miércoles, 8 de julio de 2009

América Latina:
ANTINEOLIBERALISMO
O RESTAURACIÓN CONSERVADORA





América Latina se ha caracterizado en esta década por un viraje espectacular que la ha trasformado de territorio privilegiado de políticas neoliberales en el eslabón más frágil de la cadena neoliberal. Gobiernos que de distintas formas enfrentan los modelos neoliberales han proliferado, pudiendo llegar a 10. A pesar de que la revista británica The Economist anunció que con la crisis esos gobiernos no se extenderían más en el continente –porque la crisis impondría la agenda de la derecha, centrada en el ajuste fiscal y en el combate a la violencia–, desde entonces triunfó el gobierno de Mauricio Funes y del Frente Farabundo Martí en El Salvador.

A partir de la elección de Hugo Chávez, en 1998, la derecha ha intentado, de distintas maneras, recobrar fuerza, tumbar a esos gobiernos y recuperar la apropiación del Estado en sus manos: el golpe de 2002 en Venezuela, el intento de impeachment de Lula, en 2005, las sucesivas ofensivas de los grandes agricultores en Argentina, del separatismo en Bolivia. Actualmente el golpe en Honduras, la derrota electoral del gobierno en Argentina y la elección de Pepe Mujica como candidato del Frente Amplio en Uruguay son otras tantas de las últimas escaramuzas entre las dos fuerzas que ocupan el campo político en América Latina a lo largo de esta década.

América Latina se debate entre profundizar las trasformaciones progresistas operadas por esos gobiernos o la restauración de la derecha. Donde se debilitan esos gobiernos, no gana ningún sector de izquierda, sino que se fortalece la derecha. Las primeras corrientes que fracasaron en la lucha antineoliberal fueron las provenientes de la llamada ultraizquierda, sean grupos políticos de corte doctrinario u organizaciones sociales que no han roto con la visión corporativa de la autonomía de los movimientos sociales. El campo político ha quedado polarizado entonces entre esos gobiernos –más moderados o más radicales– y la derecha.

La elección de Mujica como candidato del Frente Amplio representa más claramente el intento de profundización de las trasformaciones antineoliberales. Su condición de favorito en las encuestas apunta en esa dirección. Por el contrario, la derrota del gobierno argentino representa el intento de frenarlas y de construir un recambio de derecha. El golpe de Honduras, conforme a su desenlace, puede terminar con un gobierno que daba pasos en la dirección antineoliberal o permitir que el retorno de Zelaya recobre con más fuerza esa dinámica. Lo mismo se puede decir de Brasil: las elecciones presidenciales de 2010 pueden hacer que el gobierno de Lula sea un largo paréntesis en la dominación de la derecha o la profundización de las transformaciones iniciadas, con la victoria de Dilma Rousseff, que crece rápidamente en las encuestas, apoyada en 80 por ciento del respaldo popular y solamente 6 por ciento de rechazo del gobierno de Lula. Todo apunta hacia una gran victoria de Evo Morales y el MAS en las elecciones de diciembre de este año, garantizando la continuidad y la profundización del proceso de fundación del nuevo Estado boliviano.

Los efectos de la crisis sobre los países del continente estrechan los márgenes de las políticas de conciliación de clases desarrollada por gobiernos como los de Argentina, Brasil, Uruguay, entre otros, obligándolos a definiciones entre seguir con las concesiones al gran empresariado –en particular al capital financiero– o la intensificación de las políticas sociales como eje obligado de un gobierno antineoliberal.

Hay visiones que nunca han considerado a esos gobiernos como diferenciados de sus antecesores neoliberales, pero que en la práctica corren a saludar la posibilidad de su sustitución por la derecha. En ésas –que combinan catastrofismo y derrotismo– no habría ningún cambio significativo: una derecha sustituiría a la otra. Cambalache, ninguno es mejor, todo es igual. Las visiones que se limitan al plano de la crítica están al margen de los procesos reales de enfrentamiento al neoliberalismo en el continente.

El futuro de América Latina se decide entre la profundización de las trasformaciones apenas empezadas o procesos de restauración conservadora en que serán derrotados el campo popular y las izquierdas en su totalidad. El futuro sigue abierto, la disputa hegemónica frente al agotamiento del neoliberalismo y las alternativas, entre lo viejo que insiste en sobrevivir y lo nuevo que encuentra dificultades para nacer, es lo que marca el presente latinoamericano.

