Exterior, nº 12, diciembre 1976, p. 1443

(*) Universidad de Santiago de Compostela.

La Insignia
Abril del 2008
EL PODER
Y EL ECONOMISTA ÙTIL

(Alocución presidencial ante la octogésima quinta reunión de la Asociación Económica Norteamericana, Toronto, Canadá, diciembre 29 de 1972. En el Trimestre Económico México, Fondo de Cultura Económica. Con omisiones. Versión al castellano de Eduardo L. Juárez.)

La alocución ceremonial del Presidente de la Asociación Económica Norteamericana es una forma de arte que he revisado cuidadosamente, como me imagino que lo han hecho la mayoría de mis predecesores. En el pasado, los discursos se han referido en ocasiones a algún problema sustantivo de nuestra disciplina o a alguno que aflija a la economía. Más a menudo, se han ocupado, siempre en tono algo crítico, de la metodología de la economía. Al tiempo que se acepta la ciencia en general, ha habido comentarios adversos sobre los elementos detallados de su práctica. La ciencia económica es insuficientemente normativa. La construcción de modelos se ha convertido en un fin, no en un medio. En varios de los años recientes, en sucesión, la crítica -incluyendo cierto elemento de introspección personal- ha contenido un ataque excepcionalmente serio a la economía matemática. El estilo de estas alocuciones, anotaré de paso, es tan claro como su tema. Revela la meditada solemnidad de hombres que sienten que estamos hablando para la historia. En estas grandes ocasiones vale la pena recordar que nuestra disciplina muestra expectativas frustradas. Esta noche me siento inclinado a alejarme del ritual establecido. Quisiera ocuparme de cuestiones básicas de supuestos y estructuras. Esto rompe con la tradición, pero no con la tendencia profesional actual. Nos reunimos en un momento en que la crítica es general, en que el gran cuerpo de teoría establecida está bajo un ataque generalizado. Durante la última media docena de años, lo que antes se llamaba simplemente economía en el mundo no socialista, ha venido a designarse como la economía neoclásica con extensiones apropiadas para el desarrollo keynesiano y poskeynesiano. Lo que antes era una teoría general y aceptada del comportamiento económico, se ha convertido en una interpretación especial y discutible de tal comportamiento. Para una generación nueva y notablemente articulada de economistas, la referencia a la economía neoclásica se ha vuelto marcadamente peyorativa.
Yo juzgaría, a la vez que deseo, que el ataque actual sea decisivo. La teoría establecida tiene reservas de fortaleza. Sostienen muchos refinamientos secundarios que no plantean la cuestión de la validez o utilidad generales. Sobrevive con fuerza en los libros de texto, aunque aun en este reducto observemos ansiedad entre los autores más progresistas o más sensibles al aspecto comercial. Quizá haya límites a lo que aceptarán los jóvenes.
Y también siguen siendo formidables los arreglos mediante los cuales se conserva la ortodoxia en el mundo académico moderno. Aproximadamente durante su primera media centuria como tema de instrucción e investigación, la economía se vio sujeta a la censura de los observadores externos. Los hombres de negocios y sus acólitos políticos e ideológicos vigilaban los departamentos de economía y reaccionaban prontamente ante la herejía, es decir, ante cualquier cosa que pareciese amenazar la santidad de la propiedad, los beneficios, la política arancelaria adecuada, el presupuesto equilibrado, o que implicase simpatía hacia los sindicatos, la propiedad pública, la regulación pública, o los pobres en cualquier forma organizada. El poder y la confianza en sí mismo del sector educativo que van en aumento, la complejidad formidable y creciente de nuestra disciplina, y sin duda la mayor aceptación de nuestras ideas, nos han liberado en gran medida de esa intervención. En algunos de los principales centros de enseñanza la responsabilidad de los profesores está segura o se va aproximando al ideal. Pero en lugar de la antigua censura ha llegado un nuevo despotismo que consiste en definir la excelencia científica como cualquier cosa que se acerque más en creencias y métodos a la tendencia académica de los líderes. Esto es algo generalizado y opresivo, que no resulta menos peligroso por el hecho de que, con frecuencia, sea a la vez puritano e inconsciente.
Pero a un este control tienen sus problemas. La economía neoclásica o neokeynesiana tiene una falla decisiva, aunque proporcione oportunidades ilimitadas de mayores refinamientos. No ofrece soluciones útiles a los problemas económicos que confronta la sociedad moderna. y estos problemas son impertinentes: no se ocultarán y morirán como un favor a nuestra profesión. Ningún arreglo para la perpetuación del pensamiento es seguro si ese pensamiento no entra en contacto con los problemas que se supone debe resolver.
