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martes, 9 de diciembre de 2008

Stiglitz:
AHORA TODOS SOMOS
KEYNESIANOS

Joseph Stiglitz

NUEVA YORK - Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable. Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas.

En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses. La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado".

Las políticas erróneas resultantes impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la administració n Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub-inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo. Eso exige la reestructuració n de los programas tanto tributario como de gasto.

Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit. A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica.

El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos. Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales.

Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas. Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos -prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el "retorno de la inversión". De lo contrario, el déficit -que se duplicó en ocho años-- aumentará aun más. En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros como vienen haciendo consistentemente en los últimos años.

Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo. La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalizació n del mercado de capitales.. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas -el mínimo requerido para justificar los rescates de mega-billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.

El autor es profesor de Economía en la Universidad de Columbia, y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, es co-autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.

lunes, 8 de diciembre de 2008


Perú 2009:
KEYNES Y LOS ESPÍRITUS
ANIMALES
Pedro Francke
Economista PUCP

John Maynard Keynes decía que eran los “espíritus animales” de los inversionistas, que reaccionan a veces con euforia y a veces con pesimismo, los causantes de los ciclos económicos y las recesiones. Hoy, que Keynes ha regresado con tanta fuerza, debemos enfrentar otros espíritus animales.

Hasta el momento, el espíritu de Alan García frente a la crisis internacional ha sido como el que simboliza el avestruz: mete la cabeza bajo tierra y cree que ya no hay crisis. Hará grandes discursos, pero se rehúsa a reconocer la realidad e insiste en que se trata de una “crisis de crecimiento”. Es también un avestruz agresivo: como no le gusta la realidad, amenaza a los mensajeros que traen las malas noticias con expulsarlos en una balsa.

García ha insistido en que la mejor respuesta ante la crisis es cerrar los ojos y gritar fuerte que tenemos fe, como quien sigue a un carismático orador evangelista (él), y así atraeremos capitales, seremos felices y comeremos perdices.

Pero lo cierto es que los pronósticos son cada vez peores. No cabe duda que esta crisis es una de las más graves en un siglo. La recesión ya está oficialmente declarada en Estados Unidos, Europa y Japón, y cientos de miles pierden su empleo. El crecimiento de EEUU para el próximo año se estima en -1%. Rescatar al Citibank costó 45 mil millones de dólares más el respaldo a créditos dudosos por otros 200 mil millones. Ford, GM y Chrysler no sobreviven sin otros 34 mil millones.

En el Perú ya los bancos y consultoras empresariales, siempre optimistas, han bajado sus pronósticos de crecimiento para el 2009 en 3 puntos porcentuales, y dicen que puede ser peor. No se puede seguir como el avestruz. Parece que García ya se dio cuenta y prepara un discurso con medidas anticrisis.

Por su parte, el ministro Valdivieso conoce el riesgo de la crisis; lo dijo públicamente antes de la agudización de la crisis internacional en setiembre pasado. No es como el avestruz. Pero como ex funcionario del FMI, se comporta como lo ha hecho por décadas y aplica la misma receta de siempre del FMI: recorte del gasto público. Pero cuando la economía entra en recesión, reducir el gasto público disminuye aún más la demanda, agravando la crisis.

KEYNES DE REGRESO…

En ese contexto, ha ganado un amplio consenso la necesidad de aplicar una política keynesiana de estímulo a la demanda. Todos recordamos que hablar de políticas keynesianas, que implican una masiva intervención estatal en la economía para atenuar los ciclos del capitalismo, era hasta hace unos años una mala palabra para nuestros neoliberales criollos. Después de todo, su ideología es de “libre mercado”, e insistían en que nada que hiciera el estado en la economía puede ser bueno.

Felizmente, han aprendido. Entre la recesión provocada por la inacción del BCR en la crisis de 1999, la terca insistencia de algunos profesores keynesianos en sus clases universitarias y lo que hoy hacen Estados Unidos, Europa y China ante la crisis, han cambiado de opinión. La Confiep, Jaime de Althaus, Aldo Mariátegui y Gonzalo Prialé hoy claman por una rápida y masiva intervención del Estado para reorientar una economía que, si la dejamos al “libre mercado”, se va en picada. Qué agradable sorpresa.

