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lunes, 3 de mayo de 2010

EL 1 DE MAYO
Y EL "TRABAJO DECENTE"
Humberto Campodónico


El Día del Trabajo ha sido, tradicionalmente, el día de los asalariados, aquellos que trabajan para un empleador. Sin embargo, hoy en día los asalariados en el Perú son claramente una minoría. Formando parte de “los que trabajan” ahora también están los informales, los mineros artesanales, los ambulantes y muchos más (algunos también consideran a los microempresarios, que tienen empresas familiares).

Es conocido el hecho de que los asalariados han visto decaer sus salarios en los últimos 15 a 20 años, además que han perdido buena parte de sus derechos (condiciones de trabajo, “services”, vacaciones, CTS, sindicalización, negociación colectiva, entre otros). Pero, desde nuestro punto de vista, estaba faltando un indicador que nos muestre de manera clara las condiciones de los asalariados.

Contribuye a llenar ese vacío un reciente trabajo de Julio Gamero (1. Se trata del “trabajo decente”, el mismo que debe cumplir con cinco condiciones básicas, a partir de indicadores llamados básicos y complementarios, diseñados por el Ministerio de Trabajo de Argentina.

Los indicadores básicos (IB) son el tipo de contrato (con o sin contrato) y el ingreso laboral (menor o mayor al salario mínimo vital), mientras que los indicadores complementarios (IC) son la duración de la jornada de trabajo (hasta 48 horas) y si se tiene o no un seguro de salud y acceso a algún sistema de pensiones.

A partir de allí, tomando como base la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO) del 2008 se establecen cinco indicadores para saber cómo están los asalariados (que son el 39% de la PEA de 15 millones de personas) y los no asalariados (que son el 61% de la PEA).

Definidos esos parámetros se construye un indicador final por el cual se establecen 5 niveles en la escala del Índice de Trabajo Decente. En el Nivel 1 se cumple con todos los IB e IC, mientras que en el Nivel 2 se cumple solo con todos los IB. En el Nivel 3 se cumple por lo menos con uno de los IB, mientras que en el Nivel 4 no se cumple con los IB, pero sí con al menos uno de los IC. Finalmente, en el Nivel 5 no se cumple con ningún indicador.

Los resultados son sorprendentes: solo el 19% de los asalariados está en el Nivel 1, es decir, se cumple con los IB e IC y, por tanto, tiene un “trabajo decente”. Un 25% de los asalariados está en el Nivel 2, o sea que trabajan más de 48 horas y no tienen seguro de salud ni sistema de pensiones. El 55% restante está en los Niveles 3, 4 y 5: o sea con trabajos superprecarios.

La cosa es peor con los no asalariados, pues casi no están en la foto de los Niveles 1 y 2. El 25% está en el Nivel 3 y nada menos que el 61% está en el Nivel 4. Así, para los no asalariados se puede decir que “desconocen mayormente” el hecho de trabajar menos de 48 horas, tener seguro de salud o una pensión de jubilación.

El texto de Gamero aborda toda una gama de facetas que no podemos comentar en este artículo: el Trabajo Decente por sexo, por edades y, también, por Regiones. Se demuestra que las mujeres tienen menos trabajo decente que los hombres y que en Huánuco, Piura y Amazonas se encuentra la mayor cantidad de asalariados en los Niveles 4 y 5.

Una cosa más antes de terminar: el estudio se realiza con la ENAHO del 2008, es decir, en el punto más alto del boom económico que comenzó en el 2002. Lo que quiere decir que desde el 2009 a la fecha la cosa ha empeorado. No es mucho, entonces, lo que tienen que celebrar los asalariados y los no asalariados en este 1º de mayo. Más bien hay que hacer todo lo posible para acabar con el trabajo indecente que, hoy, asola al Perú.

(1) A un año del TLC con EEUU, Un enfoque desde el trabajo decente, marzo del 2010, en Red de Globalización con Equidad, www.redge.org.pe.
La República
1 de mayo de 2010
LA DEUDA
CON LOS TRABAJADORES


