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lunes, 11 de mayo de 2009

PRIMAVERA
DE ZOMBIS

Joseph Stiglitz
The Guatemala Times



A despecho de algunos brotes primaverales exagerados y celebrados con un insensato optimismo digno de mejor causa, deberíamos prepararnos para otro invierno sombrío. Llegó la hora del Plan B para reestructurar la banca. Y de otra dosis de medicinas keynesianas.
A medida que va entrando la primavera en los EEUU, los optimistas ya ven “brotes verdes” de recuperación de la crisis financiera y de la recesión. El mundo es muy distinto de lo que era la primavera pasada, cuando la administración Bush, una vez más, decía ver “la luz al final del túnel”. Las metáforas y las administraciones han cambiado. No, por lo visto, el optimismo.
La buena noticia es que podríamos estar al final de una caída en picado. La tasa de declive se ha desacelerado. El fondo puede que esté cerca; tal vez se toque a fines de año. Pero eso no significa que la economía global se halle en situación de recuperarse de manera robusta en un tiempo cercano. Tocar fondo no es razón para abandonar las drásticas medidas tomadas para revivir la economía global.
Este desplome es complejo: una crisis económica combinada con una crisis financiera. Antes de que se produjera, los endeudados consumidores norteamericanos eran el motor del crecimiento global. Ese modelo ha quebrado, y no se hallará substituto de un día para otro. Porque, aun si los bancos norteamericanos gozaran de buena salud, lo cierto es que la riqueza de los hogares ha sufrido daños devastadores, y los norteamericanos se hipotecaban y consumían suponiendo que los precios de sus casas seguirían subiendo eternamente.
El colapso del crédito empeoró las cosas; y las empresas, enfrentadas a unos costes crediticios al alza y a unos mercados a la baja, respondieron al punto recortando inventarios. Los pedidos cayeron abruptamente –proporcionalmente, mucho más de lo que cayó el PIB—, y los países que dependían de bienes de inversión y duraderos –desembolsos postergables— recibieron un correctivo particularmente duro.
Es probable que asistamos a una recuperación en algunas de las áreas que tocaron fondo entre fines de 2008 y comienzos de este año. Pero hay que percatarse de lo que ocurre en los fundamentos de la economía: en EEUU, los precios de los bienes raíces siguen cayendo, millones de hogares están con el agua al cuello, con unas hipotecas que valen más que el precio de mercado de la vivienda y un desempleo al alza, con centenares de miles acercándose al final de las 39 semanas de cobertura del paro. Los estados se ven forzados a despedir trabajadores, a medida que se desploman sus ingresos fiscales.
El sistema bancario acaba de ser sometido a un test para averiguar su grado de capitalización –un test de “stress” nada “estresante”—, y algunos no pudieron pasar la prueba. Pero, en vez de dar por bienvenida la ocasión de recapitalizarse (tal vez con ayuda pública), los bancos parecen preferir una respuesta a la japonesa: saldremos, mal que bien, del paso.
Los bancos “zombis” –muertos, pero todavía circulando entre los vivos— están, conforme a las inmortales palabras de Ed Kane, “apostando a la resurrección”. Repitiendo la debacle de Savings&Loan en los 80, los bancos recurren a la contabilidad tramposa (se les permitió, por ejemplo, mantener en sus libros activos problemáticos sin obligarles a la depreciación, en la ficción de que esos activos podrían llegar a madurar y, de uno u otro modo, sanearse). Peor aún: se les permite tomar préstamos baratos de la Reserva federal estadounidenses, respaldados por un colateral ínfimo, para, simultáneamente, adoptar posiciones de riesgo.
Algunos bancos declararon ingresos en el primer trimestre de este año, la mayoría dimanantes de la prestidigitación contable y de los beneficios comerciales (léase: especulación). Pero eso no hará que la economía vuelva a funcionar rápidamente. Y, si las apuestas salen mal, el coste para el contribuyente norteamericano será todavía mayor.
El gobierno estadounidense también está apostando a salir, mal que bien, del paso: las medidas de la Fed y las garantías del gobierno entrañan el acceso de los bancos a fondos baratos y unos tipos de interés altos para los créditos. Si no pasa nada desagradable –pérdidas con las hipotecas, con los bienes raíces comerciales, con los préstamos a las empresas y con las tarjetas de crédito—, los bancos podrían llegar a ser capaces de levantar cabeza sin verse sumidos en otra crisis. En unos cuantos años, los bancos estarían recapitalizados, y la economía regresaría a una senda de normalidad. Este es el escenario de color de rosa.