La Jornada
08-07-09

jueves, 2 de julio de 2009

RESEÑANDO
A GARCÍA

César Hildebrandt

En su delirante discurso-ensayo- artículo del último domingo (“A la fe de la inmensa mayoría”, publicado esta vez en “Expreso”), el doctor Alan García dice algunas cosas que no deberían pasarse por alto:
1) “Los adversarios son los de siempre: amenazan y bloquean carreteras porque saben que son muy pocos...”
¿O sea que Yehude Simon simula negociar con esos “pocos”? ¿Y no era que los adversarios del Apra fueron SIEMPRE los oligarcas? ¿Y si son tan pocos por qué García ha derogado los decretos de urgencia que concernían a esas flagrantes minorías? García no entiende que con sus palabras desactiva a Yehude Simon, invalida las mesas de diálogo y propone, en el fondo, soluciones dictadas por la fuerza. ¿No entiende o sí lo entiende y se trata de un acto premeditado y de otra profecía sanguinaria?
2) “Esto es parte de un conflicto continental. ..Ahora vivimos una guerra fría en la que participan gobernantes extranjeros. ..Recordemos que el Perú es un centro vital para los hechos continentales. Fue necesaria la conquista del Perú para dominar Sudamérica, lo fue Ayacucho y ahora es necesario para el modelo regresivo y dictatorial que quiere dominar al Perú...”
Dejemos de lado la sencillez fronteriza, la sintaxis agujereada y el aguadito ideológico que expresan estas líneas. Vayamos al fondo del asunto. Y el fondo parece ser que García...
a) no puede admitir que ha sido la firmeza de unos grupos nativos la que lo ha derrotado; de allí su irresponsable apelación a la idea de unos gobiernos foráneos metiéndose en Bagua o en Sicuani;
b) al echar mano al recurso del “factor internacional” , García olvida que ese fue el método “nacional-fascista” de las dictaduras de derecha a las que el Apra, hoy architraicionada, se enfrentó en el pasado; olvida también que Haya de la Torre fue acusado de dirigir un “partido internacional” ;
c) al señalar la batalla de Ayacucho como un episodio de “la conquista del Perú para dominar Sudamérica”, García intenta ensuciar la figura de Simón Bolívar, negar la historia y rehacer chauvinistamente la memoria colectiva de los peruanos; ¿tendremos que recordar que en Junín y Ayacucho el Perú fue “conquistado” para la libertad y que la independencia se la debemos a esa alianza de venezolanos, colombianos, chilenos y peruanos no monárquicos? Un García particularmente iletrado es el que asoma en ese párrafo. Pero, también, un García de psiquiátricas connotaciones. Porque si hay un complot de “gobernantes extranjeros”, ¿qué hace Torre Tagle que no convoca a una reunión de emergencia de la OEA? ¿Tan pobres diablos somos que asistimos a la conspiración que amenaza destruirnos y lo único que hacemos es publicar un artículo en “Expreso”?
3) “Son una minoría. ¿Cuántos movilizan en todo el país y en todas sus marchas? Un máximo de 50,000 personas...”
García cuantifica desde la arbitrariedad y el mero gusto. ¿Qué clase de mediciones utiliza para hablar de “un máximo de 50,000 personas”? Ninguna encuesta lo respalda. Y si creyéramos en las encuestas y situáramos su popularidad en el 21 por ciento doloroso y actual, podríamos decir, con la misma soberana gana presidencial, que “ocho millones de peruanos repudian al jefe de Estado”. Además, García olvida que fueron 61,000 votos –esos sí contados uno por uno- los que le permitieron llegar a la segunda vuelta tras desplazar a Lourdes Flores. De modo que, así fueran 50,000 los que resisten la embestida conservadora de García no podríamos decir que esa cifra es desdeñable.
4) “¿Cuál es su meta? Crear un “levantamiento general de los pueblos” aprovechando la crisis mundial...¿Cuál es su estrategia? Acumular fuerzas en la primera mitad del gobierno y en la segunda precipitar la caída del sistema, elegir una Constituyente. Establecer la reelección, proceder a la estatización. ..”
García está viendo diablos azules psicodélicos. Con su paranoico “diagnóstico” social, unifica en un solo campo a los huambisas de Condorcanqui, a los regantes de algunas zonas de Puno, a los comuneros del Cuzco, a los pequeños ganaderos de camélidos de Huancavelica, a los dirigentes sindicales de la CGTP o del Sutep, a los ambientalistas de todos los colores y hasta a las autoridades regionales hartas del engaño centralista. La mente de García funciona en base a este delirio secuencial: llamo a todos los que se me opongan “adversarios del progreso” (que yo encarno); pongo a todos ellos en un mismo saco; digo que, precisamente, el hecho de que estén juntos demuestra que todos ellos obedecen a una conspiración internacional en marcha; no soy, entonces, responsable: soy una víctima.
5) “Su táctica es la captura de los instrumentos de decisión y comunicación. ..por eso (...) se multiplican en los blogs, azuzan a los comunicadores, se adueñan con violencia de la noticia, etc...”
Esto, que por sus harapos formales y de contenido podría haber suscrito cualquier Chichi, lo escribe un presidente de la República que goza de tanta luna de miel con los medios. ¿O cree que América Televisión debería ser más dócil? ¿O que Canal 5 más entregado? ¿O el 7 más sobón? ¿O el 2 más conveniente? ¿O el 9 más elusivo? ¿O el 13 más inexistente? ¿O que RPP debería expulsar a Augusto Álvarez Rodrich y a Patricia del Río, a los que se les concede algunos minutos diarios de eventual disidencia? ¿O es que García pretende decirnos que una tan despiadada como imaginaria oposición de los medios lo explica todo, incluyendo los cadáveres de 24 policías y de los diez lugareños de Bagua? ¿No era oposición despiadada la que García reclamaba en contra de Toledo? Y en cuanto a esa surrealista alusión a los blogs, ¿es que quiere decirnos que El Útero de Marita, o Reportaje al Perú, se hacen siguiendo consignas extranjeras que llegan por e-mail lacrado? ¿No sabe García que el argumento de una Internet contaminada por la rebeldía y el descontento es el mismo que emplean los dirigentes chinos o iraníes? ¿¡Dónde diablos está Saúl Peña!?
6) “¿Qué falta a esta inmensa mayoría? –se pregunta García, quien, sin lugar a dudas, se siente su representante- . Actuar, evitar que el monopolio de la movilización y el grito esté en manos de los “antisistema”. ..enviar cartas a los medios de comunicación, CREAR GRUPOS DE ACCIÓN...” (Las mayúsculas son nuestras, nota de C.H.)
¿Grupos de acción como los que han barrido con la oposición interna en los comicios apristas? ¿Como los que instrumenta el Apra cuando de golpear, amenazar o escarmentar se trata? ¿Ya que no se puede regresar a Haya, regresemos al búfalo Pacheco: esa es la propuesta? ¿Faltaron esos “grupos de acción” en los hechos de Bagua? ¿Ellos podrían haber evitado la tragedia? ¿O es que García, enterrador de Haya en muchos aspectos, cita ahora, de modo implícito, al ideólogo moderno de la derecha peruana, don Víctor Andrés Belaunde y su famosa frase “las masas se combaten con las masas”?
García está mal. Su narcisismo le impide reconocer algún error. Un voluntarismo sonámbulo lo lleva, otra vez, al despeñadero. La corte de adulones que lo sigue como traza y cauda no le hace ningún favor. Este sería el momento en el que el Apra debiera sentarse con su presidente y hacerlo entrar en razones. Pero no hay un solo aprista capaz de esa tarea. La tragedia del Apra es que fue, sucesivamente, un partido perseguido por la derecha, entendido por la derecha y hoy, con García, colonizado por la derecha nacional e internacional. El problema del 2011 no será “el antisistema”. Será que “el sistema” encarnado por García volverá a demostrar que no funciona.
Porque si de sistemas o de antisistemas hablamos, la infección también podría decir que los glóbulos blancos que la combaten son elementos perturbadores y –por qué no-, extraños, casi extranjeros.
Posdata: He regresado de un viaje reparador y me encuentro con dos artículos tremebundos. El primero, el de Alan García, que comento en estas líneas; y el segundo, el de Mario Vargas Llosa, que parece escrito por Eudocio Ravines, que también escribía muy bien y servía tan bien o mejor a la derecha. Después de esta contribución vargasllosiana a la causa alanista y a la satanización del movimiento selvático, ya podemos decir que el gran novelista ha logrado el propósito de todos estos años: pensar como su papá y escribir como su hijo.