No omitiré esta noche la mención de los defectos de la teoría neoclásica. Pero quiero invitar también a que consideremos los medios por los cuales podemos volver a comunicarnos con la realidad. Algunos de estos medios resumirán argumentos anteriores, otros se encuentran e un libro próximo a publicarse. Para este momento, aun el más conservador de mis oyentes estará tranquilo. Hablar bien de nuestra propia obra, publicada o inédita, cualesquiera que sean nuestras otras aberraciones, es algo que se encuentra fuertemente arraigado en nuestra tradición.
I.
Las características más conocidas de la economía neoclásica y neokeynesiana son los supuestos que eliminan del estudio al poder y, con ello, al contenido político. La empresa comercial está subordinada a lo que disponga el mercado, y por lo tanto al individuo o la unidad familiar. El estado está subordinado a lo que disponga el ciudadano. ha excepciones, pero en relación con una regla general y controladora, y la teoría neoclásica esta firmemente arraigada a la regla. Si la empresa está subordinada al mercado -si éste es su amo-, no tendrá poder que ejercer en la economía, salvo en la medida en que beneficie al mercado y a consumidor. Y aparte de la influencia que pueda obtener para modificar el comportamiento de los mercados, la empresa no puede ejercer poder sobre el Estado porque en este caso es el ciudadano quien manda.
La debilidad fundamental de la economía neoclásica y neokeynesiana no reside en el error de los supuestos por los que elude el problema del poder. La capacidad para sostener creencias erróneas es muy grande especialmente cuando ello coincide con la conveniencia. Pero al eludir el poder -al convertir a la economía en una disciplina no política- la teoría neoclásica destruye, por el mismo proceso, su relación con el mundo real. Además, los problemas de este mundo están aumentando en número y en la profundidad de su aflicción social. En consecuencia, la economía neoclásica y neokeynesiana está relegando a sus protagonistas a la "banca" social, donde no deciden ninguna jugada o aconsejen jugadas equivocadas.

Específicamente, la exclusión del poder y de su concomitante contenido político de la economía hace que ésta sólo pueda vislumbrar dos problemas económicos intrínsecos e importantes. Uno de ellos es el problema microeconómico de la imperfección del mercado -más concretamente, del monopolio u oligopolio en los mercados de productos o factores- que conduce a aberraciones en la distribución de los recursos y el ingreso. El otro es el problema macroeconómico del desempleo o la inflación, de una deficiencia o exceso de la demanda agregada de bienes y servicios, incluyendo la asociada a efectos monetarios. Y en ambos casos el fracaso es dramático. La economía neoclásica lleva a la solución errónea del problema microeconómico y a ninguna solución del problema macroeconómico. Al mismo tiempo, deja de analizar en gran medida toda una constelación de otros problemas económicos urgentes. La comunidad advierte ahora claramente, y lo mismo hacen los economistas cuando no les nubla el entendimiento la doctrina profesional, que las áreas más prominentes del mercado oligopólico -automóviles, caucho, productos químicos, plásticos, alcohol, tabaco, detergentes, cosméticos, computadoras, medicamentos espurios, la aventura espacial- no están experimentando un desarrollo lento sino rápido, no padecen del uso inadecuado, sino excesivo, de recursos. Y un instinto poderoso nos dice que en algunas áreas monopólicas y oligopólicas, especialmente en la producción de armas y de sistemas armamentistas, el uso de recursos es peligrosamente exagerado.
Otra contradicción a las conclusiones de microeconomía establecidas es la creciente reacción de la comunidad ante el uso deficiente de recursos por parte de industrias que, por lo menos en cuanto a la escala y la estructura de las empresas, se aproximan al modelo del mercado. La vivienda, los servicios de salud y el transporte urbano, son algunos de los casos principales. Las privaciones y la intranquilidad social que derivan de la mala actuación de estas industrias es algo que la mayoría de los economistas da por sentado, cuando se expresan en forma no doctrinal.Por supuesto, el defensor de la doctrina establecida arguye que el exceso y la deficiencia del uso de recursos en las áreas mencionadas reflejan las elecciones del consumidor. Y en las áreas deficientes puede insistir con razón en que la culpa es de empresas que, a pesar de ser pequeñas, son monopolios locales, o que reflejan el poder monopólico de los sindicatos. Estas explicaciones eluden dos interrogantes obvios y notables: ¿Por qué el consumidor moderno tiende cada vez más a la locura, insistiendo crecientemente en perjudicarse a sí mismo? ¿Y cómo es que los monopolios pequeños obtienen malos resultados y los grandes los obtienen excelentes?.
