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martes, 8 de diciembre de 2009

LO QUE PORTER
DIJO Y NO DIJO

Daniel Córdova*
Es gratificante que nuestra iniciativa de organizar un foro con Michael Porter, profesor de Harvard y estudioso de las fuerzas competitivas, haya generado un verdadero impacto en las columnas de opinión. Lo curioso es que, salvo honrosas excepciones, todos los comentarios se han hecho sobre uno o dos reportajes periodísticos acerca de la conferencia y no sobre la base de la conferencia completa. Porque los comentarios han resaltado cosas que Porter dijo, le han hecho decir cosas que no dijo y, sobre todo, no han tomado en cuenta lo que dijo y los dos reportajes periodísticos no recogieron.

Porter dijo que el Perú había progresado significativamente en los últimos años, mostrando un gráfico de la reducción de la pobreza. Pero que no por eso había dejado de ser un país muy atrasado económicamente. No dijo que estábamos por un mal camino. Solo que necesitábamos ir mucho más allá. Dijo que se había crecido en la producción y exportación de sectores como el minero y pesquero, pero que en comparación con países más dinámicos, desde Malasia hasta la China, faltaba que se desarrollaran conglomerados más sofisticados de sectores manufactureros y de servicios. No dijo que el desarrollo de sectores primarios estaba mal, ¡todo lo contrario! Señaló que sin el progreso de las exportaciones mineras y pesqueras hubiese sido imposible el crecimiento incipiente de los sectores que son los llamados a liderar el progreso futuro.

Porter dijo que el Perú no era un país suficientemente abierto. Que para progresar debía exportar más e importar más en relación a lo que produce. Dijo que la productividad por trabajador era baja. Y que se necesitaba más inversión extranjera en la industria y los servicios para que el Perú gane en productividad. No dijo que el Perú tenía que dejar de privilegiar las exportaciones, ni que las empresas estatales deben jugar algún papel, ni que el Estado debe restringir la inversión privada.

¿Qué es lo que debe suceder para que el Perú siga progresando de acuerdo con la propuesta de Porter? Las claves de la competitividad, según nuestro invitado, se dividen en dos grupos: la competitividad macroeconómica y la competitividad microeconómica.

La competitividad macroeconómica se da en dos niveles: el de las políticas macroeconómicas y el de la “infraestructura” social e instituciones políticas. Porter elogió el manejo fiscal responsable y la política monetaria de baja inflación, que el Perú ha conseguido. Y criticó los problemas de educación y salud (ambos temas en los que estamos atrasados por la mala gestión estatal). Asimismo, señaló que el Estado de derecho y el respeto de los derechos de propiedad, así como un Estado eficiente, son aspectos esenciales en los que estamos jalados. No abogó por el gasto fiscal irresponsable, ni por tolerar “democráticamente” las tomas de carreteras, ni por mayores impuestos a los más ricos para que los gobernantes de turno se llenen los bolsillos. Fue muy crítico de la corrupción y de los impuestos altos.

En el aspecto microeconómico, abogó por un entorno que favorezca el desarrollo de los negocios, por empresas modernas y socialmente responsables y por el impulso de los sectores emergentes. Y sí, criticó la pasividad del Estado Peruano para generar una promoción económica que potencie (no que invente) los clusters que están marcando poco a poco el nuevo progreso del Perú: la agroexportación, los textiles y confecciones, los servicios turísticos, la pesca de consumo humano, las infraestructuras, y potencialmente la petroquímica, además de las reformas del Poder Judicial, y de los servicios de salud y educación.
El empresariado y la universidad estamos a disposición para ir adelante con la ejecución de estas propuestas. Los ministros abiertos al diálogo y a nuevas ideas también. El presidente tiene la palabra.