La Primera.
30 de Mayo de 2009
Alan
PERDIDO
EN LA ERA DE BUSH (hijo)



Carlos Iván Degregori

El complot

Da vergüenza ajena leer al caudillo de un partido que padeció durante décadas el infame artículo 53 de la Constitución de 1933, dando valor oficial a la teoría del complot extranjero para explicar nuestros actuales problemas sociales. Para quienes no lo recuerden, el art.53 proscribía las actividades del APRA y del PCP por ser “partidos internacionales”.

Ya totalmente del otro lado del mostrador, en un artículo publicado el 29 de junio en el diario Expreso, el presidente afirma que nuestros conflictos son fundamentalmente “parte de un conflicto continental”, de una “nueva guerra fría”, azuzada por los extremistas y “los sobrevivientes de la izquierda de los 70”. Por supuesto que en plena globalización no somos una isla, ni estamos blindados en ningún campo, como el presidente alucinó al inicio de la crisis económica mundial. Pero privilegiar el complot como explicación de los actuales conflictos nos revela a un hombre de ideas agotadas, que ya perdió contacto con su tiempo, que no quiere saber que –para hablar por ejemplo de la selva - hoy los pueblos amazónicos están casi tan globalizados y despiertan más solidaridad en el mundo que la exhausta Internacional Socialista a la que pertenece su partido, sin ser por ello marionetas manejadas desde el exterior.

Es revelador, además, que en su artículo el APRA se diluya hasta casi desaparecer, confundida con “el sistema”; in-mo-la-da en su nombre. Cierto que el artículo lo escribe García como presidente, pero la única mención al “partido del pueblo” es para afirmar que “defiende el modelo con resultados concretos y materiales para el país”. Convertida en soldadito de plomo del “sistema”, la tarea del APRA sería reclutar a ese ejército al fujimorismo, Unidad Nacional y cualquier otra esquirla –Rey, Lay, UPP- que pudiera sumarse al gran Armagedón contra el “antisistema”, término repetido obsesivamente en el artículo: cuatro veces en página y media.
Para que este discurso fluya, es necesario modificar el contenido semántico de la palabra “antisistema”, antes siempre asociada a quienes estaban en contra del orden democrático. Ahora lo son quienes están en contra de la política económica. De esta forma es posible considerar al fujimorismo, sin pudor y casi con un dejo de súplica, como parte de esa alianza,.

Afirma el presidente que los enemigos no son solo viejos, sino pocos: “mil aquí, dos mil allá…un máximo de 50 mil personas”, pero la clave es que “actúan en los mismos lugares en los que antes (2006) ganó el antisistema”. En realidad, el artículo puede leerse como un grito de ayuda dirigido a las fuerzas políticas y sociales del sistema (económico) para que ayuden a seducir a esos votantes, que el gobierno pareciera declararse incapaz de convencer: que “quiebren el monopolio del grito” y usen el teléfono, la red, los blogs, las radios, porque la prensa tradicional ya la considera mayoritariamente perdida, dedicada a “retroalimentar el terrorismo y el desorden como ocurrió en los 80”. Teniendo en cuenta el importante sector de prensa cercana al régimen o al menos a gusto con el “modelo”, y para un presidente que apela desde su primera frase a la fe, esta es una muestra de “derrotismo” inesperado.

Trazando líneas (y definiendo ejes).

La división sistema / antisistema es el eje central de una política de polarización buscada explícitamente desde el Ejecutivo, el Congreso y ciertos medios. Así, de un tiempo a esta parte ha renacido con fuerza la idea de “trazar líneas” entre “dos modelos enfrentados… el que hemos elegido los peruanos y el de Chávez, Morales” (Simon 27.6.09). La dicotomía es engañosa porque olvida dolosamente a países y personajes tan importantes como Lula, Bachelet, Tabaré Vásquez, ninguno tan genuflexo como el peruano ante la inversión transnacional, pero hasta hace poco definidos como una izquierda inteligente. De esa división en el continente se deriva otra interna, entre “los peruanos de buena voluntad y los que no lo son” (Pablo Bustamante, La Hora N, 26.6.09).

La línea se traza incluso entre los dirigentes sociales y sus bases. Porque “los peruanos somos un pueblo divino” (Bustamante). Pero, según Simon (27.6.09), algunos dirigentes “se vuelven más extranjeros que peruanos”. Por eso el premier se jactaba en el Congreso de haber hablado “con los nativos verdaderos; no con los dirigentes, (sino) directamente con los apus.”