Lo cierto es que el modelo neoclásico no tiene explicación para el problema microeconómico más importante de nuestro tiempo, a saber: ¿Por qué observamos un desarrollo muy desigual entre industrias de gran poder en el mercado e industrias de escaso poder en el mercado, con claro predominio de las primeras, contra todo lo que haría esperar la doctrina? El fracaso macroeconómico ha sido, si acaso, más embarazoso. Salvo en su manifestación estrictamente mística en una rama de la teoría monetaria, la política macroeconómica moderna depende del mercado neoclásico para su validez y funcionamiento. El mercado, ya sea competitivo, monopólico y oligopólico, constituye el indicador último y autorizado para la empresa que busca elevar al máximo su beneficio. Cuando la producción y el empleo son deficientes, la política requiere que aumente la demanda agregada; ésta es una orden para el mercado, ante el cual reaccionarán a su vez las empresas. Cuando la economía llega al nivel de la capacidad efectiva de las plantas y de la fuerza de trabajo, o se aproxima al mismo, y la inflación se convierte en el problema social importante, el remedio se invierte. La demanda se constriñe; el resultado es un efecto inicial sobre los precios u otro más tardado a medida que la fuerza de trabajo excedente busca empleo, las tasas de interés bajan y los menores costos de los factores producen precios estables o menores. Tal es la base aceptada de la política. Se deriva fielmente de la feneoclásica en el mercado. No hay necesidad de elucidar las consecuencias prácticas de tal política. En todos los países desarrollados se ha seguido en años recientes. El resultado común ha sido un desempleo políticamente inaceptable, una inflación persistente y (en mi opinión) socialmente perjudicial, o más a menudo una combinación de las dos cosas. no es sorprendente que el fracaso mayor se haya experimentado en el país industrializado más avanzado: los Estados Unidos. Pero la experiencia reciente de Gran Bretaña ha sido casi igualmente decepcionante. Suponemos que algunos políticos canadienses creen ahora que una combinación de desempleo e inflación no es la mejor plataforma para luchar en una elección general.
No debemos privarnos de la enseñanza o la diversión que derivan de la historia reciente de los Estados Unidos en este aspecto. Hace cuatro años, el presidente Nixon llegó al poder con una firme convicción en favor de la ortodoxia neoclásica. Contaba para ello con el apoyo de algunos de sus más distinguidos y devotos exponentes en todo el país. Su descubrimiento subsecuente de que él era un keynesiano no supuso ningún alejamiento precipitado o radical de esa fe. El descubrimiento se produjo treinta y cinco años después de La teoría general; como acabo de apuntar, toda la política neokeynesiana descansa firmemente en el papel preponderante del mercado. Pero hace año y medio, cuando confrontaba la reelección, Nixon encontró que la fidelidad de sus economistas a la ortodoxia neoclásica y keynesiana, por admirable que fuese en lo abstracto, era un lujo que ya no se podía permitir. Cometió la apostasía del control de salarios y precios; lo mismo hicieron sus economistas, con ejemplar flexibilidad mental, aunque se admite que esta aceptación del mundo real debe sobrevivir todavía a su prueba crítica que se presentará cuando los apóstatas regresen a las computadoras y los salones de clase. Pero nuestra admiración por esta flexibilidad no debe impedir que recordemos el hecho de que, cuando el Presidente cambió de rumbo, ningún economista norteamericano estaba trabajando en la política que Nixon se vio obligado a adoptar en vista de las circunstancias. Y más perturbador aún es el hecho de que ahora mismo haya pocos economistas trabajando en la política que nos hemos visto obligados a seguir.En realidad, un número mayor de economistas está ocupado ahora tratando de conciliar los controles con el mercado neoclásico. Esto ha producido una combinación infructuosa de economía y arqueología con buenos deseos. Esta combinación sostienen que a fines de los años sesenta se desarrolló una crisis inflacionaria en conexión con el financiamiento -o el financiamiento deficiente- de la guerra de Vietnam. Y la expectativa inflacionaria se convirtió en una parte de los cálculos de las empresas y los sindicatos. La crisis y la expectativa subsisten aún. Los controles son necesarios hasta que desaparezcan esos factores. Entonces volverá el mundo neoclásico y neokeynesiano, junto con las políticas apropiadas, con toda su tranquila comodidad. Podemos estar seguros de que esto no sucederá. Tampoco debemos esperar que suceda si observamos el papel que juegan el poder y la decisión política en el comportamiento económico moderno.
II.
En lugar del sistema de mercado, ahora debemos suponer que existe el poder o el sistema de planeación aproximadamente en la mitad de la producción económica total (el último término me parece más descriptivo, menos peyorativo, y por lo tanto preferible). En los Estados Unidos, el sistema de planeación está integrado por 2 000 grandes corporaciones a lo sumo. En sus operaciones tienen un poder que trasciende al mercado. Allí donde no toman prestado el poder del Estado, rivalizan con él. Por lo menos algunos de ustedes conocerán mis opiniones sobre este punto, de modo que me privaré del placer de una repetición extensa. No puedo creer que el poder de la corporación moderna, los fines en que lo emplea, o el poder correspondiente del sindicato moderno, puedan parecer inverosímiles o aun muy novedosos cuando no entre en conflicto con la doctrina establecida.