Carlos Bedoya


Muchos analistas señalan que la crisis económica se acabó en el Perú porque se han recuperado los precios de las materias primas que exportamos y porque ya han regresado los capitales de corto plazo. Pero ¿qué hay del peruano de a pie que se esfuerza diariamente por salir adelante? Julio Gamero, ex viceministro de Trabajo, nos da sus impresiones sobre la calidad del empleo en el Perú de hoy.
-El Fondo Monetario Internacional (FMI) habla de recuperación sostenible de la economía mundial, pero ¿cuál es la situación mundial del empleo?
-En esta etapa vemos que hay incremento de la producción sin aumento del empleo. En las economías del norte es necesario distinguir EEUU de Europa y Asia. EEUU, si bien no ha tenido las tasas de desempleo abierto de España y otros, tiene el problema de que el aumento de su gasto público se concentró en el salvataje del sector financiero. El gasto público aumentó a favor de los bancos. Francia y Holanda no han tenido tanto crecimiento previo ligado a la construcción, a diferencia de España que tiene problemas derivados de una burbuja inmobiliaria. Europa está complicada. A ello se suma la debilidad del euro como moneda común. En un inicio se hablaba de que Grecia necesitaba 30 mil millones de dólares para pagar su deuda y cerrar sus déficits internos y externos, ahora se habla de 100 mil. Y al ser parte de la eurozona afectará al Euro. Como la solución que se busca dar a la crisis va dirigida al sector financiero, en lugar de al sector real, el empleo está aún en crisis.
-A nivel nacional ¿cuál ha sido el impacto de la crisis en el empleo?
-De acuerdo a las estadísticas oficiales no disminuyó el empleo. En el 2009 el empleo urbano creció 1%. Claro que en el año previo había crecido 8%. Es una bajada fuerte. Pero es cierto que el Perú no ha presentado un impacto fuerte en el empleo durante la crisis. Es que los sectores comercio y servicios vinculados a la demanda interna crecieron, contrarrestando la caída de 6% en los sectores manufacturero y agroindustrial de exportación. Dentro de la industria, el empleo en el sector textil cayó más de 10%, pero aún así el crecimiento de empleo en los otros sectores levantó el promedio.
-¿Y en términos de calidad del empleo?
-Ni el ciclo de expansión económica que hemos vivido los últimos años ha podido revertir la precariedad en el empleo originada por las reformas laborales neoliberales de los 90. Es el único sector que no ha logrado recuperar los niveles anteriores a los 80 y 90. El acceso a la seguridad social no ha recuperado niveles de cobertura anteriores. El único efecto positivo reciente es la reducción del empleo informal. Lo que pasa es que últimamente el empleo ha crecido en la mediana y gran empresa, pero esto no se ha expresado en mejores modalidades de contratación laboral o seguridad social debido al marco institucional con el que se cuenta.
-¿Cuál ha sido el impacto de los TLC que hemos firmado en el empleo? Algunos dicen que si no fuera por el TLC con EEUU nos hubiera ido peor.
-Cuando uno analiza las exportaciones a EEUU, se da cuenta que cayeron más que las exportaciones a Asia. Y si bien ya habían empezado a caer en el 2008, la caída se acentuó en el 2009. Por otro lado, si uno mira los mecanismos de solución de controversias laborales, se encuentra que son buenas herramientas que pueden ser utilizadas por el movimiento sindical, pero no se aprovechan dada la poca tasa de sindicalizació n. De acuerdo a los datos de diferentes estudios, el impacto de los acuerdos de libre comercio sobre el empleo es reducido. Hay un estudio –no difundido- del BID que señala que los puestos de trabajo crecerían en 40 mil en un lapso de diez años, por ejemplo. En general, con los TLC se ve afectada la microempresa que abastece el mercado interno. Por eso Gamarra no quiere saber nada del TLC con China.
-¿Cuáles son sus críticas a la política laboral peruana?
-Lo primero es que se mantiene el marco institucional que genera inequidades. El Producto Bruto Interno (PBI) per cápita ha crecido 43% del 2000 al 2009. Sin embargo, la remuneración media, como informa la Organización Internacional del Trabajo (OIT), solo creció 6.7%. De otro lado, el excedente en una economía se distribuye entre utilidades (empresas), remuneraciones (trabajadores) e impuestos (Estado), y en el Perú ni en ninguna parte dicha distribución obedece a criterios de racionalidad económica o de coeficientes técnicos. Entonces, todo depende de la capacidad de negociación de los actores involucrados. Depende del poder que ejerzan las partes y ya vemos que los salarios y la presión tributaria no se elevan. El sector empresarial tiene más poder que el Estado para la negociación. Las grandes empresas renegocian con el Estado cuando quieren, en cambio el Estado nunca plantea la renegociación de ningún contrato, como lo señala la evidencia de los últimos años. Asimismo, los trabajadores con una tasa de sindicalizació n del 5% no tienen mayor poder de influencia. A esto se suma que no hay políticas que busquen reducir la inequidad y que se expresen, por ejemplo, en facilitar la organización de los trabajadores, en mayores negociaciones y convenios colectivos de trabajo, los mismos que, por el contrario, se han venido reduciendo en número. Es bueno decir, también, que la dirigencia sindical no está exenta de responsabilidad, pues ha debido hacer a los sindicatos más atractivos para los trabajadores en un contexto de cambios. Sin embargo, también se debe señalar que abundan las prácticas antisindicales. Una expresión de ello es que en las más de mil empresas agroindustriales solo hay cinco sindicatos. En empresas como Ripley y Claro, cuando los trabajadores se afilian al sindicato no se les renueva el contrato.Esto debe ser reformado, modificado con nuevas formas de sindicalizació n, suprimir requisitos para la formación de sindicatos -como el de mantener un número mínimo de 20 trabajadores para constituir un sindicato de empresa- y que se facilite, también, la conformación de sindicatos de rama. En esto último, tenemos por ejemplo el sindicato de rama de construcción civil, donde el empleo es bastante inestable, pero los trabajadores en conjunto negocian periódicamente sus condiciones laborales. En conclusión hace falta transformar el marco institucional.
-¿Y sobre las políticas de generación de empleo?
-El sector informal concentra más de la mitad de la Población Económicamente Activa (PEA) del país. Y para que los emprendimientos tengan mayor viabilidad se necesitan políticas sectoriales. Según COPEME, solo 10 millones de dólares se dirigen a las Microempresas. En el Plan de Estímulo Económico que se elaboró en el contexto de la crisis global, se destinaron 150 millones de soles para compras estatales dirigidas a las microempresas. Esto debería ser la regla en lugar que una medida extraordinaria.La forma como se ha querido fortalecer a las Mypes ha sido a través de la reducción de los estándares de los beneficios para los trabajadores, como si ello fuera un tema legal. La promoción de las Mypes, su capacidad en generar mayor excedente y riqueza, es un tema económico. Se ha llegado al extremo, por ejemplo, de incluir a las pequeñas empresas, aquellas que tienen 100 trabajadores, bajo el régimen laboral especial del Decreto Legislativo 1086. La promoción a las Mypes más que un tema microeconómico es de política sectorial, de mayores recursos en el presupuesto nacional. La política económica debería ser marcadamente pro microempresa.
-¿Se puede subir el salario?
-Sí. En el 2007 hubo una comisión técnica tripartita (trabajadores, Estado y empresarios) , que estableció criterios para aumentar periódicamente el salario mínimo en función a los niveles de productividad y la inflación subyacente. Se incorporó, también, la cláusula gatillo, por la cual si la inflación era mayor a la proyectada por el Banco Central de Reserva (BCR), se ajustaba la remuneración mínima. Y a pesar que los empresarios estaban de acuerdo, en el 2008, cuando la inflación superó 4% a la proyectada por el BCR, llegando a 6%, no hubo aumento para el 2009. Por lo menos se debió ajustar en 27 soles el sueldo mínimo. El gobierno argumentó que eso afectaría al empleo. Cabe señalar que en América Latina, estamos en el tercio inferior en lo que se refiere a salarios mínimos medidos en dólares. Sin ir muy lejos, Ecuador tiene menor PBI per cápita pero su salario mínimo (240 dólares) es 46 dólares mayor que el nuestro (194 dólares).Todos los países de la región aumentaron el salario dentro de sus planes de estímulo durante la crisis. Y lo aumentaron porque es la forma más directa de promover la demanda interna. Nuestro Plan, de los 10 mil millones de soles con los que contaba, destinó 150 millones a las compras estatales de Mypes como dijimos, y 100 millones al programa de reconversión laboral Revalora. Fue muy poco y eso no hace sino expresar, creo, las prioridades del gobierno. El país tiene una deuda social con los trabajadores, entendidos estos de manera extensa: obreros, empleados, trabajadores del hogar, autoempleados, informales, etc. Resolver y honrar dicho pasivo es una tarea de gobierno y de Estado.El país tiene una deuda social con los trabajadores, entendidos estos de manera extensa: obreros, empleados, trabajadores del hogar, autoempleados, informales, etc. Resolver y honrar dicho pasivo es una tarea de gobierno y de Estado.
La Primera
2 de mayo de 2010