Pero hay dos problemas críticos que estos nuevos “keynesianos de derecha” no llegan a comprender. Ellos correctamente insisten en una política keynesiana de estímulo a la demanda, pero quieren profundizar el camino que hemos seguido estos años, el de un neoliberalismo con altos privilegios a las grandes empresas y apertura externa con los TLC.

En otras palabras, pregonan el libre mercado excepto en tiempos de crisis, cuando lo que proponen es ayudar a los bancos y darles más fondos a las grandes empresas para “estimular su inversión”. Su propuesta es, entonces, que el Estado financie una serie de grandes inversiones de infraestructura, pero bajo un esquema en el que estas inversiones se dan en concesión a las empresas privadas pero con subsidio del Estado.

La idea de una combinación público-privada en infraestructura no es mala per se, pero como de costumbre las grandes empresas en este sector quieren ganar a río revuelto: altas ganancias para la empresa privada, mientras el Estado subsidia fuerte y asume los riesgos. Además, esas inversiones son lentas cuando lo que se necesita es una respuesta rápida, y políticas para atraer capitales cuando estos se están concentrando en los países desarrollados son poco efectivas.

…PERO CON GASTO SOCIAL Y EQUILIBRIO EXTERNO

Por el contrario, pensamos que en una época de crisis debe ponerse énfasis en el gasto público directo y con contenido social. Este puede incluir construcción de infraestructura, pero directamente financiada por el Estado, resguardando el interés público y privilegiando aquella que es intensiva en empleo, como las pequeñas obras comunales, el agua potable y el mantenimiento de colegios, centros de salud y caminos rurales.

Otro componente importante de un gasto público en épocas de crisis deben ser los gastos en sectores sociales. En los países desarrollados estos se centran en el seguro de desempleo, pero por estas latitudes pueden implicar programas de empleo temporal, más gasto en educación y salud, refuerzo de esquemas pensionarios o ampliación de programas nutricionales. La política keynesiana con la que Franklin Roosevelt enfrentó la recesión de los años 30 y estableció el llamado “New Deal” tuvo muy fuerte este contenido social.

El segundo problema crítico que se olvidan de considerar en esta crisis muchos neoliberales convertidos al keynesianismo, es el problema externo. Nuestras importaciones se han duplicado en los dos años de gobierno aprista, impulsadas por la rebaja de aranceles –un TLC adelantado– y el retraso cambiario. La caída de precios de nuestras materias primas – el cobre ha pasado de 3,50 dólares la libra a menos de 1,50 – y la menor demanda de nuestras exportaciones no tradicionales como los textiles, hacen insostenible importar 2,500 millones de dólares mensuales.
Hemos perdido en tres meses US$ 5,000 millones de reservas internacionales, y con ese desequilibrio externo, no aguantamos un año. ¿Es que ya olvidamos el desastre que fue la economía en el primer gobierno de Alan García, cuando las RIN se agotaron y la devaluación e inflación se dispararon?

Restablecer aranceles, defendernos del dumping y las importaciones subsidiadas, reducir las importaciones de bienes de lujo, promover nuestras exportaciones no tradicionales más agresivamente y devaluar con cautela, son medidas indispensables que no deben demorar en tomarse. De lo contrario, las medidas anticrisis de hoy pueden significar simplemente patear los problemas a un futuro no muy lejano, donde estos llegarán acrecentados.

La República
6-12-08
Crecimiento o Desarrollo
EL REGRESO
DEL KEYNESIANISMO
Francisco Castañeda

Las teorías keynesianas, que gobernaron gran parte de la economía mundial entre los ’30 y los ’70, vuelven a resurgir con fuerza como corolario de la actual crisis internacional. Se afirmaba que el rol del Estado como estabilizador de la economía privada la ayudaría a salir del estancamiento en que se encontraba. En este contexto, Estados Unidos aplicó el denominado New Deal (1933) o Nuevo Trato, con Roosevelt, que se tradujo en el nacimiento moderno del Welfare State americano (nuevo enfoque del rol del Estado en la economía). Paralelamente, países como Alemania habían sufrido hiperinflación posterior a la Primera Guerra Mundial. Esto acabó con el ahorro privado, y el Estado y las empresas alemanas dependían fundamentalmente del crédito externo.

