domingo, 30 de noviembre de 2008


Cumbre del G-20:
FRASES QUE DICEN
TODO Y NADA

Michael R. Krätke


Raras son las cumbres precedidas de tantos laureles. La cumbre del G-20 en Washington tenía que salvar al mundo del desastre de una nueva Gran Depresión. Ardua tarea. Junto a los Estados del G-8, estaban esta vez también presentes países emergentes como China, Brasil, Indonesia, México y Turquía (juntas, las 2º naciones representan casi el 85% del producto económico global).

Un nuevo Bretton Woods, ni que decir, tiene no hubo. En cambio: fórmulas convencionales de las cabezas de la elite: más “transparencia” que antes, limitación de las bonificaciones de los ejecutivos, vigilancia más estrecha de los fondos hedge de cobertura, obligación de cooperar para los paraísos fiscales, cuotas de capital más elevadas para los negocios de alto riesgo. Una colección de bienintencionados reconocimientos, esos que no vienen mal a nadie; una sarta de buenas intenciones y bellos propósitos, tan del gusto de la señora Merkel.
Las causas decisivas de la crisis financiera mundial quedaron fuera de consideración. Ni las monstruosas montañas de deuda, ni la inundación de dólares que anega al planeta recibieron siquiera mención. Por no hablar del diluvio especulativo, de la parálisis crediticia que los bancos centrales no han logrado mitigar, de que la economía de los EEUU es la economía más deficitaria del mundo y vive a costa de los demás, o –y no es lo menos importante— del papel desempeñado por Alemania y China, los campeones mundiales de la exportación, que celebran sus triunfos cuenta de sus vecinos.
Sólo rutinariamente y con la boca pequeña se habló de las miserias de una economía mundial extremadamente desequilibrada, como si ni siquiera se comprendiera la dimensión de la crisis. Salvo las consabidas banalidades de anteayer, se diría a que los Merkels, Bushs y Browns no se les ocurre qué decir sobre la crisis mundial. Sus Estados están conmovidos hasta los cimientos, pero no su ideología. Impasibles, repiten una y otra vez el mantra del “libre mercado” y la mentira de la “economía social de mercado”, y previenen oracularmente contra la “sobrerregulación” y el “proteccionismo”.
Al día de hoy, todavía no han entendido que esta crisis financiera ha acontecido en uno de los mercados más vigorosamente regulados y vigilados del mundo. A Merkel y a Steinbrück parece escapárseles también que proceden de la UE, es decir, del espacio económico más vigorosamente integrado y regulado del mundo. Como gestores de la crisis económica mundial, damas y caballeros, constituyen ustedes un equipo manifiestamente mejorable.
Lástima que tampoco los dirigentes de los países en desarrollo tuvieran valor o amplitud de miras bastantes para hablar con claridad y exigir algo que, al menos en principio, pudiera ser revolucionario: como un impuesto a las operaciones de las bolsas mundiales, primordialmente al comercio de divisas y de derivados financieros, o como una limitación bursátil universal capaz de poner freno al explosivo crecimiento de la especulación financiera totalmente incontrolada en el comercio realizado fuera de las bolsas. ¿Cuándo, si no ahora, en medio de la hasta ahora mayor crisis del sistema financiero mundial, habría que recortar eficazmente la fatal “libertad” de los mercados financieros? ¿Cuándo, si no ahora, habría que cerrar los paraísos fiscales y los centros bancarios offshore, que sólo sirven para lavar dinero, evadir impuestos y camuflar tahúres. Tardará en volver a presentarse una ocasión así para desbaratar las rogativas mediáticas de los curadores neoliberales de almas.
El presidente de Brasil, Lula da Silva, ha sacado la lección más importante de esta cumbre de crisis, aunque de mala gana: olvídense del G-8, la economía mundial no puede ya prescindir del G-20. En efecto, más que nunca habrá que contar con China, con India y con Brasil. Tampoco debería pasar eso por alto el FMI, si aspira a convertirse en pastor supremo de los mercados financieros. La largamente preterida redistribución del poder en el FMI y en el Banco Mundial no puede seguir aplazándose, por mucho que dañe los privilegios de los EEUU y de los Estados europeo-occidentales.
Fatal resultaría el cumplimiento de la intención, proclamada en Washington, de cerrar inmediatamente los postergados acuerdos de la ronda de Doha de la OMC. La agenda de Doha pretende aquello que precisamente ahora más puede perjudicar: más liberalización de los mercados, una ulterior desregulación de las reglas presupuestarias, mayor margen de maniobra para los “prestadores de servicios financieros”. Si los países emergentes quieren tomarse en serio su nuevo papel en la economía mundial, no pueden secundar eso.
Sin permiso
23-11-08

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