Pero las distintas experiencias hechas en todo el mundo sugieren que esta es una perspectiva erizada de riesgos. Aun con unos bancos saneados, el proceso de desapalancamiento y la consiguiente pérdida de riqueza significan que, muy probablemente, la economía será débil. Y una economía débil significa, muy probablemente, más pérdidas bancarias.
Los problemas no se limitan a los EEUU. Otros países, como España, tienen sus propias crisis inmobiliarias. La Europa oriental tiene sus problemas, que repercutirán probablemente en unos bancos europeo-occidentales muy apalancados. En un mundo globalizado, los problemas en una parte del sistema reverberan al punto por doquiera.
En anteriores crisis, como la que se cebó con el Este asiático en la década pasada, la recuperación fue rápida, porque los países afectados pudieron hacer de la exportación su vía hacia una renovada prosperidad. Pero ahora se trata de una caída sincrónica global. Norteamérica y Europa no pueden hacer de la exportación la vía de salida de sus tribulaciones.
La estabilización del sistema financiero es una condición necesaria, pero no suficiente, para la recuperación. La estrategia norteamericana para estabilizar el sistema financiero es costosa e injusta, porque pasa por recompensar a quienes causaron la catástrofe económica. Pero hay una alternativa que, en substancia, significa jugar con las reglas de una economía normal de mercado: trocar deudas por acciones.
Con un trueque tal, la confianza regresaría al sistema bancario, y se reiniciaría el préstamo sin apenas costes para el contribuyente. Ni es particularmente complicada la cosa, ni es novedosa. Obviamente, a los tenedores de obligaciones y bonos no les gusta nada: preferirían un regalo del gobierno. Pero hay usos del dinero público harto mejores que eso, incluida una nueva ronda de estímulos.
Toda caída tiene un final. La cuestión es la duración y la profundidad de esa caída.
Joseph Stiglitz es profesor de teoría económica en la Universidad de Columbia, fue presidente del Council of Economic Advisers entre 1995 y 1997, y ganó el Premio Nobel de Economía en 2001. Actualmente, preside la Comisión de Expertos nombrada por el Presidente de la Asamblea General de Naciones Unidas para el estudio de reformas en el sistema monetario y financiero internacional.
Traducción para www.sinpermiso.info: Roc F. Nyerro

Rebelión
11-05-09

martes, 9 de diciembre de 2008

Stiglitz:
AHORA TODOS SOMOS
KEYNESIANOS

Joseph Stiglitz

NUEVA YORK - Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable. Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas.

En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses. La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado".

Las políticas erróneas resultantes impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.

Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.

Con la enorme deuda que deja atrás la administració n Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub-inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo. Eso exige la reestructuració n de los programas tanto tributario como de gasto.

Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit. A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica.

El presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos. Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.

Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales.

Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas. Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos -prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.

El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el "retorno de la inversión". De lo contrario, el déficit -que se duplicó en ocho años-- aumentará aun más. En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros como vienen haciendo consistentemente en los últimos años.

Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo. La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalizació n del mercado de capitales.. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.

Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas -el mínimo requerido para justificar los rescates de mega-billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.

Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.

El autor es profesor de Economía en la Universidad de Columbia, y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, es co-autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.