Así pues, convenimos en que la corporación moderna, por sí sola o en unión de otras, ejerce gran influencia sobre sus precios y sus costos principales. ¿Podemos dudar de que vaya más allá de sus precios y del mercado para persuadir a sus clientes? ¿O de que vaya más allá de sus costos para organizar la oferta? ¿O que mediante sus ganancias o la posesión de filiales financieras trate de controlar sus fuentes de capital? ¿O de que su persuasión del consumidor unido al esfuerzo similar de otras empresas -y con la bendición más que accidental de la pedagogía neoclásica- ayude a establecer los valores de la comunidad, notablemente la asociación del bienestar con el consumo progresivamente creciente de los productos de esta parte de la economía? Y como ciudadanos, si no como académicos, no negaríamos que la corporación moderna ocupe una posición preponderante en el Estado moderno. Lo que necesita la corporación en términos de investigación y desarrollo experimental, de personal técnicamente calificado, de obras públicas, de apoyo financiero de emergencia, se convierte en la política pública. Lo mismo ocurre con el abastecimiento militar que sostiene la demanda de muchos de sus productos. Lo mismo sucede, tal vez, con la política exterior que justifica el abastecimiento militar. Y el medio por el que este poder influye sobre el Estado se acepta generalmente. Se requiere una organización para enfrentarse a una organización. Y entre las burocracias públicas y privadas -entre la GM y el Departamento de Transporte, entre la General Dynamics y el Pentágono- hay una relación profundamente simbiótica. Cada una de estas burocracias puede hacer mucho por la otra. Aun existe entre ellas un intercambio grande y continuo de personal ejecutivo.
Por último, sobre este ejercicio del poder y su gran acrecentamiento flota la rica aureola de la respetabilidad. Los hombres que dirigen a la corporación moderna, incluyendo a las autoridades financieras, legales, técnicas, publicitarias y otros sacerdotes de la función corporativa, son los miembros más respetables, ricos y prestigiosos de la comunidad nacional. Ellos forman el Establecimiento. Su interés tiende a convertirse en el interés público. En un interés que aun algunos economistas encuentran cómodo y conveniente defender.
Por supuesto, ese interés se centra grandemente en el poder, en lograr que los demás acepten los fines colectivos o de corporación. No se desentiende de los beneficios, que son importantes para asegurar la autonomía de la administración -lo que he llamado la tecnoestructura- y para lograr que la empresa controle la oferta de capital. Los beneficios son también una fuente de prestigio y por lo tanto de influencia. Pero lo que es fundamentalmente importante es la meta mucho más directamente política del crecimiento. Tal crecimiento trae consigo una fuerte recompensa económica; aumenta directamente los salarios, premios y oportunidades de ascenso de los miembros de la tecnoestructura. Y además consolida y agranda la autoridad. Esto beneficia al individuo, el hombre que ahora dirigirá una empresa más grande o una parte mayor de una empresa. Y aumenta la influencia de la corporación en conjunto. La economía neoclásica no carece del instinto de supervivencia. Con justicia considera la soberanía no controlada del consumidor, la soberanía última del ciudadano, y la elevación al máximo de los beneficios con la subordinación resultante de la empresa la mercado, como las tres patas de un trípode en el que descansa. Estos son los elementos que excluyen el papel del poder en el sistema. Las tres proposiciones exigen mucho de la capacidad de creencia. No se niega de plano que el consumidor moderno sea objeto de un esfuerzo masivo de manejo por parte del productor. Por su propia naturaleza, los métodos del tal manejo son embarazosamente visibles. Sólo se puede argüir que en alguna forma se cancelan entre sí. Las elecciones en Estados Unidos y Canadá se libran ahora con base en el problema de la subordinación del Estado al interés corporativo. Como votantes, los economistas aceptan la validez de la cuestión. Sólo su enseñanza la niega. Pero es probable que la entrega de la burocracia de la corporación moderna a su propia expansión sea el elemento más claro de todos. Nadie cree que el conglomerado moderno prefiera siempre el beneficio al crecimiento. En los últimos años existe l creencia general, que se refleja claramente en los precios de los valores, de que la aglomeración siempre ha sido buena para el crecimiento pero a menudo mala para las ganancias.
En la economía moderna subsiste -y esto hay que recalcarlo- un mundo de empresas pequeñas donde las indicaciones del mercado son todavía fundamentales, donde los costos están dados, donde el Estado es algo remoto y está sujeto, a través de la legislatura, a las presiones tradicionales de los grupos de interés económico, y donde la elevación del beneficio máximo es lo único compatible con al supervivencia. No debemos creer que este mundo sea la parte clásicamente competitiva del sistema, en contraste con el sector monopólico u oligopólico de donde ha surgido el sistema de planeación. Por el contrario, con su combinación de estructuras competitivas y monópolicas se aproxima a todo el modelo neoclásico. Repito que tenemos dos sistemas. En uno de ellos el poder sigue estando, como siempre, contenido por el mercado. en el otro, un sistema que sigue desarrollándose, el poder se extiende a todos los mercados, en forma incompleta pero global, a las personas que lo patrocinan, al Estado, y por lo tanto en última instancia el uso de recursos. A su vez, la coexistencia de estos dos sistemas se convierte en una clave importante de la actuación económica.
