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lunes, 14 de diciembre de 2009

Por una Universidad
democrática
Ernesto Velit
Comportamientos nada éticos cometidos por una universidad privada han terminado por colocar al sistema universitario del país, y con caracteres de escándalo, en la agenda nacional.

No es difícil verificar cómo, de tiempo en tiempo, la universidad peruana ocupa lugares destacados en los medios y no precisamente para reconocerle méritos ni calificarle virtudes.

Esta vez los estropicios sirvieron para algo. Para hacer patente las graves dolencias que afectan al sistema y el absoluto desinterés con que el Estado mira las miserias universitarias, sin importarle las graves consecuencias que ello implica en la formación educativa de un importante universo de jóvenes peruanos.

Hemos escrito varias veces sobre el tema con la esperanza, siempre, de que los responsables oficiales de superar las deficiencias convoquen a quienes corresponda a construir alternativas de solución y proponerlas, porque tienen autoridad para ello, a los organismos de decisión.

Es difícil entender cómo un proyecto de ley universitaria puede permanecer en manos del Congreso de la República desde hace varios años y a la espera de que alguien termine con su sueño polar.

Cuando suceden escándalos como los recientes, se busca una medida de urgencia que atenúe responsabilidades y satisfaga críticas pero el núcleo del problema continúa intacto.

Hemos señalado que el sistema universitario está abandonado a su suerte, que sus actividades se rigen por las leyes del mercado, que su calidad educativa no resiste una evaluación elemental y que fabrica profesionales sabiendo que no hay espacio laboral que los incorpore.

El empirismo académico califica al sistema, su área de influencia cada día es menor y su resistencia ha sido doblegada por la fuerza del mercado y, lo que es peor, ha preferido negociar detrás del mostrador que defender derechos inalienables.

La multiplicación de universidades, particularmente privadas, las filiales fantasmas a la pesca de alumnos, las creaciones anárquicas para responder compromisos electorales, han terminado por hacer del sistema una suerte de tierra de nadie.

Hemos caído en la torpe interpretación de creer que a más universidades más cultura, cuando lo que se ha conseguido es heterogeneizar a la universidad para hacer más difícil su calificación.

Hoy la universidad pública es sinónimo de educación masificada y de calidad discutible, apta para personas de bajos ingresos.

La privada, regulada por un mercado elitista y abusador, busca responder más a la demanda que a la necesidad, se esfuerza más en diplomar que en respetar las exigencias educativas que sus costos obligan.

Hay una crisis académica administrativa y, además, moral que sacude al sistema universitario en el Perú.

Detener la creación de más universidades es paso importante, pero evaluar las existentes y clausurar las que no califiquen es obligación del Estado, a la que no puede renunciar en nombre de los miles de jóvenes que depositan sus esperanzas de formación universitaria, algunas veces, en manos espurias.

Ya es hora de construir una universidad democrática capaz de replantearse sus propósitos y metas sin necesidad de ser asediada ni por el poder ni por el mercado.

Es hora, también, de que el Gobierno y la sociedad definan conductas explícitas con relación al destino de la universidad.

Hay que detener la avalancha de profesionales mediocres que salen de muchas de las aulas del sistema.


El Comercio a/4
14-12-09

domingo, 8 de noviembre de 2009

¿HAY CRISIS
EN LA UNIVERSIDAD PERUANA?
Ernesto Velit G

Nos llega con alarmante frecuencia información sobre movimientos de protesta realizados por estudiantes universitarios, casi todos generados por el deseo de mejorar la calidad educativa de sus centros de estudio y cuestionando un orden de cosas, académico y administrativo, que pareciera resultar intolerable para los alumnos. Las denuncias estudiantiles sobre corrupción y mediocridad en la enseñanza, muestran a la universidad peruana sumida en una crisis, que debe convocar el interés de las autoridades y del país, y víctima de los estragos del neoliberalismo que la ha golpeado en lo que es su razón de ser: articular el conocimiento con los intereses de la sociedad a la que debe servir.

El progreso de la ciencia y la tecnología, con sus alcances impredecibles, obliga a reestructurar todo lo que signifique concepción general de la sociedad, sobre todo ahora que asistimos a una interpretación del concepto cientificista de lo humano que raya en la incoherencia.

En nuestro país, donde la monocultura pareciera dominar los espacios sociales y políticos, las reformas institucionales representan una demanda de todos los estratos interesados en el destino nacional. Ante esta realidad, la masificación de la universidad y la ampliación mercantilista de la oferta educativa, carente de investigación y con bajo nivel académico, nos muestran la debilidad de un sistema, la indiferencia de las autoridades y la nula participación estatal en la fiscalización de la enseñanza universitaria. En el Perú, los gestos aislados de reforma universitaria resultaron más actitudes intuitivas que decisiones razonables, y casi siempre impregnados más de una voluntad por lo económico que por lo académico. No hay políticas explícitas y se ha perdido la brújula de lo que debe ser el rol de la universidad al interior del tejido político, social y cultural del país. Todo esto da la impresión de que la universidad hubiera aceptado su derrota.

La proliferación irracional de universidades, expresión de anticultura, ha debilitado el sistema. No hay investigación, la infraestructura es deprimente y se ayuda a profundizar la división social ofreciendo universidades para élites y otras para los de bajos ingresos.

La universidad está abandonada a su suerte, las leyes del mercado dirigen la actividad del sistema, nadie califica la calidad, se permiten universidades no autorizadas, se estafa a los jóvenes con la tolerancia cómplice del Estado y se programan especialidades sabiendo que no hay dónde ejercerlas. Predomina un modelo empírico de universidad, la institución ha reducido su espacio, la indiferencia es la respuesta del gobierno y del país. El Perú tuvo tradición universitaria con maestros humanistas y comprometidos. Hoy la presión salvaje del mercado ha vencido la resistencia de la universidad y esta ha optado por formar políticos antes que librepensadores, agitar banderas socialistas pero no construir socialismo, sobrevivir con el erario al tiempo que proclama la revolución desde el claustro.

Hay que replantear el rol de la universidad, el conocimiento tiene otros caminos que no son forzosamente universitarios, nuevos retos convocan a la reflexión. Hay que adecuar la universidad a los trances históricos que la modernidad plantea, poner en agenda la multiculturalidad, la defensa ambiental, la desigualdad social, los conflictos laborales, los correctivos éticos y morales que requiere esta realidad. No habrá progreso universitario si hay políticas misoneístas que obstaculizan. No hay ciencia si no hay un correlato humanista que complemente.


El Comercio
9 de julio de 2009