En forma sin igual, Estados Unidos se había transformado en el principal proveedor de bienes alimenticios e industriales. Al mismo tiempo, se transformaba en el principal oferente de créditos al resto del mundo. Las ganancias de este comercio se debían reinvertir a un ritmo acelerado para mantener creciendo la masa de capital. Y se "completaban los mercados" con una creciente inversión y especulación en el mercado bursátil. Pero los precios de las acciones ya no reflejaban los fundamentos de las firmas; había una creciente sobrevaloración en el precio de los activos que no era consistente con el ingreso de la población norteamericana. Millones de acciones no encontraron compradores y llevaron a la ruina a miles de inversionistas (habían comprado las acciones con créditos que ya no podrían pagar) en la peor fase de la Gran Depresión.

La historia es conocida: el New Deal implicaba un reordenamiento de la economía luego de la Gran Depresión, favoreciendo las inversiones, el crédito y el consumo, lo que tendría como efecto reducir el desempleo. También implicaba que este incremento del gasto público debía traducirse en mayor seguridad social y educación. Las teorías keynesianas y su aplicación concreta, se mantuvieron hasta los ’70, cuando simultáneamente las economías industriales comienzan a experimentar inflación y desempleo. El resurgimiento de la vieja teoría monetarista en los ’70 y ’80 (de la mano de Friedman), reduce en la discusión y en la praxis la influencia del Estado (¡no al menos en los países asiáticos!) en la economía, sindicándolo como el gran responsable del fracaso del lento crecimiento económico y de la alta tasa de inflación.

Pero la crisis actual originada en un mercado financiero sofisticado, profundo y líquido, con un supuesto alto grado de autorregulación en los riesgos ("visión greenspaniana del mundo") nos lleva a plantear las mismas preguntas que los decisores de política económica se hicieron en los ’30. El shock fiscal expansivo en la economía chilena será esperado no sólo por empresarios ligados a gremios intensivos en empleo y en capital. También por los sectores más pobres y la clase media, mediante un mayor gasto fiscal directo (lo cual ya se está anunciando). También la liquidez fiscal y cuasifiscal debería chorrear a las pymes y no quedar entrampada en la evaluación comercial de los bancos locales.

Habrá que modificar la forma en que operan los fondos de garantía empresarial para pymes para que los bancos nuevamente reaumenten su apetito por este tipo de empresas, y aumentar el volumen de estas garantías crediticias. Con todo lo anterior, podría darse el caso que el gasto público en 2009 crezca más allá que el crecimiento del producto, lo que sería un signo saludable en medio de la crisis. Se revitalizarían empresas privadas, empleo, consumo e inversión. Lo que el economista inglés, Keynes, ya predijo en la súper crisis de 1929. Y hoy, Estados Unidos y Europa están dando prueba de la aplicación de aquellas políticas fiscales.

La Nación
4-11-08
LA SONRISA
DE KEYNES

Aureliano Rodriguez
Esta semana se vio pasear por la City de Londres y por Wall Street a una enigmática figura con aspecto británico de entreguerras. El primer barón de Keynes no hablaba con los pálidos transeúntes, pero sin fijar la mirada en ninguno por mor de la buena educación, a todos regalaba una sonrisa irónica, a la vez compasiva y un punto reprensiva...

John Maynard Keynes (1883-1946), de no haber sido el economista que fue, y no haber intervenido de forma importantísima en los acontecimientos mundiales en los que participó, igualmente su vida le habría convertido en testigo de uno de los períodos más dramáticos y fascinantes de la historia de la humanidad. La Gran Guerra, las sanciones a Alemania y la inflación, la posguerra, la crisis de 1929 y la gran depresión, la Segunda Guerra Mundial y la creación del nuevo orden monetario mundial.