III.
Dado que el poder interviene en forma tan total en una gran parte de la economía, ya no pueden los economistas distinguir entre la ciencia económica y la política, excepto por razones de conveniencia o de una evasión intelectual más deliberada. Cuando la corporación moderna adquiere poder sobre los mercados, poder en la comunidad, poder sobre el Estado, poder sobre las creencias, se convierte en un instrumento político, diferente del Estado mismo en su forma y su grado, pero no en esencia. Sostener lo contrario -negar el carácter político de la corporación moderna- no implica sólo un escape de la realidad, sino un disfraz de la misma. Las víctimas de ese disfraz son aquellos a quienes instruimos en el error. Los beneficiarios son las instituciones cuyo poder disfrazamos en la forma dicha. Que no quepa duda: la economía, tal como ahora se enseña, se convierte, aunque sea inconscientemente, en parte de un arreglo por el cual se impide que el ciudadano o el estudiante advierta, cómo es, o será, gobernado.
Esto no significa que la economía se convierta ahora en una rama de la ciencia política. Esa es una perspectiva, que con justicia debe resultarnos repelente. La ciencia política es también un cautivo de sus estereotipos, incluyendo el del control del Estado por el ciudadano. Además, mientras que la economía rinde pleitesía al pensamiento, por lo menos en principio, la ciencia política reverencia normalmente al hombre que sólo sabe lo que se hecho antes. La economía no se convierte en una parte de la ciencia política. Pero la política sí debe convertirse en parte de la economía.
Podrá temerse que en cuanto abandonemos la teoría actual, con su refinamiento intelectualmente exigente y su creciente instinto favorable a la medición, perderemos el filtro por medio del cual se separa a los académicos de los charlatanes y los oportunistas. Estos son siempre un peligro, pero más peligroso resulta quedarse en un mundo que no es real. Y según creo, nos sorprenderemos de la nueva claridad y coherencia intelectual con que vemos nuestro mundo en cuanto incluimos al poder como parte de nuestro sistema. Ahora me ocuparé de esta visión.
IV.
En la visión neoclásica de la economía podría suponerse una identidad general de intereses entre las metas de la empresa y las de la comunidad. La empresa estaba sujeta a los dictados de la comunidad, a través del mercado o de la urna de votación. Los individuos no podrían estar fundamentalmente en conflicto consigo mismo, dada siempre cierta decencia razonable de la distribución del ingreso. En cuanto aparece la empresa en el sistema de planeación dotada de poder global para perseguir su propio interés, el supuesto anterior se vuelve insostenible. Es posible que accidentalmente sus intereses coincidan con los del público, pero no hay ninguna razón orgánica para que así suceda necesariamente. En ausencia de pruebas en contrario, debemos suponer la divergencia de intereses, no su identidad.
También se vuelve previsible la naturaleza del conflicto. Dado que el crecimiento es una de las metas principales del sistema de planeación, será mayor cuando el poder sea mayor. Y el crecimiento será deficiente en el sector de mercado de la economía, al menos por comparación. Esto no se deberá, como sostiene la doctrina neoclásica, a que los individuos tengan una amable tendencia a equivocar sus necesidades. Se deberá a que el sistema está construido en tal forma que sirve mal a las necesidades de los individuos y luego obtiene mayor o menor aquiescencia de los mismos en el resultado. El hecho de que el sistema actual conduzca a una producción excesiva de automóviles, a un esfuerzo de fructificación improbable tendiente a cubrir de asfalto las zonas económicamente desarrolladas del planeta, a una preocupación lunática con la exploración lunar, a una inversión fantásticamente cara y potencialmente suicida en proyectiles, submarinos, bombarderos y portaaviones, es lo que debiéramos esperar. Estas son las industrias que tienen poder para obtener los recursos que requiere su crecimiento. Y una disminución de tales industrias será vital para el interés público -para una utilización sensata de los recursos- como sugieren ahora todos los instintos. Es así como la introducción del poder como un aspecto global de nuestro sistema corrige nuestro error actual. No podemos dejar de advertir que éstas son exactamente las industrias en que una visión enteramente neoclásica del monopolio y el oligopolio, y de la elevación del beneficio al máximo a costa del uso ideal de los recursos, sugeriría nada menos que una expansión de la producción. ¡Hasta dónde se nos permitirá equivocarnos!La contrapartida de un uso excesivo de recursos en el sistema de planeación donde el poder interviene por todas partes es un uso relativamente deficiente de recursos en el área donde el poder está circunscrito. Así sucederá en la parte de la economía donde prevalecen la competencia y el monopolio empresarial distinto del gran conglomerado. Y si el producto o servicio se relaciona estrechamente con la comodidad o la supervivencia, el descontento será considerable. Se acepta que las área de la vivienda, los servicios de salud, el transporte urbano, algunos servicios caseros, padecen graves deficiencias. Es en tales industrias que todos los gobiernos modernos tratan de aumentar el uso de recursos. Aquí, desesperados, hasta los devotos defensores de la empresa libre aceptan la necesidad de la acción social, aún del socialismo.Aquí podemos observar también que el error de la ciencia económica es perjudicial. Como ciudadanos podemos invocar una restricción en el área de uso excesivo de recursos, pero no en nuestra enseñanza. Como ciudadanos podemos instar a la acción social cuando la empresa se aproxima a la norma neoclásica, pero no en nuestra enseñanza. En este último caso no sólo ocultamos el poder de la corporación sino que consideramos también como anormal la acción correctora en áreas tales como la vivienda, la salud, el transporte; tal es la consecuencia del error sui generis que nunca se explica totalmente. Esto es lamentable porque tenemos aquí tareas que requieren imaginación, orgullo y determinación.