jueves, 29 de abril de 2010

AMAZONÍA CONFRONTA
AL NEOLIBERALISMO

Stefano Varese
Servindi

A mediados del mes de octubre del año pasado escribí un texto corto sobre los trágico hechos de Bagua y sobre la continua lucha de los pueblos indígenas de la Amazonía y del Perú en defensa de sus tierras, sus recursos y su derecho a la vida. El ensayo fue recogido por Servindi [http://www.servindi.org/] y recibió más difusión de la que yo esperaba, algunas voces de apoyo y también algunos insultos que llegaron directamente a mi correo electrónico universitario. Hace pocos días la editorial Línea Andina me solicitó una contribución adicional a un libro colectivo que están preparando AIDESEP y CONACAMI. Acepto con gusto y humildad la invitación y me siento honrado de poder expresar una cuantas ideas que puedan fomentar el entendimiento entre todos los peruanos, la justicia social, la equidad cultural y la coexistencia pacífica y creativa de todas las expresiones histórico-culturales del país.
El pillaje neoliberal

El gran geógrafo inglés David Harvey ha afirmado que en esta etapa tardía del capitalismo neoliberal y global el proceso de acumulación del capital toma una nueva forma que él denomina “accumulation by dispossession”, es decir acumulación por despojo o acumulación por pillaje. La acumulación por despojo es el motor del neoliberalismo que aspira a mercantilizar todos los elementos de la naturaleza y del mundo e incluso del universo: todos los recursos, tierras, aguas, aire, animales, plantas, minerales, paisajes y sobre todo la gente pueden y deben ser mercantilizados. Es decir, tienen un precio y el capital los puede tomar (no solamente comprarlos) y disponer de ellos para su propio beneficio y ganancia.

Incluso el trastorno –o colapso- de Wall Street puede entenderse como el resultado intencional de la “acumulación por despojo”. Los enganches financieros e hipotecarios aparentemente baratos y finalmente impagables fueron ofrecidos al proletariado doméstico de los Estados Unidos con el pleno conocimiento de los banqueros y prestamistas de que los compradores iban a fallar en sus pagos (por el alevoso aumento astronómico de las tasas de interés) con lo que la institución financiera se podía reapropiar de las casas y también de los primeros meses de pagos hipotecarios de las víctimas de este pillaje. Las trampas financieras y “legales” de estos robos a mano armada del neoliberalismo, en el caso de los Estados Unidos, son invisibilizadas por los aparatos mediáticos que forman parte de los conglomerados financieros y bancarios siempre más monopólicos y en asociación con el gobierno federal de los EEUU. El público general tiene grandes dificultades en entender qué es lo que exactamente ha ocurrido y por qué repentinamente el sistema financiero y de crédito deja de funcionar.

Ocasionalmente, sin embargo, hasta la autocensura de los medios de comunicación en un descuido deja escapar algunos datos de los horrores de este sistema económico y social. En el New York Times del 11 de octubre de 2009 aparece la noticia de que numerosos cadáveres de familiares muertos son abandonados en la morgue y en los hospitales porque la gente no tiene dinero para pagar el entierro o la cremación. Sospecho que ni siquiera en los peores momentos de la Edad Media europea se llegó a estos extremos de miseria y desolación. La muerte de un ser querido se convierte en mercancía para la agencia funeraria (privada) y para el cementerio (casi siempre en subcontrato de la ciudad con agencias privadas). Aquí la acumulación por despojo se quita toda máscara de dignidad hipócrita y anuncia en spots televisivos perfectamente filmados que es indispensable que todo individuo de la tercera edad empiece a pagar en cómodas cuotas mensuales su propio entierro.

He dedicado algunas líneas a comentar estas manifestaciones del neoliberalismo en los mismos EE.UU. porque es a partir de este modelo socioeconómico, de este paradigma ideológico que se nos impone cotidianamente por los medios como salvación que hay que descifrar, analizar, criticar y eventualmente derrotar en sus interpretaciones políticas y empresariales a las élites peruanas en su adopción servil del modelo y en su implementación autoritaria del mismo.
El genocidio enmascarado

Unos de los éxitos más obvios del colonialismo europeo y estadounidense impuesto a los pueblos indígenas de todo el continente desde el siglo XVI, fue la construcción de un discurso ideológico generalizado que logró enmascarar a los ojos del mundo y de la historia el verdadero holocausto de los pueblos originarios de las Américas. Durante los primeros cien años de ocupación militar española el 95 por ciento de los indígenas de América desapareció. La guerra convencional y bacteriológica sumada a la guerra ambiental o ecológica lograron exterminar a los millones de pueblos indígenas que por milenios habían prosperado en el continente y construído sofisticadas y complejas formas de civilización. Los estudios recientes de demografía histórica empiezan a iluminar este período horroroso de la expansión europea y el costo verdadero que la humanidad indígena tuvo que pagar para el crecimiento desmedido de España, Europa y posteriormente Estados Unidos.

Ningún texto de historia y muy pocas escuelas de pensamiento social convencional han llamado a estas masacres masivas de hombres, mujeres, niños y ancianos por su verdadero nombre: genocidio. Si los más de 90 millones de muertos causados por la Segunda Guerra Mundial merecen el trágico nombre de genocidio y los 6 o más millones de judíos aniquilados por el nazismo se recuerdan como víctimas inocentes del holocausto, nada comparable ha sido recordado, escrito, conmemorado para los 300 o más millones de pueblos indios que murieron para enriquecer a las monarquías europeas y a las oligarquías coloniales y neocoloniales. El reiterado silencio de las intelectualidades nacionales sobre este doloroso y sangriento comienzo de la vida de Occidente en América marca la sucesiva sistemática alienación de las sociedades nacionales ante los propios pueblos indígenas que lograron sobrevivir y coexistir con los nuevos amos.