Lejos de ser un simple testigo, en todos esos hechos le tocó actuar, aconsejar, proponer, proyectar, discrepar. Fue un protagonista, y además dejó una obra económica señera, madre de una teoría que ha pasado a la historia como el “keynesianismo”.En la base del keynesianismo está la necesidad de incorporar a la dirección económica factores que no son estrictamente económicos, como son los factores políticos. ¿Verdad que esto suena repetidamente en estos días? Para corregir los errores que a su juicio habían llevado a la gran crisis de 1929, señaló que las perturbaciones producidas por la teoría de la libertad económica ilimitada cuestionaban al capitalismo como sistema, y propuso la intervención estatal para evitar aquellas desviaciones.

¿Qué es lo que están haciendo en 2008 los gobiernos y los bancos centrales de las grandes economías, sino intervenir en una proporción descomunal para “salvar” a las instituciones financieras y a la economía real? ¿Qué es lo que a gritos se está pidiendo, sino regulaciones y controles que pongan límites a la actuación de “los mercados”?

Depolítica
24-10-08
REGRESO AL
KEYNESIANISMO

(Análisis del plan de 11.000 millones de euros
del Gobierno español)

Rubén Sancho


El Consejo de Ministros ha aprobado en su reunión de hoy el plan avanzado ya por el Presidente Zapatero en su comparecencia ante el Parlamento en el día de ayer, un plan que pretende atacar de raíz el principal problema diferenciador con el resto de países de nuestro entorno más cercano, como es el del desempleo, el cuál está alcanzando ya cifras inadmisibles.

El plan prevee una inyección económica de 11.000 millones de euros, de los que destacan los 8.000 millones que serán destinados para las corporaciones locales, con el objetivo de que éstas liciten obra nueva, consiguiendo, con ello, crear empleo, ya que obligarán a las empresas concesionarias a contratar trabajadores desempleados.

Bien, hasta ahí los hechos, ahora veamos el análisis. ¿Qué significa este plan? Pues una evidente reafirmación de las teorías económicas de John Maynard Keynes, el economista más influyente en el siglo XX, con permiso de Marx.

Keynes fue el ideólogo de la política económica que sacó a los Estados Unidos de su ‘Gran Depresión’ de los años 30. Gracias a él, y a la confianza que Roosevelt depositó en sus teorías, el país norteamericano solventó su crisis.

Después, con el paso de los años, sus teorías han sido repudiadas por vedar, en cierto modo, la libertad del libre mercado y todo aquél que defendía su pensamiento era apartado de los círculos ‘bienpensantes’.

Sus teorías son amplias y complejas, y éste no es ni el lugar ni el momento para debatirlas, pero sí que podemos extraer una pequeña porción de las mismas, para que podamos comprobar el claro paralelismo entre lo que él promulgaba y el plan aprobado en el día de hoy.

Keynes defendía la benignidad de la inversión del Estado en obra pública, bajo la idea de incentivar la inciativa privada, a través de las concesiones, y, con ello, disminuir el número de desempleados, aumentando, por tanto, la masa trabajadora, los cuáles, al disponer de una renta más o menos fija y un futuro cierto pasaban a convertirse en demanda efectiva de las empresas, es decir, que podían comprar los productos de las empresas, y éstas al ver incrementada su demanda contrataban a más trabajadores y así seguía el círculo.

Pues bien, esta idea es la que subyace del plan de Zapatero.

Y, ¿por qué es mejor la inversión en obra pública que la reducción de impuestos a las empresas promulgada por el Partido Popular?

El Partido Popular parte de un error de diagnosis. Ellos creen, o quieren creer, que las empresas, al verse con más dinero debido a la reducción impositiva, dedicarán ese exceso de liquidez a nuevas inversiones. Pero éso es un error de concepto, porque, como bien avisaba el propio

Keynes, la inversión de las empresas no depende del dinero que tengan, o del dinero que hayan ahorrado, sino de las expectativas, y en la actualidad no pasan por su mejor momento.

Por ello, aunque se produjera una ingente reducción de la tasa impositiva que grava a las empresas, ésto no garantizaría que realizaran nueva inversión, creando, por consiguiente, nuevos empleos. Lo que sí lo garantiza, en cambio, es la inversión en obra pública.

