viernes, 10 de octubre de 2008

EL PERÚ Y LA CRISIS
DE LA ECONOMÍA GLOBAL
Daniel Córdova
Decano de Economía
UPC
Hasta hace tan solo unas semanas los economistas hablábamos del peligro de un sobrecalentamiento de la economía peruana. El crecimiento 'excesivo' de la demanda se sumaba a la inflación importada. Según la receta convencional, había que ponerle paños fríos a la economía para evitar una crisis financiera derivada de un eventual crecimiento exagerado del crédito. Además había que evitar un rebrote mayor de la inflación.

En solo un par de semanas el panorama es el inverso. Ahora, debido al pánico financiero internacional, lo que habría que hacer es inyectarles liquidez y confianza al empresario y al consumidor peruano. Esto porque la liquidez mundial se ha secado y porque los bancos peruanos podrían contagiarse, junto con empresarios y consumidores, sin que existan fundamentos reales suficientes para ingresar al mismo círculo vicioso que ha paralizado los mercados occidentales en los últimos días. Habría, entonces, que evitar un sobreenfriamiento.

Para entender esta aparente contradicción es necesario contrastar el mecanismo de crisis global con lo que viene sucediendo en la economía peruana.
El origen de la crisis financiera global, como sabemos, ha sido el exceso de crédito --mal supervisado-- en Estados Unidos, principalmente. Dicho exceso generó una capacidad adquisitiva artificial en millones de personas. Como consecuencia del crecimiento de la demanda, apuntalado por crédito de alto riesgo, se incrementó el valor de los inmuebles. Y los negocios en general fueron cada día mejor. Y la burbuja empezó a crecer. Los norteamericanos, como se ha dicho, son adictos al consumo y al crédito. Después de la sobredosis de consumo, ahora les toca la rehabilitación clínica de quiebras y recesión.

Cuando empezó a romperse esa cadena artificial, lo primero que se hizo evidente fue la burbuja inmobiliaria. Ahora sabemos que además hubo una burbuja de consumo y, por ende, de inversión. Se había sobrevalorado la riqueza. De ahí que lo primero que empezó a caer fue el valor de los inmuebles. Luego, empezaron a quebrar los bancos. En paralelo caía el valor de las empresas.

Lo que siguió fue una situación de desconfianza y pánico en los grandes mercados del mundo. Pánico que, como en el caso de la burbuja con el optimismo, exagera el pesimismo. De ahí que ahora más que nunca se aplique aquello de que "el optimista es un pesimista bien informado". De ahí que los gobiernos de los países desarrollados opten, cueste lo que cueste, por darle confianza a los mercados.

El caso de las economías emergentes --como la peruana-- es distinto, pero no por ello dejarán de estar contagiadas. Lo importante es que el contagio se limite a los fundamentos reales. Que no se nos contagie el pánico. Porque lo que originó la crisis en el mundo desarrollado no ha sucedido aquí.

El crecimiento en el Perú de los últimos años se ha dado sobre bases reales. Se ha logrado poner en valor recursos que habían estado inservibles durante décadas --tierras, minas, potencial emprendedor, fuerza laboral--. Estamos reconstruyendo la economía de un país. Y la supervisión bancaria es, de lejos, más prudente y eficiente que la de Estados Unidos.

Cierto es que estaremos afectados por el lado de las exportaciones, de las remesas del exterior y de la caída de la inversión extranjera. Pero tenemos reservas suficientes para capear el temporal. Y mejores instituciones monetarias y financieras que nunca. Creceremos menos. Pero no dejaremos de crecer. Y la inflación, ciertamente, dejará de ser un problema. No hay, pues, razón para el pánico.

Tampoco hay razón para insistir con políticas fiscales y monetarias diseñadas para un temor al sobrecalentamiento. Al contrario, el Ministerio de Economía y el Banco Central de Reserva, junto con la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP deben hacer todo lo necesario par darle confianza al mercado peruano y no desperdiciar este momento tan favorable de nuestra propia historia económica. No hay razón real para un enfriamiento económico excesivo.

El Comercio
9-10-08/a4

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