Hacia mediados de los años de 1960 la antropología francesa introdujo el término "etnocidio" para significar las políticas y prácticas de agresión y violencia de los Estados y el sector privado hacia los pueblos indígenas. Los barí de Colombia, cazados como animales por los colonos mestizos, se volvieron el emblema de esta nueva tipología del neocolonialismo. A los barí les siguieron las revelaciones sobre el etnocidio de los guayakí de Paraguay, los ñambikwara de Brasil y otros centenares de grupos indígenas de los que ni siquiera se conocía la existencia afuera de los círculos de la antropología. Lo absurdo de todo este movimiento inicial de la “antropología de rescate” es que no interesaba tanto la vida de los indígenas como el registro y documentación de sus culturas y lenguas en peligro de extinción. No era suficiente que pueblos indígenas enteros fueran diezmados o exterminados para que las comunidades nacionales, los gobiernos y los académicos llamaran las cosas por su verdadero nombre: estábamos asistiendo pasivamente al genocidio de pueblos enteros.

Cualquier diccionario define al genocidio como “la destrucción deliberada y sistemática de un grupo étnico-cultural, político o religioso”. Cómo y con qué métodos se lleve a cabo la destrucción de un grupo humano y cuán numeroso el grupo tiene que ser, no constituyen obstáculos para tipificar el hecho como genocidio. Los pocos centenares de ñambikwara, o los miles de witoto del Amazonas que fueron exterminados por los caucheros peruanos a finales del siglo XIX son tan víctimas de genocidio como los 800.000 tutsi y hutus de Rwanda o los millones de armenios victimados por el Estado turco-otomano.

En 1971 un grupo de antropólogos latinoamericanos se reunió en la isla caribeña de Barbados para debatir la situación de los pueblos indígenas de las tierras bajas de Centro y Sudamérica. La Declaración de Barbados I sobre la violencia sistemática, el despojo y las agresiones armadas a las que los pueblos indígenas estaban sometidos causó algunas reacciones entre los misioneros y los antropólogos y prácticamente ninguna respuesta de los gobiernos latinoamericanos que siguieron ignorando la situación de etno/genocidio que se daba al interior de sus países. Un solo gobierno respondió con rapidez al desafío de estas denuncias. La dictadura militar de Uruguay requisó inmediatamente todos los ejemplares del libro de Barbados I –publicado en español precisamente por una editorial uruguaya- y en la mejor tradición nazi-fascista los mandó a quemar. Se salvó la edición en inglés porque se publicó en Suiza. ¿Cómo interpretar este celo de los censores militares uruguayos? Creo que sin ni siquiera saberlo las dictaduras militares de Sudamérica que desembocaron en Pinochet asumieron para sí el rol de guardianes de la historia oficial de Occidente. Del Occidente cristiano y civilizado, cuyas expresiones más altas de civilización son que ha sabido asimilar e integrar (o eliminar) a los pueblos originarios del continente que vivían en la barbarie y en la oscuridad.

Nadie en nuestros países, y especialmente en Perú, quiere admitir que hay una corriente subterránea permanente de políticas sistemáticas de genocidio de los pueblos indígenas. En 1967 yo mismo denuncié en la revista Amaru (Nº 3, julio-septiembre) que el gobierno de Fernando Belaúnde Terry había mandado aviones de la FAP a bombardear con bombas incendiarias al pueblo matsés del alto Yaquerana. Para llevar adelante esta acción civilizadora el gobierno “democrático” de Belaúnde pidió ayuda a la International Petroleum Company para que sus ingenieros y técnicos estadounidenses enseñaran a los militares peruanos cómo construir bombas incendiarias. Las populares bombas Napalm que los EEUU estaban usando masivamente en Vietnam. Los bombardeos fueron ejecutados por la FAP con la ayuda logística de helicópteros de los EEUU especialmente traidos desde Panamá.

¿Cómo llamar este evento? ¿Con qué hipócritas metáforas esconder esta barbarie? ¿Qué más necesita hacer un gobierno, un Estado nacional y sus empresarios a los pueblos indígenas del Amazonas para que la acusación de genocidio entre a formar parte del léxico legal internacional y los gobiernos culpables de esta políticas sean responsabilizados?

La suma de estas políticas escandalosas de etno/genocidio llegó a repercutir tanto en la opinión pública europea que en 1981 la fundación Bertrand Russell convocó al IV Tribunal Internacional Bertrand Russell sobre los Derechos Humanos de los Pueblos Indígenas. El Tribunal y su jurado internacional reunidos en Rotterdam (Holanda) escucharon y revisaron una muestra de más de mil casos de formas deliberadas y sistemáticas de etno/genocidio cometidos contra de los pueblos indígenas de América por los gobiernos y las empresas privadas. La condena moral del Tribunal Russell si bien no causó molestia alguna a los gobiernos por lo menos sirvió para ampliar la conciencia en un sector ilustrado de la opinión pública latinoamericana y fue capitalizada por algunas de las organizaciones indígenas y sus miembros.

Sin embargo la fuerza ideológica y mediática de los sucesivos gobiernos, el apoyo que reciben del poder imperial, tanto en armamentos como en sustentos ideológicos, logran mantener invisibles a las varias modalidades de agresiones y violencias sistemáticas en contra de los pueblos y comunidades indígenas. Desde las matanzas a cargo de la policía y el ejército que ocurren en la selva central en los años 1964-65, luego en el Madre de Dios, pasando por las masacres del senderismo/tupamarismo y del ejército en la década trágica para desembocar en los miles de refugiados ashanínka, nomatsiguenga y otros pueblos amazónicos obligados a abandonar sus territorios y exilarse en la pobreza más absoluta, la historia reciente de la Amazonía manifiesta de manera inequívoca e irrebatible la estructura política genocida del Estado peruano en relación con los pueblos indígenas de la selva. Hay una sola excepción a esta estructura política genocida, y como excepción confirma precisamente la norma, se trata del período de pocos años de la revolución velasquista que ofreció respiro político y legalidad a los pueblos y organizaciones indígenas de la Amazonía para su adecuación a las nuevas embestidas del mercado neoliberal.
Economía política del genocidio

Cabe preguntarse ¿Por qué el velasquismo fue una excepción? ¿Cómo explicarse que aun dentro del marco “revolucionario” y popular del velasquismo la expansión a fierro y fuego en pueblos y tierras amazónicas disminuyó e incluso hubo logros en la consolidación de medidas legislativas de apoyo a los reclamos territoriales indígenas? La explicación de esta aparente contradicción hay que buscarla en el desfase estructural de la economía peruana de las décadas de los 60 y 70 en relación con las reformas de la economía liberal que se estaban produciendo en los EEUU e Inglaterra y que culminaron con la consolidación de la Escuela de Economía de Chicago que dio nuevo impulso a la economía neoclásica con el nombre y el programa del neoliberalismo.