Entonces, y como seguidor declarado de las teorías de Keynes, no puedo por más que felicitar al gobierno por su plan y mantenerme a la expectativa para poder valorar su implantación, la cuál marcará, en definitiva, la diferencia entre que sea un plan efectivo, o no.

El Libre pensador
28-11-08
EL REGRESO
DEL DR. KEYNES

Jean-Marc Vittori

La crisis financiera actual lleva de vuelta al keynesianismo, analiza Jean-Marc Vittori en el periódico financiero Les Echos: "Es el regreso de [John Maynard] Keynes. Y la segunda muerte de Milton Friedman. La crisis que sacude la economía global ... sacude también con fuerza las teorías económicas globales. John Maynard Keynes, héroe de los años 30, vuelve a estar bien arriba ... Tras la explosión de la mayor burbuja financiera de la historia caen los precios de los activos así como de los inmuebles y de las acciones. Falta dinero. Los banqueros deben tapar los agujeros de sus balances, lo que limita su afán de prestar. Y, sobre todo, los consumidores apenas tienen ganas de tomar más dinero prestado. La demanda disminuye. Ya no es suficiente para asegurar el pleno empleo. ... Nos encontramos realmente en una situación 'keynesiana' que justifica una actuación pública creciente. El Estado debe invertir mucho más para evitar la catástrofe, y cuanto más mejor. ... En esta olla de grillos, los partidarios de un libre mercado no logran hacer oír sus voces. La urgencia consiste en salvar la economía según las prescripciones del Dr. Keynes. A su lado, Milton Friedman hace de arquitecto. Su Laisser-faire puede ayudarnos eventualmente a edificar un sistema más eficaz cuando la economía va bien, pero no cuando está al borde de la asfixia."

Los Hechos
24-11-08
KEYNES
DESDE LA PERIFERIA


Félix Jiménez
Profesor Principal
PUC


El presidente Alan García en su discurso pronunciado en la CADE 2008 dijo, refiriéndose a la crisis internacional, «hay que comprar los libros de Keynes». Pero, si él los hubiera comprado y leído antes de iniciar su segundo gobierno, habría recusado las políticas neoliberales del Consenso de Washington que el fujimorismo aplicó ignominiosamente en nuestro país. Habría propuesto el desarrollo de los mercados internos, sin renunciar al comercio ni subordinar el crecimiento a él; y, se habría empeñado en desarrollar un mercado financiero y de capitales que nos proteja de la globalización financiera.

Pero, como sabemos, abrazó el ideario del «fujimorismo económico», que dolarizó el sistema financiero, que deprimió el tipo de cambio real, que encareció el costo del crédito y que redujo la inversión pública hasta niveles perversos atentando contra los pobres con el deterioro de las carreteras, de los ferrocarriles, de las postas médicas, de los hospitales, de las escuelas, de los colegios y de las universidades públicas.

Quizá por esta razón el presidente García nunca entendió que para salir de la secuela recesiva de la crisis financiera de 1998, se adoptaron políticas macroeconómicas y regulatorias a tono con el keynesianismo. Bajó la tasa de interés, aumentó el tipo de cambio real, se redujo la exposición del sistema financiero y de las cuentas fiscales al riesgo cambiario, y se dio inicio a un estilo de crecimiento menos primario exportador y, por primera vez, acompañado con superávit crecientes en la cuenta corriente de la balanza de pagos.

De cómo se redujo la fragilidad económica y financieraLa crisis financiera de 1998 permitió extraer una lección importante para economías pequeñas, abiertas al mundo como la nuestra. Con una cuenta de capitales abierta, el sistema bancario y financiero local mal regulado, la tolerancia a la expansión de deudas (pública y privada) en dólares, y el descuido del sector externo, constituían los principales factores de contagio y propagación de las crisis financieras externas.

La lección aprendida, entonces, no era que las crisis se prevenían generando recurrentes superávit fiscales. Las lecturas de Keynes y Minsky, desde una economía semidolarizada y abierta como la nuestra, sirvieron para que el equipo económico del período 2001-2006 imaginara e implementara un conjunto de políticas preventivas para protegernos de nuevos shocks externos adversos.