V.
Cuando incluimos el poder en nuestros cálculos, nuestro embarazo macroeconómico también desaparece. La ciencia económica hace aparecer razonable lo que los gobiernos se ven obligados a hacer en la práctica. Las corporaciones tienen poder en sus mercados. Lo mismo ocurre, parcialmente como consecuencia, con los sindicatos. Las reclamaciones competitivas de los sindicatos se pueden resolver más convenientemente trasladando el coto del arreglo al público. Las medidas tendientes a contrarrestar este ejercicio del poder limitando la demanda agregada deben ser severas. Y, como era de esperarse, el poder del sistema de planeación se ha ejercitado para excluir las medidas macroeconómicas que tienen un efecto primordial sobre ese sistema. Por ejemplo, se permite enteramente la política monetaria, lo que se debe, por lo menos en parte, a que su efecto principal lo resiente el empresario neoclásico que debe tomar dinero prestado. La restricción monetaria es mucho menos dolorosa para la gran corporación que, como un ejercicio elemental del poder, se ha asegurado una oferta de capital derivada de sus ganancias o de sus filiales financieras o bancos moralmente obligados. El poder del sistema de planeación en la comunidad se ha ganado también la inmunidad contra los gastos públicos que le importan: carreteras, investigación industrial, préstamos de recuperación, defensa nacional. Estos gastos tienen la sanción de un fin público más elevado. Se está haciendo un esfuerzo similar, aunque ligeramente con menor éxito, en materia de impuestos corporativos y personales. También la política fiscal se ha acomodado en esta forma a los intereses del sistema de planeación.De aquí deriva lo inevitable de los controles. La interacción del poder de las corporaciones y los sindicatos sólo puede ser derrotada por las restricciones fiscales y monetarias más fuertes. Las restricciones de que se dispone tienen un efecto comparativamente benigno sobre quienes gozan de poder, mientras que oprimen adversamente a los individuos que votan. Tal política es posible quizá cuando no haya elección en puerta. Ganará aplausos por sus respetabilidad. Pero no puede tolerarla nadie que deba ponderar su efecto popular.
Al igual que ocurre con la necesidad de acción y organización social en el sector del mercado, hay muchas razones que aconsejan que los economistas acepten lo inevitable de los controles de salarios y precios. Ello ayudaría a que los políticos, que responden a la resonancia de su propia instrucción del pasado, dejasen de suponer que los controles son algo malo y antinatural y por lo tanto algo temporal que debe abandonarse en cuanto parezca empezar a funcionar. Esta es una actitud poco favorable para el desarrollo de una administración sensata. También haría que los economistas considerasen la forma en que los controles pueden funcionar y en que el efecto sobre la distribución del ingreso se vuelva más equitativo. Esta distribución se vuelve un asunto serio con los controles. El mercado ya no disfrazará la desigualdad de la distribución del ingreso, por más egregia que sea. Debe considerarse que una gran desigualdad es el resultado del poder relativo.
VI.