En síntesis, esta nueva versión de la economía burguesa proponía la no intervención del gobierno y el Estado en el mercado –éste se ajusta por sí solo a los vaivenes de la producción-circulación-consumo-; el rol tradicional del Estado como regulador de las disfuncionalidades y desigualdades socioeconómicas tiene que ser eliminado; no más estado de bienestar social, sino dejar que la ley de la competencia y eficiencia se convierta en el ente regulador del mercado. Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en EEUU fueron los abanderados de esta versión radicalizada –y hasta extremista- de la economía liberal. El Perú de los 70 pasó impunemente por estas reformas neoliberales mientras en Chile la dictadura militar las implementó a punta de bayoneta, desaparecidos y torturas logrando efectivamente enriquecer de manera vergonzosa a su oligarquía y empobrecer a trabajadores, campesinos y mapuches que fueron desposeídos de todos sus recursos. En el Perú del velasquismo, en cambio, una parte importante de la dirigencia política y una pequeña cúpula militar creía –aun sin decirlo demasiado en voz alta- en la ruta de una socialdemocracia adaptada a las necesidades del país y sus pueblos. Y sobre todo en un Estado con poderes reguladores y una ética de justicia social. Como se sabe, a partir del golpe de Morales Bermúdez el evangelio neoliberal volvió a tomar el control del Estado y de los gobiernos sin lograr del todo la cancelación total de las reformas estructurales que había establecido el velasquismo.
Acumulación por despojo y etno/genocidio

¿Qué tiene que ver todo esto con los pueblos indígenas de la Amazonía? Es aquí donde hay que retomar la propuesta analítica de David Harvey y su tesis de que en esta fase del capitalismo neoliberal global el proceso de acumulación del capital se da a partir del despojo o del pillaje de recursos, fuerza de trabajo y hasta dinero que están todavía bajo relativo control de algunas clases, grupos o, como en el caso de la Amazonía, de las nacionalidades/etnias indígenas. La misma historia de la expansión nacional de las fronteras agroforestales y ahora minero/petroleras explica por qué el despojo se tiene que dar en los territorios de los pueblos indígenas. ¿Adónde más puede el capital hacer pillaje y saqueo? ¿Adónde están todavía los bosques, las aguas, la riqueza biótica, los minerales, y desafortunadamente el petróleo sino en la Amazonía indígena? Este Perú de los territorios indígenas, que el Perú oficial, el Perú de la oligarquía en el poder, el Perú de las corporaciones transnacionales, de los mal llamados acuerdos o tratados de libre comercio considera como “colonias internas” que se pueden invadir, ocupar militarmente, someter, conquistar, saquear. No nos olvidemos que fue Belaúnde quien acuñó la frase digna de Pizarro: “La conquista del Perú por los peruanos” y que ahora este concepto de imperialismo barato ha sufrido la metamorfosis del “perro del hortelano” en un alarde presidencial de “profundo análisis histórico social”.

Hay necesidad de disfrazar el despojo y las consiguientes muertes por inanición de los pueblos saqueados con un aparataje legalista que pueda ser digerido por la opinión pública urbana y por las entidades financieras multilaterales. En esto la postdemocracia peruana ha avanzado mucho a partir de las enseñanzas y de las prácticas políticas de los EEUU. Todo robo, todo saqueo, toda ocupación territorial, toda incautación de bienes y finalmente toda violencia armada tiene que estar respaldada por una o más leyes. No hace falta remontarse a Marx para darse cuenta de que las leyes –incluso las que aprueban a carpetazo los congresistas diligentemente elegidos por el pueblo- constituyen simplemente el plan programático para ejecutar el robo con una apariencia de civilización. Es decir, que es importante para los gobernantes del neoliberalismo guardar un cierto estilo de conducta pública que los distancie de los narcotraficantes y del estereotipo del dictador de las república bananeras. Sin embargo los resultados son los mismos: los pueblos indígenas son depredados de tierras que han ocupado por milenios y recursos con los que han convivido de manera productiva y reproductiva desde tiempos inmemoriales. ¿Quiénes han domesticado la totalidad de las plantas comestibles y de uso de la Amazonía andina y de la selva baja? ¿Quiénes han creado y recreado el paisaje civilizado del bosque amazónico que durante milenios fue capaz de sustentar la vida de millones –no miles, sino millones- de personas? No fueron ciertamente los europeos ni los ciudadanos criollos de la republica oligárquica decimonónica y contemporánea expertos sólo en la devastación del bosque, en la depredación de los animales, en la contaminación de las aguas y en el ultraje permanente de los pueblos amazónicos.

La acumulación por despojo está siendo impuesta por el gobierno de Alan García y demás agentes de la oligarquía financiero-empresarial como modo económico extractivo dominante en la Amazonía. Las víctimas de este antiguo y renovado sistema de rapiña no son solamente los pueblos indígenas, los ribereños y los colonos pobres, sino toda la densa red de relaciones biótico-sociales que permiten la renovación de los recursos y enriquecen el paisaje en su diversidad productiva y su capacidad regenerativa. Al final de este modo criminal de extracción y acumulación sólo quedan desiertos, sabanas improductivas, pueblos enteros desaparecidos o demasiado debilitados para reconstituirse como agentes de su propia historia. Incluso una lectura superficial de la historia biótico-cultural de la Amazonía nos da los claros indicios de que éstos serán los resultados finales del saqueo. La trágica ironía de estas empresas de la economía liberal-burguesa es que la acumulación escandalosa de riqueza en pocas manos nacionales y transnacionales termina esfumándose en un mundo financiero y bancario especulativo fundamentalmente corrupto que reinvierte de manera incestuosa las ganancias en su propia reproducción de clase sin dejar que nada de esta riqueza se redistribuya ni siquiera parcialmente hacia abajo, hacia los pueblos saqueados o hacia proyectos productivos con objetivos morales de justicia social.
¿Qué hacer?