Para una persona que afirma respetar la institucionalidad, esta es una declaración lamentable y bastante paternalista, que encaja bien con la teoría del complot. Porque implícitamente ella nos dice que los “nativos”, en el sentido amplio de la palabra, no tienen agencia, no son capaces de tomar grandes decisiones ni dirigir procesos complejos, ni hacer política. Es del mismo orden de cosas que las viejas afirmaciones, según las cuales tuvieron que ser extraterrestres los que trazaron las líneas de Nasca o construyeron Machu Picchu, o que si hubo civilizaciones en los Andes antes de la llegada de los europeos era porque en algún momento muy lejano llegaron hombres blancos, wiracochas barbudos de los cuales hablan algunas leyendas. Desprecio disfrazado de amor por “las bases” ingenuas, manipulables, pero sobre todo incapaces.

Tanto el saltarse a los dirigentes para hablar con bases supuestamente puras, “buenos salvajes”, como el trazar líneas entre buenos y malos peruanos son estrategias antiquísimas. La primera la repatentó Fujimori en la década pasada. La segunda se confunde con el descubrimiento mismo del Perú, cuando Pizarro trazó su famosa línea en la Isla de Gallo. Aunque ese era otro tipo de divisoria. Volvamos mejor al APRA, que sufrió y practicó esa concepción polarizante de la política. Durante décadas ellos fueron “la antipatria”. Durante décadas, en El Comercio no se podía escribir la palabra APRA. Solo se mencionaba a “la secta”. Hoy se les diría el “antisistema”.

Por su parte, el famoso lema del PAP, Solo el APRA salvará al Perú (SEASAP) era la respuesta desde la otra orilla. Y la historia se prolongó con la izquierda, que gustaba trazar tajantes líneas divisorias dentro de sus propias filas, hasta llegar a Sendero Luminoso, también aquí delirante, pues llevaba esa división hasta dentro del individuo mismo: “Dos banderas [luchan] en el alma, una negra y otra roja. Somos izquierda, hagamos holocausto con la bandera negra”.

Chavistas vs. el último bushista.

Volviendo al plano continental, acusar a Hugo Chávez y a Evo Morales como inspiradores del supuesto complot es menú diario de autoridades del gobierno, dirigentes apristas y voceros del “sistema”. Althaus los ha llegado a llamar parte de un “proyecto hegemónico imperialista”, aunque no sea necesario ser analista internacional para darse cuenta que sin Brasil, México, incluso Chile, es imposible hablar de proyecto hegemónico, menos aún imperialista en América Latina.

Que ambos presidentes viven de la polarización es incuestionable. Pero que García y el APRA han caído hace tiempo en el mismo juego también lo es. Incluso, el premier Yehude Simon reconocía en La Hora N (27.6.09), con la ingenuidad que parece caracterizarlo, que en esta batalla contra el eje del mal, estábamos “algo aislados” en América Latina, porque ni Chile ni Colombia, que deberían ser nuestros aliados naturales se alineaban plenamente con nosotros. Chile por su interés en ganar a Bolivia a sus posiciones sobre el problema marítimo, Colombia por el inmenso comercio que tiene con Venezuela.

Pero con su teoría del complot, las referencias de García a que “en el año 2006 dos modelos políticos y económicos pugnaban por el poder”, y su teoría de la “nueva guerra fría”, el presidente se parece al clásico japonés perdido en una isla, que no se enteró que la guerra había terminado; al neocon que no puede creer que la era Bush y sus ejes del mal haya acabado justo cuando él abrazaba con unción ese credo.

Cayendo en Honduras.

Un día después de publicar su artículo, al señor presidente debe haberle sabido a chicharrón de cebo que su canciller tenga que “condenar enérgicamente” el golpe de estado contra Manuel Zelaya presidente de Honduras alineado con Chávez, Morales y Ortega. Pero también se han pronunciado a favor de Zelaya la ONU; la OEA, la Unión Europea y los Estados Unidos. Como para enseñarle que la realidad internacional es mucho más compleja y no está para ponerse a jugar al complot ni para “trazar líneas” mucho más porosas de lo que quisiera.

Más aún, la torpeza del golpe de Estado en Honduras está convirtiendo a un presidente bastante anodino en protagonista continental. Moraleja: la arrogancia y la desesperación pueden resultar contraproducentes y acabar fortaleciendo con frecuencia a los que llaman “antisistema”.

Ante esta situación, García puede aprender de Obama y tratar de desarrollar una política pragmática, bajando el tono ideológico, dejando de imaginar ejes del mal y de poner en primer plano a “los comunistas”, que es casi como hablarnos de Atahualpa el ecuatoriano contra Huáscar el peruano, cuando ambos países ni siquiera existían. Difícil que aprenda si se lee el artículo del 29 de junio y se cae en el delirium tremens de creer que, como en 1824, Perú sigue siendo epicentro geopolìtico donde la suerte del continente se decide.

La otra posibilidad es que la lección hondureña sea aprendida al revés y se decida a aplastar al “antisistema” antes del 2011. Ya AGP se ha ufanado de que si bien no puede decidir quién será el próximo presidente, si puede impedir que alguien lo sea. Tal como va evolucionando la situación, tendrá que hacerlo a la mala. Al desafuero de siete congresistas del PNP pueden seguirle otros, trayendo nuevamente a la mente 1933, el año de la barbarie y del desafuero de toda la célula parlamentaria aprista. Dado el desprestigio y la actual irrelevancia del Congreso, eso hoy seguramente no sería necesario. Pero sí multiplicar juicios, detenciones o exilios de dirigentes “malos” (que hacen fracasar las mesas de diálogo), para luego –si fuera necesario- terminar votando sin taparse la nariz por Keiko Fujimori.