Hay otras cuestiones de gran interés actual que se iluminan cuando incluimos al poder en nuestro sistema. Por ejemplo, la contrapartida de las diferencias de desarrollo derivadas del sistema entre el sector de planeación y el del mercado de la economía son las diferencias sectoriales del ingreso derivadas también del sistema. En el sistema neoclásico se supone que hay movilidad de recursos, la que en términos generales iguala los rendimientos entre las industrias. La desigualdad que exista se deberá a las barreras al movimiento. Vemos ahora que, dado su gran poder de mercado, el sistema de planeación puede protegerse contra los movimientos adversos de sus términos de intercambio. El mismo poder le permite aceptar los sindicatos, puesto que no necesita. absorber sus demandas ni siquiera temporalmente. En el sistema de mercado no hay un control similar de los términos de intercambio, aparte de algunas áreas de poder monopólico o sindical. Dada la ausencia de poder en el mercado, no pueden aceptarse en la misma forma los aumentos de salarios, porque no existe la misma certeza de que tales aumentos podrán trasladarse (es por el carácter de la industria que trata de organizar, no por su poder original, que muchos consideran a César Chávez como el nuevo Lenin). Y en el sistema de mercado los ocupados por cuenta propia tienen la opción -que no existe en el sistema de planeación- de reducir sus propios salarios (y en ocasiones los de sus empleados familiares o inmediatos) para sobrevivir.
Así pues, hay una desigualdad inherente del ingreso entre los dos sistemas. Y de aquí deriva también el argumento en favor de una legislación de salarios mínimos, apoyo a los sindicatos en la agricultura, legislación de precios de garantía, y lo que quizá es más importante, un ingreso familiar garantizado como antídoto a esa desigualdad interindustrial. De nuevo, este enfoque de la cuestión se ajusta a nuestras preocupaciones actuales. La legislación de salarios mínimos, la de precios de garantía, y el apoyo a los contratos colectivos son temas de controversia política continua cuando se aplican a las empresas pequeñas y a la agricultura.
No son problemas serios en la industria altamente organizada, es decir, en el sistema de planeación. Y la cuestión de un ingreso familiar garantizado, un asunto de intensa controversia política, ha dividido recientemente a los trabajadores del sistema de planeación, que no se beneficiarán, y los trabajadores del sistema de mercado que sí se beneficiarían. De nuevo encontramos tranquilidad en una visión de la economía que nos prepare para la política de nuestro tiempo.
La inclusión del poder en el cálculo económico también nos prepara para el gran debate sobre el ambiente. La economía neoclásica sostiene que previó las posibles consecuencias ambientales del desarrollo económico, que hace algún tiempo elaboró el concepto de las deseconomías externas de la producción, y por inferencia las del consumo. Pero, ¡ay!, ésta es una pretensión modesta. La exclusión de las deseconomías externas se consideró durante largo tiempo como un defecto secundario del sistema de precios, como una idea marginal para la discusión de una hora en el salón de clase. Y los libros de texto la pasaron por alto en gran medida, como ha observado E. J. Mishan. La nación de las deseconomías externas tampoco ofrece ahora un remedio útil. Nadie puede suponer, o supone realmente, que si se interiorizarán las deseconomías externas podría compensarse en alguna forma útil más de una fracción del daño, especialmente el que hace a la belleza y la tranquilidad de nuestro ambiente.
Si el crecimiento es el objetivo fundamental y vital de la empresa, y si se dispone por todas partes de poder para imponer esta meta a la sociedad, surge de inmediato la posibilidad del conflicto entre el crecimiento privado y el interés público. Así pues, dado que este poder depende en medida tan grande de la persuasión, antes que de la fuerza, el esfuerzo tendiente a lograr que se acepte la contaminación o se considere que sus beneficios valen tanto como su costo sustituye a la acción, incluyendo la publicidad de medidas correctores. Fundamentalmente, esto no equivale a una interiorización de las deseconomías externas. Más bien se está especificando los parámetros legales dentro de los cuales puede tener lugar el crecimiento, o como ocurre en el caso del uso de automóviles en las grandes ciudades, de aviones sobre áreas urbanas, de la expropiación de terrenos rurales y de caminos para la construcción de subterráneos, o para fines industriales, comerciales y residenciales, las clases de crecimiento que son incompatibles con el interés público. Habríamos evitado mucha corrupción de nuestro ambiente si nuestra ciencia económica hubiese sostenido que tal acción era la consecuencia previsible de la búsqueda de los objetivos económicos actuales y no el resultado excepcional de una aberración peculiar del sistema de precios.
En todo caso, tenemos derecho a guiar la acción del futuro porque hay un fuerte argumento conservador en tal sentido. Mientras que los economistas juegan débilmente con las deseconomías externas, otros están sosteniendo que el crecimiento mismo es el villano. Están buscando su extinción. En consecuencia, si vemos que el deterioro ambiental es una consecuencia natural del poder y el objetivo de la planeación, y si vemos por tanto la necesidad de limitar el crecimiento dentro de parámetros que protegen al interés público, podremos ayudar a la continuación del crecimiento económico.