Desde los años 70 los pueblos indígenas de la Amazonía -las comunidades nativas- han irrumpido de manera incontenible en el escenario social, político y cultural nacional. Los pueblos indígenas de la Amazonía han entrado de lleno al Perú adormecido y embaucado por el consumismo de baratijas, por la desesperanza, por el desengaño cíclico de los partidos, y por la inequívoca certeza de que el sistema todo es corrupto e irremplazable. Los pueblos indígenas amazónicos organizados son un testimonio permanente de que ellos también son parte del Perú martirizado por los horrores de la amarga, mentecata e inútil década de violencia. Creo que la gran y monumental enseñanza que los pueblos indígenas de la Amazonía nos están dando es que se organizan y reorganizan, prescinden de los partidos, no se dejan seducir por ideologías y prácticas políticas generadas al exterior de sus trayectorias histórico-culturales y menos se han dejado embaucar por la retórica del desarrollismo y modernización que durante varias décadas han sido el disfraz del proyecto del capitalismo global.
Mientras la clase obrera está siendo dividida y desarticulada por un modelo de producción industrial (e incluso minera) fragmentado que obstaculiza las formas tradicionales de lucha sindical; mientras el desempleo y subempleo urbano aumentan vertiginosamente; y mientras el campesinado indígena y mestizo ha sido arrinconado a modalidades productivas poco rentables en un mercado competitivo de desventaja frente a las agroindustrias de alta tecnología y concentración de capital; los pueblos indígenas de la Amazonía, en cambio, han logrado mantener un cierto grado de autonomía y desvinculación del mercado capitalista apoyándose en la reconstitución y reforzamiento de sus economías sociales (las economías mixtas de subsistencia).

Es obvio que la pobreza sigue subsistiendo y que se acentúa en aquellas regiones donde la pérdida de recursos y la destrucción ambiental ponen a la comunidad en la disyuntiva de vender su fuerza de trabajo a las empresas extractivas o migrar de manera circular a otras zonas. Pero es así mismo claro que las comunidades nativas en gran parte han sabido evitar la disolución de la entidad étnico/comunal por abandono y desidia tendiendo a reconstituirse social y culturalmente incluso en condiciones muy desfavorables. Es el caso de las comunidades asháninkas del Ene martirizadas, deportadas y desplazadas por el senderismo y el ejército en una guerra de aniquilación étnica implementada con igual crueldad e idiotez por los dos bandos. Es imposible no ver en el caso de la espantosa violencia en contra de los asháninka del Ene la intención genocida de esas dos versiones fundamentalistas de un mismo proyecto nacionalista de “asimilación por exterminio”. Y a pesar de todo los asháninka viven, crecen, se adaptan, se organizan y nos dan lecciones de esperanzas.

No hay fórmulas políticas ni recetas culturales para compartir con los pueblos indígenas que se enfrentan a renovadas formas de opresión y violencia de Estado, a las políticas genocidas ocultas debajo de la retórica de la modernización y el desarrollo. Y si las hubiera serían fruto de la misma experiencia histórica de cada pueblo oprimido. Nosotros (yo) somos testigos, la mayoría de las veces lejanos y ausentes, que compartimos los sufrimientos y la rabia de los pueblos amazónicos e intentamos desenmarañar los engaños, las trampas, y el proyecto delincuente de esta vieja y nueva empresa colonialista llamada desarrollo y modernidad. La resistencia de los indígenas a la opresión y al exterminio sutil o abierto organizado por el Estado y sus amos nacionales o transnacionales tiene una larga historia que se remonta al siglo XVI. Poco hay que enseñarles a los awajún, por ejemplo, que ya en el siglo XVII expulsaron a los españoles de sus territorios o a los asháninka que cerraron las entradas a la selva central a los españoles y peruanos desde 1742 hasta 1848. Qué se le puede ofrecer en el campo de la organización etno-política a los yanesha que empezaron a organizarse para le defensa de sus tierras en 1967. Lo único que nosotros (yo) en solidaridad les ofrecería es el relato de sus historias de autonomía y resistencia, el compendio de siglos de oposición a ser sometidos, la memoria profunda de sus proyectos sociales y culturales utópicos que algunos de nosotros, fuereños indiscretos, llegamos a vislumbrar y comprender al calor de su hospitalidad.
Stéfano Varese es Antropólogo, catedrático en el Departamento de Estudios Indígenas (Native American Studies) en la Universidad de California, Davis.

miércoles, 10 de marzo de 2010

CHILE Y EL CUENTO
DE LOS 3 CERDITOS



Claudio Rojas



El fenómeno telúrico en Chile produjo un tipo de resquebrajadura de la superficie del consenso político, que deja al descubierto las contradicciones económicas de una sociedad que ha sido sometida a profundas transformaciones. Un friedmaniano y una keynesiana son los primeros en cruzar espadas.

En Chile, a medida que avanzan los días, las controversias desatadas por la forma de enfrentar el terremoto comienzan a abarcar aspectos menos inmediatos y se plantean a nivel internacional.

Tal es el caso del fuego cruzado que intercambiaron el columnista del Wall Street Journal, Bret Stephens, y la ensayista y socióloga Naomi Klein, en el fondo del cual se sitúan dos maneras radicalmente opuestas de concebir la vida en sociedad y cómo producir para sostenerla.

Friedman vs Keynes

Stephens asegura que la escasa pérdida de vidas humanas, en comparación con el desastre de Haití, los chilenos se la deben a las políticas neoliberales de Milton Friedman.

Klein, por el contrario, afirma que si Chile quedó en buen pie fue a pesar del citado Friedman.

En una síntesis lo menos mezquina posible, Friedman postula con Stephens que estimular la voluntad individual por encima de las restricciones sociales redunda en una riqueza para el total de la sociedad.

Klein defiende con Keynes la tesis de que el impulso individual debe conocer límites impuestos por la responsabilidad social.
Los cerditos, según Friedman
Así, para Stephens, si los chilenos tienen que lamentar la muerte de sólo un millar de compatriotas en el reciente terremoto - en comparación con las 230.000 vidas segadas por el movimiento telúrico de Haití - es el fruto de la restricción del gasto público, de la privatización de empresas estatales y de la eliminación de los obstáculos a la libre empresa y a la inversión extranjera. Todo aquello que ha sido el fundamento de la economía chilena durante gran parte de las últimas cuatro décadas.

Stephens extrae su conclusión con la simpleza de un cuento infantil: la riqueza acumulada – al revés del pobre cerdito haitiano que se construyó una casa de paja - le permitió al cerdito chileno acorazarse en casas de ladrillo frente al impotente soplido del lobo, y poner en vigor rigurosos códigos de construcción antisísmica en el país más sísmico del mundo.