Ideelé
No 193
VICTORIA PÍRRICA
Mario Vargas Llosa
La semana pasada el Congreso peruano derogó los decretos legislativos que habían provocado una revuelta indígena de grandes proporciones en la Amazonía: bloqueo de carreteras, toma de empresas, paralizaciones y acciones armadas en las que perecieron 24 policías (degollados, alanceados y quemados) y diez civiles (abaleados) y unas 150 personas resultaron heridas, según cifras verificadas por la Defensoría del Pueblo. La víspera, desde Palacio de Gobierno, el presidente de la República, Alan García Pérez, promotor de aquellos decretos, había hecho su autocrítica, lamentando no haberlos consultado previamente con las comunidades indígenas y explicando que este repliegue del Gobierno se hacía en aras de la paz y para poner fin al derramamiento de sangre.

De este modo, la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (Aidesep), a la que están afiliadas unas 1.300 comunidades nativas y su dirigente Alberto Pizango (ahora asilado en Nicaragua), que lideraron el movimiento rebelde, obtienen un triunfo indiscutible. Aunque, para guardar las formas, la abolición de los decretos ha venido acompañada de una vaga propuesta de instalar una mesa de negociaciones para, en adelante, armonizar ideas entre autoridades y nativos, todos sabemos que ni este ni probablemente futuros gobiernos osarán en el Perú volver a intentar meter la mano en la Amazonía para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región, la más pobre y despoblada del Perú, que representa unos dos tercios de la geografía nacional. Una cosa está, pues, totalmente garantizada: los 332 mil nativos amazónicos, que, según el censo del 2007, distribuidos en unos quince grupos etnolinguísticos, hablan cerca de 70 dialectos, seguirán siendo en los años venideros los ciudadanos más desamparados y explotados del Perú, los que reciben la peor educación, tienen menos oportunidades de trabajo y las peores expectativas de salud y de vida de todo el país. Si esto no es una victoria pírrica, ¿qué es?

A pesar de su lenguaje algo difuso, los satanizados decretos estaban en el fondo bastante bien orientados. Perseguían una necesidad imperiosa: atraer inversión privada y tecnología de punta hacia una región que tiene grandes reservas de gas, petróleo y muchos minerales y podría ser una fuente de prosperidad y modernización para ese país pobre que es el Perú, empezando, claro está, por quienes más ayuda necesitan: las comunidades nativas de la Amazonía. Es falso de toda falsedad, para cualquiera que eche una simple ojeada a los decretos en cuestión, que en ellos se pretendiera desconocer el derecho de propiedad de los nativos a sus tierras ancestrales. Al revés: su propósito, explícito e implícito, era demarcar estas circunscripciones a fin de que su legalización fuera efectiva y no, como hasta ahora, una mera abstracción contradicha a diario por las invasiones múltiples de que esas tierras son víctimas por parte de los narcotraficantes, la deforestación salvaje que va convirtiendo sus selvas en desierto, la minería ilegal y la enloquecida contaminación de ríos y lagos que está aniquilando la fauna y la flora amazónicas.

Es verdad que el Gobierno, antes de enviar al Parlamento estos decretos, debió llevar a cabo una campaña intensa de información y diálogos con las comunidades nativas. No es seguro que hubiera sido más eficaz que los demagogos y extremistas que, desde hace tiempo, con el apoyo desembozado de Evo Morales y Hugo Chávez, vienen intoxicando a toda la región amazónica con una prédica revolucionaria cuyos soportes básicos son el anticapitalismo, el nacionalismo y el racismo. Es decir, el rechazo de la empresa privada y de la inversión extranjera —salvo, claro está, si ella es venezolana, cubana o iraní— a la vez que el reconocimiento de “naciones indígenas” que tendrían el derecho exclusivo a las tierras amazónicas. Pero, intentando aquel diálogo, al menos se habrían evitado los muertos y heridos, y los grandes daños materiales que esto ha causado al Perú. Y el Gobierno se hubiera ahorrado una derrota política que los enemigos de la democracia —una minoría de resentidos y nostálgicos de Stalin, Mao Tse Tung y Sendero Luminoso— van a interpretar ahora como un incentivo para nuevas acciones violentas que acaben con el dinámico ritmo de crecimiento que tiene el país, lo arruinen y de este modo lo acerquen más a la órbita chavista de la revolución bolivariana y al “modelo” cubano.

Conozco bien la Amazonía peruana, donde he estado muchas veces y donde suceden tres de mis novelas, y he visto de cerca las terribles condiciones de vida de sus comunidades nativas. Desde el siglo XIX, cuando el apogeo del caucho, los indígenas de la selva han sido maltratados de manera inicua, expulsados de sus tierras por mercaderes esclavistas, diezmados en las caucherías, y, más tarde, brutalizados por aventureros sin escrúpulos que buscaban oro y otros metales, por los narcos, por los guerrilleros y por las fuerzas del orden, y siempre olvidados por los gobiernos de la República, ninguno de los cuales se preocupó jamás de la suerte de esta minoría que representaba muy poco desde el punto de vista electoral. Por eso, entre todas las regiones del Perú, ninguna como la Amazonía requiere con más urgencia que la anarquía y la “ley de la selva” que allí imperan sean reemplazadas por un orden legal justo y estable que garantice a las comunidades nativas sus derechos y les abra las oportunidades de mejora y progreso que solo el desarrollo económico —es decir la multiplicación de empresas privadas e inversiones nacionales y extranjeras— y la legalidad democrática pueden conseguir. En las regiones del Perú donde ello ha ocurrido, como en Lima y en toda la región del litoral y en muchos lugares de la sierra norteña, el progreso en estos últimos años ha sido espectacular, ha reducido los niveles de pobreza, generado altísimas tasas de empleo y, gracias al canon minero, dotado a las provincias de unas rentas que jamás tuvieron en el pasado. A esto acaban de renunciar de manera suicida las comunidades amazónicas que siguieron las consignas retrógradas de Alberto Pizango.