(*) Director de posgrado Universidad del Pacífico


El Comercio
8-12-09

viernes, 10 de octubre de 2008

EL PERÚ Y LA CRISIS
DE LA ECONOMÍA GLOBAL
Daniel Córdova
Decano de Economía
UPC
Hasta hace tan solo unas semanas los economistas hablábamos del peligro de un sobrecalentamiento de la economía peruana. El crecimiento 'excesivo' de la demanda se sumaba a la inflación importada. Según la receta convencional, había que ponerle paños fríos a la economía para evitar una crisis financiera derivada de un eventual crecimiento exagerado del crédito. Además había que evitar un rebrote mayor de la inflación.

En solo un par de semanas el panorama es el inverso. Ahora, debido al pánico financiero internacional, lo que habría que hacer es inyectarles liquidez y confianza al empresario y al consumidor peruano. Esto porque la liquidez mundial se ha secado y porque los bancos peruanos podrían contagiarse, junto con empresarios y consumidores, sin que existan fundamentos reales suficientes para ingresar al mismo círculo vicioso que ha paralizado los mercados occidentales en los últimos días. Habría, entonces, que evitar un sobreenfriamiento.

Para entender esta aparente contradicción es necesario contrastar el mecanismo de crisis global con lo que viene sucediendo en la economía peruana.
El origen de la crisis financiera global, como sabemos, ha sido el exceso de crédito --mal supervisado-- en Estados Unidos, principalmente. Dicho exceso generó una capacidad adquisitiva artificial en millones de personas. Como consecuencia del crecimiento de la demanda, apuntalado por crédito de alto riesgo, se incrementó el valor de los inmuebles. Y los negocios en general fueron cada día mejor. Y la burbuja empezó a crecer. Los norteamericanos, como se ha dicho, son adictos al consumo y al crédito. Después de la sobredosis de consumo, ahora les toca la rehabilitación clínica de quiebras y recesión.

Cuando empezó a romperse esa cadena artificial, lo primero que se hizo evidente fue la burbuja inmobiliaria. Ahora sabemos que además hubo una burbuja de consumo y, por ende, de inversión. Se había sobrevalorado la riqueza. De ahí que lo primero que empezó a caer fue el valor de los inmuebles. Luego, empezaron a quebrar los bancos. En paralelo caía el valor de las empresas.

Lo que siguió fue una situación de desconfianza y pánico en los grandes mercados del mundo. Pánico que, como en el caso de la burbuja con el optimismo, exagera el pesimismo. De ahí que ahora más que nunca se aplique aquello de que "el optimista es un pesimista bien informado". De ahí que los gobiernos de los países desarrollados opten, cueste lo que cueste, por darle confianza a los mercados.

El caso de las economías emergentes --como la peruana-- es distinto, pero no por ello dejarán de estar contagiadas. Lo importante es que el contagio se limite a los fundamentos reales. Que no se nos contagie el pánico. Porque lo que originó la crisis en el mundo desarrollado no ha sucedido aquí.

El crecimiento en el Perú de los últimos años se ha dado sobre bases reales. Se ha logrado poner en valor recursos que habían estado inservibles durante décadas --tierras, minas, potencial emprendedor, fuerza laboral--. Estamos reconstruyendo la economía de un país. Y la supervisión bancaria es, de lejos, más prudente y eficiente que la de Estados Unidos.

Cierto es que estaremos afectados por el lado de las exportaciones, de las remesas del exterior y de la caída de la inversión extranjera. Pero tenemos reservas suficientes para capear el temporal. Y mejores instituciones monetarias y financieras que nunca. Creceremos menos. Pero no dejaremos de crecer. Y la inflación, ciertamente, dejará de ser un problema. No hay, pues, razón para el pánico.

Tampoco hay razón para insistir con políticas fiscales y monetarias diseñadas para un temor al sobrecalentamiento. Al contrario, el Ministerio de Economía y el Banco Central de Reserva, junto con la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP deben hacer todo lo necesario par darle confianza al mercado peruano y no desperdiciar este momento tan favorable de nuestra propia historia económica. No hay razón real para un enfriamiento económico excesivo.

El Comercio
9-10-08/a4