Klein: al César lo que es del César
Naomí Klein le enrostra a Stephens el mal gusto – a sólo días de la tragedia chilena – de intentar anotar puntos en favor de una tendencia económica que no ha levantado cabeza desde su enorme crisis de 2008.
La autora de “La doctrina del Shock” – entre otros libros – reconoce la enorme riqueza creada en los años del gobierno militar del general Augusto Pinochet.

Sin embargo, agrega qué ésta estuvo acompañada de una rápida desindustrialización, de un aumento del desempleo del mil por ciento, de corrupción y de una deuda externa tan severa que obligó a Pinochet, en 1982, a despedir a sus principales asesores friedmanianos.

Dos mandobles

En lo sustancial, Klein anota un sólo par de datos: el Chile de los sesenta tenía los mejores sistemas de salud y educación del continente, un vibrante sector industrial y una creciente clase media.

Y, dos, el código de construcción antisísmica fue aprobado en 1972, y que si alguien debiera llevarse el crédito por ello sería el presidente de la república de ese momento, Salvador Allende, y no Milton Friedman.
El cuento de los cerditos está recién comenzando
BBC
05-03-10

domingo, 25 de enero de 2009

POSNEOLIBERALISMO
Y EXCELENCIA ACADÉMICA

Pablo Gentile

América Latina, noventa años después del estallido de la Reforma Universitaria de Córdoba, enfrenta una coyuntura política de enormes oportunidades y expectativas democráticas. La emergencia de nuevos Gobiernos, con diferencias y especificidades nacionales, pero surgidos de luchas populares y de procesos de movilización social que fueron fundamentales para minar la legitimidad del proyecto neoliberal, abre esperanzas y actualiza una agenda de desafíos democratizadores en todo el continente.
La coyuntura exige una gran dosis de creatividad y responsabilidad para poder avanzar en la construcción de una nueva reforma universitaria que, de una manera efectiva, amplíe y consolide instituciones académicas inclusivas y de calidad, o sea, de "excelencia". Sin embargo, las nuevas Administraciones posneoliberales deben tratar de huir de las trampas que el neoliberalismo les ha dejado, en un sendero repleto de señuelos y cantos de sirena, donde la tentación del discurso tecnocrático puede ser el primer paso en dirección al fracaso.
Entonces, discutir pues el significado del tipo de "excelencia" que debe guiar las políticas universitarias de Gobiernos que aspiran a revertir la herencia de exclusiones y discriminación dejadas por el neoliberalismo, parece no ser un tema menor. Hoy, más que nunca, debemos enfatizar que un proyecto de universidad que construye su "excelencia" sobre la base de la omisión o la indiferencia frente a las condiciones de vida de millones de seres humanos y a su incapacidad, declarada o no, para luchar contra la opresión y contra la persistencia de las desigualdades que produce cotidianamente la tiranía del mercado, suele ser un proyecto de universidad donde la "excelencia" acaba siendo la coartada, el pretexto quizá más efectivo para justificar su cinismo y su petulancia intelectual.
Noventa años atrás, el Manifiesto Liminar de la Reforma de Córdoba nos alertaba: "[nuestras universidades se han transformado en] el lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara". La "excelencia académica", del mismo modo, no puede fundarse en un proyecto de universidad que prescinde de la especificidad que poseen las instituciones de educación superior y del radical poder desestabilizador que se deriva, potencialmente, de esta especificidad.
Las universidades democráticas deben ser espacios de producción y difusión de los conocimientos socialmente necesarios para comprender y transformar el mundo en que vivimos, entenderlo de formas diversas y abiertas, siendo el ámbito inexcusable donde el debate acerca de las múltiples formas de comprensión y construcción de nuestras sociedades se torna inevitable y necesario.
Las universidades nos ayudan a leer el mundo, a entenderlo y a imaginarlo. Para esto, la producción científica y tecnológica constituye una aportación fundamental, entendiendo así que el monismo metodológico y que el sectarismo teórico no son otra cosa que obstáculos que impiden una comprensión crítica de nuestra realidad histórica. Descolonizar las universidades para contribuir a la lucha para la descolonización del poder, parece ser un lema de gran actualidad que resuena intenso en la memoria viva del movimiento reformista, aun cuando éste, casi un siglo atrás, estaba inevitablemente contaminado de un prometeico iluminismo.
La "excelencia académica" tiene que ver, por lo tanto, con la democratización efectiva de nuestras universidades, con la democratización de las formas de producción y difusión de saberes socialmente significativos y con la propia democratización de las posibilidades de acceso y permanencia de los más pobres en las instituciones de educación superior. Fuera de este marco, las universidades parecen condenadas a buscar su redención en la obsecuencia con los tiranos, sea cual fuera su origen y su época, sea cuales fueran las razones que ellos buscan para justificar su propia existencia.
La "excelencia académica" cobra sentido así en las oportunidades efectivas que las universidades crean para "revolucionar las conciencias", como dirán los reformistas; en las condiciones materiales y simbólicas que ellas ofrecen para desestabilizar los dogmas que imponen los poderosos; en la lucha contra el autismo intelectual que nos proponen los dueños del poder y replican sus mediocres acólitos, ocultos tras la toga de la prepotencia.
Dirán los reformistas, en 1918: "el chasquido del látigo sólo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes". Hacer de esta expresión una guía de acción es, quizá, un indicador de excelencia más efectivo que el ofrecernos cualquier prueba de aprendizaje aplicada a los alumnos. La actual hora americana, parafraseando a José Carlos Mariátegui, nos interpela a reconocer que el proyecto de la Reforma posee una enorme actualidad ya que, por sobre todas las cosas, constituye un contundente discurso ético, público, sobre nuestras universidades y sus prácticas cotidianas. Construir las universidades como un valor imprescindible en la lucha contra la opresión y la injusticia, nos ayuda a recuperar el valor que han perdido nuestras instituciones de educación superior en una era donde las desigualdades y la explotación se volvieron datos aparentemente irrelevantes.
La universidad construye valores y, al hacerlo, se construye a sí misma como aparato de reproducción de la tiranía o como espacio público de producción e invención de utopías. En 1918 se gestaban los trazos de una utopía de emancipación y revuelta, herencia que sería recuperada cincuenta años más tarde, cuando, en 1968, desde las barricadas de París, Praga, México, Estados Unidos, Alemania e Italia, los estudiantes volvieron a tomar las calles, clamando por justicia e igualdad.
Los tiempos, sin lugar a dudas, han cambiado y, vaya paradoja, aunque diversos gobiernos populares se multiplican por todo el continente, las utopías libertarias y socialistas, humanistas y democráticas que inspiraron a los movimientos emancipatorios durante todo el siglo XX, parecen aún dispersas, tenues y, por momentos, insignificantes. Quizás hoy, más que nunca, la universidad pueda ayudarnos a imaginar alternativas.
Esto supone, en primer lugar, que quienes trabajamos en las instituciones académicas seamos capaces de pensarnos a nosotros mismos. La universidad no podrá contribuir a pensar una sociedad diferente si ella no asume el desafío político de cambiarse a sí misma. La universidad no será nunca una fuente de utopías (en plural y en permanente estado de inestabilidad) si ella no es capaz de enunciar los contornos de sus propios proyectos utópicos. Es probable, sin lugar a dudas, que los insumos para que esto ocurra no estén hoy tan visibles y definidos como en el pasado. Es posible que estén dispersos y fragmentados. Sin embargo, el legado esperanzador del Movimiento Reformista es que las utopías siempre existen y, como proclamaba la juventud de París, quizás están debajo de los adoquines, en los cimientos, bajo tierra.
Recuperar, o sea, inventar nuevamente estas utopías es un desafío inexcusable, urgente y necesario.
Pablo Gentili (* Investigador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad del estado de Río de Janeiro y Secretario Ejecutivo Adjunto de CLACSO) (Fragmento del capítulo "Una vergüenza menos, una libertad más. La Reforma Universitaria en clave de futuro").
Le Monde Diplomatique
4-11--08