No solo él debe estar frotándose las manos ahora, en su exilio nicaragüense. También Fidel Castro y el gran triunfador de esta operación que es, por supuesto, el comandante Hugo Chávez. El Perú es una de las dos espinas que tiene clavadas en la garganta el caudillo venezolano. La otra, Colombia. Para sus sueños megalómanos de convertirse en el nuevo Bolívar, en América del Sur tiene ya secuestrada a Bolivia, semisecuestrado a Ecuador, neutralizada a Argentina que, de todas maneras, en la olla podrida en que han convertido a ese antiguo gran país los esposos Kirchner, podría seguir descomponiéndose hasta caer atada de pies y manos en sus brazos. Brasil es demasiado grande y lejano para poder tragárselo, pero el astuto Lula, que tiene su propio proyecto —a años luz del de Chávez— nunca le hará sombra, ni se le enfrentará, mientras pueda sacar provecho de los petrodólares venezolanos que el hombre fuerte de Caracas derrocha a discreción. Chile ya despegó, ya casi no es un país del tercer mundo, de manera que a lo más que podría aspirar Chávez es a ayudar a desestabilizarlo. El Perú y Colombia, en cambio, son dos objetivos que todavía podrían caer en sus redes. Por eso, el caudillo venezolano ayuda a las FARC colombianas y a las bandas ultrarrevolucionarias (mezcla de narcos y terroristas) que operan en la región peruana del Apurímac y del Ene, y patrocina generosamente a las fuerzas políticas de extrema izquierda que en ambos países tratan por todos los medios, legales o ilegales, de atascar el modelo —democracia política y economía de mercado— que, en los últimos años, a Colombia, y sobre todo al Perú, ha traído un progreso sin precedentes.

Este es el contexto en el que hay que hay que situar lo ocurrido en la Amazonía peruana para entenderlo cabalmente. La responsabilidad de quienes, de manera tan insensata como demagógica, han utilizado a las comunidades indígenas movilizándolas en una guerra abierta contra unas medidas de las que hubieran sido las primeras beneficiarias, inculcándoles las estúpidas mentiras según las cuales aquellos decretos formaban parte del tratado de libre comercio firmado entre el Perú y Estados Unidos y querían privarlos de sus tierras (que nunca han tenido de verdad) es enorme. Por lo menos ha quedado demostrado, una vez más, que no hay límite moral ni político que los enemigos de la libertad no estén dispuestos a transgredir. Y, también, que las reformas que emprenda un gobierno democrático, por más beneficiosas que sean, deben alcanzar un consenso popular antes de ser emprendidas, para que, como ha ocurrido en este caso, no resulten contraproducentes y terminen agravando los problemas que querían resolver.

El Comercio
28-06-09

miércoles, 1 de julio de 2009

EL PERRO
DEL HORTELANO II

Nelson Manrique

En el periódico fujimorista Expreso, el presidente Alan García ha publicado un artículo que recicla su profesión de fe neoliberal (“A la fe de la inmensa mayoría”. 28/6/09). Las tesis que sostiene son un refrito, pero la ha aderezado con un relato sugerente.

García comienza afirmando que hay un conflicto de dimensión continental en el que se enfrentan dos grandes enemigos: “En el año 2006 dos modelos políticos y económicos pugnaban por el poder: de un lado, la democracia política y económica que aprovecha el avance del mundo y de otro lado el estatismo económico y la demagogia que detiene a los países”.

Siempre según García, la historia del mundo hoy gira en torno a esta pugna, que, casualmente, es muy semejante al conflicto que enfrentó a los EEUU y la URSS durante la segunda mitad del siglo XX, con su secuela de intervenciones imperiales:“Ahora vivimos una guerra fría en la que participan gobernantes extranjeros”.

En la nueva guerra fría de García el Perú tiene el rol histórico protagónico (¿cómo podría ser de otra manera si ya él ha proclamado públicamente que somos el centro del universo?): “Recordemos que el Perú es un centro vital para los hechos continentales. Fue necesaria la conquista del Perú para dominar Sudamérica, lo fue Ayacucho y ahora es necesario para el modelo regresivo y dictatorial que quiere dominar al Perú”.

Según García, por fortuna para el país los peruanos eligieron el año 2006 el modelo que él representa, aunque éste, por desgracia, está continuamente amenazado: “el Perú ganó la batalla pero la guerra continúa”. La amenaza proviene ahora de los “grupos ‘antisistema’ que predican el estatismo y aprovechan cualquier queja o reclamo para impulsar la violencia”. El objetivo de estos –García dixit– es propiciar una asamblea constituyente, que implante la reelección presidencial, y nos lleve al totalitarismo. Hasta aquí la fábula.

Tratemos de reconciliarnos con la realidad. Los peruanos votaron el 2006 por un candidato que prometía un “cambio responsable”, tomando ostensible distancia del modelo neoliberal, que él endilgaba a Lourdes Flores (“la candidata de los ricos”). García prometía defender los intereses de los trabajadores, acabando con una legislación laboral antiobrera y con los services (creados precisamente durante su primer gobierno).

Prometía, asimismo, revisar los contratos lesivos al país, cobrar a las empresas mineras las regalías que no estaban pagando y los impuestos a las sobreutilidades generadas por una coyuntura de precios extraordinariamente buena. Decía que debían pagar más impuestos los que más tuvieran, amenazaba con retirar su firma del TLC con los EEUU, ofrecía abolir la constitución fujimorista de 1993 y volver a la de Haya de la Torre, de 1979, ser inflexible con la corrupción, y un largo etc.