Por último, cuando el poder se convierte en una parte de nuestro sistema, también lo hace Ralph Nader. Estamos preparados para la explosión de la preocupación que se llama ahora el "consumismo". Si el consumidor es la fuente de la autoridad, su abuso es una falta ocasional.El consumidor no puede estar fundamentalmente en desacuerdo con un sistema económico que controle. Pero si la empresa productiva tiene un poder global y objetivos propios, el conflicto es sumamente probable. La tecnología se subordina entonces a la estrategia de la persuasión del consumidor. No se cambian los productos para mejorarlos, sino para aprovecharse de la creencia de que lo nuevo es mejor. Hay una alta proporción de fracasos cuando se trata de producir no lo que sea mejor sino lo que se puede vender. El consumidor -el que no haya sido persuadido o esté decepcionado- se rebela. Esta no es una rebelión contra cuestiones secundarias de fraude o mala interpretación. Es una gran reacción contra todo un despliegue de poder mediante el cual el consumidor se convierte en el instrumento de propósitos que no son los suyos.VII.Este ejercicio de incorporación de poder a nuestro sistema impone dos conclusiones. En cierta forma, la primera es estimulante: que el economista no ha hecho todavía su trabajo. Por el contrario, apenas está principiando. Si aceptamos la realidad del poder como parte de nuestro sistema, tendremos años de trabajo útil a nuestra disposición. Y dado que estaremos en contacto con problemas reales, y dado que los problemas reales inspiran pasión, nuestra vida será de nuevo agradablemente contenciosa, quizá hasta útilmente peligrosa.
La otra conclusión se refiere al Estado. Cuando incluimos en nuestro sistema al poder y por tanto a la política, ya no podemos eludir o disfrazar el carácter contradictorio del Estado Moderno. El Estado es el objetivo primordial del poder económico. Es un cautivo. Y sin embargo, en todas las cuestiones que he mencionado -las restricciones al uso excesivo de recursos, la organización para contrarrestar el uso inadecuado de los recursos, la acción para corregir la desigualdad derivada del sistema, la protección del ambiente, la protección del consumidor- la acción correctora corresponde al Estado. El zorro tiene poder en la administración del gallinero. Es a esta administración que las gallinas deben recurrir para su protección.
Esto plantea lo que es quizá nuestro problema principal. Es posible la emancipación del Estado del control del sistema de planeación? Nadie lo sabe. Y en ausencia de ese conocimiento nadie sugeriría que se trate de un problema fácil. Pero hay un brillo de esperanza. Como siempre, las circunstancias están forzando el paso.
La última elección de los Estados Unidos se peleó exclusivamente sobre cuestiones en que los objetivos del sistema de planeación o de sus principales participantes divergen de los intereses del público. La cuestión de los gastos de defensa es una de ellas. La de la reforma tributaria es otra. La carencia de vivienda, transportación masiva, servicios de salud, servicios públicos, es otra más una que refleja la relativa incapacidad de estas industrias para organizar y controlar recursos. La cuestión de un ingreso garantizado es otra de la lista. Su efecto, como he indicado, se ejerce sobre los ingresos de fuera del sistema de planeación, sobre los explotados en el sistema de mercado, sobre quienes son rechazados por los dos sistemas. El ambiente es una de estas cuestiones, con su conflicto entre la meta de crecimiento de la tecnoestructura y la preocupación pública por sus alrededores. Sólo el control de salarios y precios no se discutió en la última elección. Ello se debió casi seguramente a que los economistas de tendencia ortodoxa en ambos bandos encontraron la perspectiva demasiado embarazosa para discutirla.
Menciono estas cuestiones con el único fin de mostrar que los problemas que surgen cuando incluimos el poder en nuestros cálculos son actuales y reales. Casi no es necesario recordar que los problemas políticos no los plantean los partidos ni los políticos, sino las circunstancias. Por supuesto, cuando incluyamos el poder en nuestro sistema no escaparemos a la controversia política que deriva del enfrentamiento de problemas reales. Esto me trae al último punto que quiero tratar. No defiendo el partidarismo en nuestra ciencia económica, sino la neutralidad. Pero aclaremos lo que es la neutralidad. Si el Estado debe emanciparse del interés económico, una economía neutral no negaría esa necesidad. Esto es lo que hace ahora la ciencia económica. Le dice al joven e impresionable, y al viejo y vulnerable, que la vida económica no tiene un contenido de poder y política porque la empresa está seguramente subordinada al mercado y la Estado y por esta razón está seguramente bajo el control del consumidor y el ciudadano. Tal ciencia económica no es neutral. Es un aliado influyente y sumamente valioso de aquellos cuyo ejercicio del poder depende de la aquiescencia pública. Si el Estado es el comité ejecutivo de la gran corporación y del sistema de planeación, ello se debe en parte a que la economía neoclásica es su instrumento para neutralizar la sospecha de que así ocurre en efecto. He hablado de la emancipación del Estado del interés económico. Para el economista no puede haber dudas acerca de dónde principia esta tarea. Principia con la emancipación del pensamiento económico