En primer lugar, se adoptó una política explicita de acumulación de reservas internacionales, para que el BCR pueda actuar como prestamista de última instancia y, por esta misma razón, para morigerar la volatilidad del tipo de cambio. Se introdujo una regla de intervenciones cambiarias esterilizadas, con este propósito, junto a una regla de política monetaria que permitió anclar las expectativas inflacionarias.

En segundo lugar, se limitó severamente el endeudamiento externo de corto y largo plazo por parte de las empresas bancarias, con lo cual se evitó la expansión del crédito en moneda extranjera a familias y empresas cuyos ingresos son fundamentalmente en soles. Y, en tercer lugar, se puso en marcha el programa de creadores de mercado de deuda pública interna, en soles, para aislar las cuentas fiscales de los riesgos de mercado (cambiario y de tasa de interés) asociados al predominio de deuda en moneda extranjera, mediante su sustitución por deuda interna en soles, y también para reducir el riesgo de refinanciamiento de la deuda pública alargando sus plazos de vencimiento.

Todas estas medidas se orientaron a proteger financieramente a la economía porque generaban las condiciones para crear activos o títulos en soles (sustitutos de los activos en dólares), que son menos expuestos al contagio. El citado programa tenía además el propósito de impulsar el desarrollo del mercado de capitales en soles, con la creación de una curva de rendimientos que sirvió de referencia para las emisiones privadas que se hicieron en los últimos años. Faltó, sin duda, reformar el respectivo marco regulatorio para permitir que las empresas productivas, pequeñas y medianas, financien sus inversiones con emisiones de bonos en soles y, también, para que las AFPs destinen parte importante de sus fondos a la compra de bonos, en moneda local, para financiar inversiones públicas y privadas en infraestructura económica y social.

Keynes desde la periferia ahora

El gobierno actual debilitó estas piezas institucionales. Alentó el endeudamiento privado en dólares, deterioró el sector externo de la economía, no hizo nada para aumentar la presión tributaria y abandonó el programa de creadores de mercado de deuda pública afectando su profundidad y liquidez y, con ello, la expansión del mercado de capitales en soles. No obstante lo anterior, los voceros del gobierno afirman que no habrá recesión, que los efectos de la crisis internacional serán reducidos porque creceremos el próximo año a la tasa de 6.5%. Pero esto no es lo que afirmaría un buen lector de Keynes desde la periferia. Para realmente contrarrestar los efectos de la crisis internacional, no hay que subir la tasa de interés ni recortar el gasto público.

Esta es la receta fondomonetarista que hoy se está aplicando en Hungría. Si queremos crecer a la tasa de 5 o 6% el próximo año, primero, hay que impedir el agravamiento del déficit externo imponiendo aranceles a las importaciones de los bienes de consumo conspicuo. Segundo hay que adelantarse al ataque especulativo contra nuestra moneda y a la salida masiva de capitales, subiendo gradualmente el tipo de cambio. Esto atenuará la reducción acelerada de las reservas internacionales del BCR y, además, contribuirá a restablecer el equilibrio del sector externo. No sabemos dónde se originaría el ataque especulativo, pero se dice que hay instituciones que están deshaciendo sus posiciones para refugiarse en el dólar.

Sería bueno que se congelara inmediatamente el límite de las inversiones en el exterior de las AFPs en el nivel actualmente utilizado. Tercero, hay que programar ya un incremento del gasto público priorizando las inversiones en infraestructura y los gastos en sectores sociales. Por último, el Estado debe garantizar la deuda externa de los bancos locales solo con la condición de hacerse propietario de sus acciones si las garantías se efectivizan. Keynes desde la periferia jamás aconsejaría endeudarse en el exterior en dólares para enfrentar los efectos de esta crisis y, sin duda, sentiría vergüenza ajena si escuchara a un gobernante afirmar que «muchísimos en el mundo van a decir que el Perú es un país sólido» si logra colocar bonos en el mercado internacional por 600 millones de dólares.

Actualidad Económica del Perú
10-11-08