Los peruanos no eligieron, pues, lo que García dice que eligieron, y, como es sabido, las promesas que él hizo para lograr ser elegido fueron escrupulosamente traicionadas.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos cuando su máximo mandatario llega a desasirse a este grado de la realidad? Si en la conducción del país impera semejante visión alucinatoria nada bueno nos espera.

Cuando Alan García confió a un grupo de empresarios que Dios le había otorgado el don de convencer a cualquiera no reparó en que la principal víctima de su elocuencia es él mismo. Es un problema de salud mental distinguir la realidad de aquella que construimos con nuestras palabras.

La República
1-07-09
LA DECENCIA
POLÍTICA
Alberto Mosquera Moquillaza

En política, incluso bajo las coordenadas de la democracia burguesa, la decencia tiene que ver con la conducta responsable y respetuosa, por tanto digna, que se asume ante los ciudadanos, el país y ante la propia conciencia. Si buscáramos un ejemplo, lo tendríamos en el maestro Raúl Porras Barrenechea, quien en 1960, siendo Canciller de la República, se opuso en Costa Rica a la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos, soportando las presiones del imperio norteamericano y desobedeciendo la orden del Presidente Manuel Prado, quien se había sumado al complot orquestado contra la isla caribeña. Porras fue fiel al principio de la no intervención en los asuntos de un Estado y respetuoso de la libre determinación de los pueblos, pero ante todo se allanó al mandato de su conciencia democrática y de hombre de bien.

En el Perú, sin embargo, la palabra decencia no figura en el vocabulario de sus parlamentarios, en especial de aquellos que al margen de todo principio suelen organizar correlaciones de fuerza de acuerdo a sus aspiraciones mezquinas, sin tomar en cuenta los intereses del país, de sus pueblos, y de la propia democracia a la que dicen defender, pero a la que realmente torpedean con sus conductas sinuosas y prebendarias.

Afirmamos que no conocen el vocablo decencia porque el día de ayer, colocándose de espaldas al país - me remito a las encuestas divulgadas y a las opiniones de connotadas personalidades ajenas a los cambalaches políticos-esos congresistas permitieron que el Premier Yehude Simon y la Ministra Mercedes Cabanillas - responsables políticos de los trágicos sucesos de Bagua del 5 de junio pasado- sortearan la censura, que en cualquier Parlamento decente se hubiera dado; en tanto y en cuanto, ateniéndonos únicamente a las prácticas parlamentarias, ninguno de los dos Ministros supo responder satisfactoriamente a las preguntas previas de los pliegos interpelatorios.

Si los citados Ministros, en otra actitud vergonzosa se negaron a renunciar inmediatamente después de los hechos de Bagua, o si el Presidente de la República los blindó políticamente, al Congreso le correspondía - sobre todo si no superaron el examen de la interpelación-actuar quitándole su confianza. De acuerdo a la Constitución, la censura al Premier se hubiera llevado de encuentro a todo el gabinete, dando paso a una situación transitoriamente inestable aunque superable como ha ocurrido en otras oportunidades, pero que hubieran apuntalado la democracia, el Parlamento y al propio Ejecutivo, tan venidos a menos en la conciencia de las mayorías nacionales, como lo demuestran levantamientos como la de los pueblos amazónicos, o las propias encuestas de opinión regularmente divulgadas.

De acuerdo a los hechos arriba anotados no es cierto, como afirma el Presidente de la República - léase su artículo A la fe de la inmensa mayoría, publicado recientemente en el diario Expreso de Lima- que la inestabilidad y la zozobra la creen los "antisistema", convertidos en "representantes de la penetración externa", según nuestro Primer Mandatario. Los desestabilizadores, los que hacen perder la fe en la democracia, los que generan derrotismo, son los propios actores del sistema, que en este caso tienen la investidura de congresistas; los mismos que en la víspera de los infaustos hechos del 5 de junio se negaron a derogar los decretos leyes cuestionados por las comunidades nativas, echándole leña al fuego con las sinrazones que arguyeron, pero que inmediatamente después del baño de sangre - oficialmente murieron en Bagua 24 policías y 10 civiles- dieron un giro de 180 grados, demostrándole al Perú y al mundo la justeza de los reclamos amazónicos.

Por esto es que afirmamos que la democracia en el Perú se cae sola. En pleno siglo XXI, esa democracia, reajustada en los 90 para canalizar la voracidad del neoliberalismo, hace agua, porque no es capaz de incorporar al Perú de todas las sangres, agravando su crisis con sainetes como los de ayer, donde las abstenciones y las ausencias tienen un precio, como ha ocurrido con anterioridad. Con congresistas de esa calaña, siguiendo la lógica del Presidente García, los chavistas sobran.

Al final de la sesión congresal, más de un legislador que se opuso a la censura exclamó: ¡ha triunfado la democracia! Parafraseando a Pierre Calame diría si pues, así ha sido, pero es una democracia hecha añicos.
Lima, 1 de julio de 2009
SE ACERCA EL FIN
DE UN MODELO DE NACIÓN
Ex rector y profesor principal de San Marcos, Manuel Burga es uno de los historiadores más fructíferos y reconocidos del país. Nadie más pertinente que él, entonces, para opinar sobre el Perú de estos días.
Federico de Cárdenas