jueves, 23 de octubre de 2008

FIN O CONTINUACIÓN DEL
NEOLIBERALISMO

Vicenç Navarro

La creciente intervención de los estados en la resolución de la crisis financiera (que ha incluido, en varios países como EE.UU., una parcial nacionalización de centros bancarios), ha sido interpretada como el fin de la época neoliberal iniciada en EE.UU. por el Presidente Reagan (y por la Sra. Thatcher en Gran Bretaña), hace treinta años. En esta lectura de la realidad se asume que el neoliberalismo se caracterizó por la reducción del papel del estado en las esferas financieras y económicas, reducción que terminó ahora con las medidas claramente intervencionistas del estado en la resolución de la recesión (y posiblemente depresión) que existe a nivel mundial.
Esta supuesta reducción del estado durante la época neoliberal (1980-2008), sin embargo, no ocurrió en realidad. En EE.UU., país considerado como la máxima expresión del neoliberalismo, las intervenciones estatales crecieron durante aquella época liberal 1980-2008. El gasto público, por ejemplo, se incrementó notablemente en EE.UU., pasando de representar el 34% del PIB en 1980 al 38% en 2007. El gasto público per capita también subió de 4.148 US $ en 1980 a 18.750 en 2007. Y los impuestos subieron de un 35% en 1980 a un 39% en 2007.
En realidad el Presidente Reagan fue el Presidente de EE.UU. que subió más los impuestos en tiempo de paz en toda la historia de aquel país. Los recortó muy notablemente para el 20% de renta superior de las familias, pero los incrementó para todo lo demás. En resumidas cuentas, no hubo una disminución del papel del estado en la sociedad estadounidense sino un cambio muy significativo de sus prioridades como lo demuestran los cambios que han tenido lugar en el presupuesto federal durante el periodo neoliberal.
Así, mientras al principio de tal periodo, en 1980, el gasto federal que iba destinado a personas (a través de transferencias y servicios públicos a personas) representaba el 38% de todo el gasto, el gasto militar representaba el 41% de todo el gasto y el gasto de apoyo a las empresas (incluido las financieras) representaba el 21% del total, a finales de tal periodo en 2007 el gasto a las personas había descendido al 32% mientras que el gasto militar había subido al 45% y a las empresas el 23%. Este último porcentaje ha subido de una manera espectacular a raíz de la compra de activos y apoyos a la banca por parte del gobierno federal.
Es tos datos muestran como el discurso liberal (supuestamente antiestado) sólo aplica a cierto tipo de intervenciones: aquellas relacionadas con el bienestar de las personas, primordialmente de las clases populares. No así a la mayoría del gasto e intervenciones públicas. Hay pues que señalar que durante el periodo liberal hubo un desfase entre el discurso retórico neoliberal y la realidad. Como bien dijo John Williamson, el intelectual más influyente dentro del consenso neoliberal de Washington “Tenemos que darnos cuenta de que lo que el gobierno federal de EE.UU. predica en el extranjero y lo que hace en casa no son lo mismo” .
Estas observaciones son relevantes pues lo que estamos viendo estos días no es un cambio sino una expansión de lo que ha ido ocurriendo durante aquel periodo. El establecimiento de la nueva autoridad del gobierno federal (que gastará más de 700.000 millones de dólares, además de los que ya ha gastado, representando en total un 17% del PIB estadounidense) está dirigido por el mismo equipo y las mismas personas que dirigieron la banca Goldman Sachs y otros centros financieros de Wall Street.
Como dijo el Senador Sanders (el único senador que pertenece a la Internacional Socialista en el Congreso de EE.UU.) la creación y modus operandi de tal agencia es “la instrumentalización más abusiva del estado por parte de la banca en la historia de EE.UU.” El gobierno federal compra las hipotecas basura de la banca y otras acciones, a la vez que renuncia al voto que tal compra le permitiría en la toma de decisiones de la banca intervenida. Lo que estamos viendo no es pues el fin, sino la continuación del neoliberalismo.
Es más. La banca y el mundo empresarial quieren aprovechar esta crisis para continuar resolverla a través de medidas neoliberales tales como la reducción de salarios, el aumento de la precariedad, la reducción del gasto a las personas, la privatización de la seguridad social (sí, sí, lo ha leído bien, la privatización de la seguridad social), el aseguramiento privado de la sanidad y otros servicios del estado del bienestar. Hemos visto, incluso en España, como portavoces del mundo empresarial y financiero han pedido inmediatamente una expansión de muchas de tales políticas públicas como manera de resolver la crisis financiera actual. Si ello ocurriera, sería ya la victoria final del neoliberalismo.
El autor es Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad Pompeu Fabra
Rebelión
23-10-08