–Existe la impresión en medios académicos de que la crisis que enfrentamos es mucho más grave de lo que se piensa.–
Sí. La gente no es consciente de la profundidad de la crisis, que se da por el agotamiento del tipo de Estado que tenemos. Es una crisis que no es coyuntural sino estructural, con la cual estaríamos llegando a una etapa de cambio de era o cambio de periodo. La situación sería comparable –si es que queremos referirnos a otros momentos de nuestra historia– al fin del segundo militarismo con Cáceres, cuando el Partido Civil inicia la república aristocrática, con Nicolás de Piérola a la cabeza. La clave está en saber de qué fin de era se trata: el fin de un modelo económico o el fin de un modelo de nación. Me inclino por la segunda hipótesis: hay una emergencia de las periferias, que buscan una nación más inclusiva, en la cual no solo se incorporen las nacionalidades excluidas, sino que se las respete. Y que a través de la descentralización se atienda sus demandas.–
¿Esta nación emergente colisiona con el modelo económico vigente, especialmente tal como lo ha planteado el presidente García?–
Sí. Este modelo contradice aquel enunciado en “El síndrome del perro del hortelano”, el modelo primario exportador. El modelo de García se basa en la extracción de recursos naturales –sean de la agricultura, la minería o del bosque– y se encuentra agotado, no solo en el Perú sino en otros países. Entonces, se trata de una situación inédita en la historia universal: un nuevo modelo de nación que va a exigir un nuevo modelo económico. Esto es resultado de la vigencia de la posmodernidad en el mundo, donde han resurgido con fuerza muchas identidades y autonomías regionales, y no solo aquí, también en Europa.
–Una de las características de estos movimientos es que son autónomos. Es decir, no enganchan con el sistema político.–
Es la impresión que se tiene. Que vienen desde la periferia, demandando derechos enunciados en el ordenamiento político, pero no efectivos. No se puede decir que no hay Estado en Andahuaylas. Está, y desde los siglos coloniales, pero su presencia no se traduce en obras, educación o salud pública. Esto es lo que tiene que cambiar, y las poblaciones que levantan agendas deberán incorporarse como partes orgánicas, ya no como esa especie de colonias internas que son.
–Actualmente existe una pugna entre los proyectos regionales y aquellos procedentes del Estado nacional, habituado a imponer los suyos.
–Las regiones se miran a sí mismas, y al hacerlo descubren por tercera o cuarta vez –pues no es un hecho nuevo– que los ingresos que ellas generan sirven para engordar al sistema de la metrópolis. Por eso buscan a través del canon que esas plusvalías que generan se inviertan en las propias regiones. El futuro del Perú es federalista, al menos tal como lo entendieron Mariátegui y Manuel Pardo, para no dejar que todo sea absorbido por el centralismo limeño.
–Este enfrentamiento con el poder central tiene aspectos nuevos. Ahora los pueblos que se levantan citan a la autoridad central y le presentan sus demandas en su propio territorio, ya no vienen a Lima.
–Sin duda es una parte novedosa. La exigencia ahora es recibir a la autoridad. El esquema anterior de los reclamos campesinos era que ellos enviaban sus mensajeros a Lima. Ahora el mensajero proviene del Estado y acude a lograr diálogo y acuerdos con las poblaciones que reclaman. Es un triunfo de la descentralización. Puede ser que a algunos peruanos eso les erice la piel y vean a algunos presidentes como muy regionalistas, pero tienen todo el derecho de serlo. No hay que olvidar que el modelo de nación que proviene desde inicios del siglo XX es plebiscitario, y sirve en tanto es útil a sus acciones. –
¿No crees que hay también un reclamo de ciudadanía en las agendas de estos sectores postergados?–
Sí. La ciudadanía ha venido expandiéndose en el país a través de los mecanismos de la educación, que se ha universalizado. Los derechos políticos se han reconocido, todos somos electores, y lo mismo ocurre con los derechos sociales. Ahora lo que los pueblos reclaman es autonomía. Ya no solo respecto a los individuos, sino respecto a las colectividades. Las autonomías ya existen en España y hacia eso marchan muchos países como el Perú.
–¿Encuentras satisfactoria la explicación oficial que insiste en que hay un problema de comunicación entre gobernantes y gobernados cada vez que surge una protesta?
–Me parece insuficiente, pues todas las regiones están intercomunicadas. Lo que ocurre es que no hay una integración orgánica de ellas dentro del diseño nacional. Las tres funciones básicas del Estado: educación, salud y seguridad se centran solo en la costa o en Lima, dejando desguarnecido el interior del país. Una parte de los reclamos es eso: recibir lo básico para sentirse peruanos a cabalidad.
-¿Y cómo haría el Estado central para satisfacerlos? Porque es evidente que no podrá atender a todos.
–Ernest Renan, un escritor francés, decía a mediados del siglo XIX que las naciones se construyen a partir de las demandas de las regiones (“las provincias”, decía él) y creo que esa será la gran tensión que se aproxima en el futuro en el Perú. El poder central debe atender las demandas de las regiones y estas deben sentir que forman parte de la nación peruana. En esa dialéctica está el secreto de toda nación moderna. La integración no se construye en un par de décadas, es un proceso largo. Tenemos que construir la organicidad de la nación. Hay que engreír a las regiones y otorgarles el mismo tratamiento que Tacna recibió en el siglo XX.
–¿Hay posibilidades de conseguirlo o la crisis las ha clausurado?
–Es tarde para el esquema anterior, primario exportador y depredador. Pero es posible si se aplica un nuevo esquema, que incremente la velocidad de integración de las regiones al país. Nunca es tarde en la historia de los países para construir una nación. El gran tema es entender el momento, saber por dónde caminar. Abandonar esa tesis del siglo XIX que trata de entender el Perú solo desde el centro metropolitano. Hay avances, algunos procedentes de universidades, pero es la sociedad civil la que ha hecho los mejores esfuerzos por entender el país en las últimas décadas. Si no se ponen en marcha mecanismos públicos hacia las regiones, podemos llegar a una situación de inviabilidad.–
¿Crees que esta discusión será tomada en cuenta en el próximo periodo electoral?
–El ganador de las próximas elecciones será aquel que vaya al interior y ofrezca propuestas sólidas para profundizar el proceso de regionalización, con respeto a las identidades. Quien lo haga de modo convincente será quien gane el voto mayoritario, pues si en Lima se divide el electorado, serán las provincias las que tendrán el voto decisorio.
Dominical
La República
28-06-09